
¿Es cultural el éxito en el capitalismo?
En El misterio del capital (Sudamericana), Hernando de Soto indaga por qué este modelo económico triunfa sólo en Occidente
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Piense en Bill Gates, el más exitoso y rico empresario del mundo, Aparte de su genio personal, ¿cuánto de su éxito se debe a sus antecedentes culturales y a su "ética protestante"? ¿Y cuánto se debe al sistema de propiedad legal de los Estados Unidos?
¿Cuántas innovaciones de software podría haber hecho sin patentes que las protegieran? ¿Cuántos tratos y proyectos a largo plazo podría haber realizado sin contratos de cumplimiento obligatorio? ¿Cuántos riesgos podría haberse tomado al principio sin sistemas de responsabilidad limitada y pólizas de seguros? ¿Cuánto capital hubiera podido acumular sin registros de propiedad en los cuales fijar y almacenar aquel capital? ¿Cuántos recursos hubiera podido congregar sin representaciones de propiedad fungibles? ¿A cuántas otras personas hubiera podido hacer millonarias si no hubiera sido capaz de distribuir sus opciones de acceso al capital accionario? ¿De cuántas economías de escala se hubiera podido beneficiar de haber tenido que operar sobre la base de industrias caseras dispersas e imposibles de combinar? ¿Cómo podría trasladarles los derechos sobre su imperio a sus hijos y colegas sin una sucesión testada?
No creo que Bill Gates ni gran empresario alguno hubiera podido ser exitoso sin sistemas de derecho de propiedad basados en contratos sociales fuertes y bien integrados. Modestamente sugiero que antes de que cualquier gran señor que vive campana de vidrio adentro intente convencernos de que tener éxito en el capitalismo exige ciertos rasgos culturales, esperemos primero a ver qué sucederá cuando los países en vías de desarrollo y los que salen del comunismo establezcan sistemas de derecho de propiedad capaces de crear capital para todos.
A lo largo de la historia la gente ha confundido la eficiencia de los instrumentos de representación que heredaron para crear valor excedente con los valores inherentes a su cultura. Olvidan que a menudo lo que da el margen de ventaja a determinado grupo de personas es el uso innovador que hace de un sistema de representaciones desarrollado por otra cultura. Por ejemplo, los habitantes del norte europeo tuvieron que copiar las instituciones legales de la antigua Roma para organizarse ellos mismos; aprendieron el alfabeto de los griegos y tomaron de los árabes los símbolos numéricos y los sistemas para transmitir información y calcular. Hoy pocos son conscientes del tremendo margen de ventaja que los sistemas de propiedad formal han dado a las sociedades de Occidente. A resultas de ello, muchos occidentales han sido llevados a creer que lo que apuntala al capitalismo exitoso es una ética del trabajo heredada o la angustia existencial creada por sus religiones. Esto no es así. En todo el mundo se trabaja duro cuando se puede y la angustia existencial o las madres que abruman no son monopolios calvinistas o judíos (yo soy tan ansioso como cualquier calvinista de la historia, en especial las noches de domingo; y en un concurso de madres avasalladoras, colocaría a la mía, que está en el Perú, a competir con cualquier señora de Nueva York). Gran parte de la agenda de investigación necesaria para explicar por qué el capitalismo fracasa fuera de Occidente naufraga en un mar de ideas no examinadas y por lo general no sometibles a prueba, etiquetadas como "cultura" y cuyo principal efecto es permitir que demasiados habitantes de los enclaves privilegiados de este mundo disfruten de un sentimiento de superioridad.
Los argumentos culturales irán siendo descartados a medida que se vayan dejando sentir los efectos de tener buenas instituciones políticas y leyes de propiedad. Mientras tanto, como ha señalado Fareed Zakaria, de la revista Foreign Affairs, la cultura está de moda. Por cultura no me refiero a Wagner o al expresionismo abstracto -que siempre han estado de moda-, sino más bien a cultura como explicación de los fenómenos sociales... Las explicaciones culturales persisten porque gustan a los intelectuales. Ellas valorizan el conocimiento detallado de la historia de los países, un conocimiento que abunda entre los intelectuales. Ellas añaden un aire de misterio y de complejidad al estudio de las sociedades... Pero la cultura misma puede ser moldeada y cambiada. En muchas actitudes, gustos y preferencias culturales subyacen las fuerzas políticas y económicas que les dieron forma.
Esto no es para decir que la cultura no cuenta. Todo el mundo tiene preferencias, destrezas y patrones de conducta específicos que pueden ser considerados como culturales. El desafío es discernir cuáles de estos rasgos son realmente la identidad profunda, inmodificable, de una persona y cuáles están determinados por límites económicos y legales. La invasión ilegal de propiedades del Estado en Egipto y el Perú, ¿es el resultado de antiguas tradiciones nómadas, inextirpables en la cultura árabe, y de la costumbre quechua de ir y venir cultivando sembrados a diferentes alturas sobre el nivel del mar con un eje vertical en los Andes? ¿O sucede porque, tanto en Egipto como en el Perú, toma más de 15 años obtener derechos de propiedad legal de tierras desérticas? Según mi experiencia, las invasiones se deben sobre todo a esto último. Cuando hay acceso a un mecanismo ordenado para instalarse sobre un terrero o en un negocio, que se encuentra reflejado en el contrato social, la gente toma la vía legal y sólo una minoría, como en cualquier parte, insiste en la apropiación extralegal. Gran parte de la conducta hoy atribuida a herencias culturales no es el resultado inevitable de rasgos étnicos o idiosincrásicos, sino de un cálculo racional del costo-beneficio relativo de ingresar al sistema de propiedad legal.
La propiedad legal vuelve poderosos a los individuos en cualquier cultura y dudo que la propiedad per se contradiga de plano a alguna cultura importante. Es evidente que los migrantes vietnamitas, cubanos o indios han tenido pocos problemas para adaptarse a la ley de propiedad de los Estados Unidos. Si la ley de propiedad está correctamente concebida puede trascender las culturas y aumentar la confianza entre ellas, y a la vez reducir los costos de reunir las cosas y las ideas. La propiedad legal establece las tasas de cambio entre diferentes culturas y así les da un cimiento económico común a partir del cual pueden dialogar.
La única carta disponible
Estoy convencido de que el capitalismo ha perdido el rumbo en los países en vías de desarrollo y en los que salen del comunismo. No es equitativo. Está desconectado de quienes deberían ser sus principales seguidores. No parece una causa que promete oportunidades para todos, sino cada vez más el leitmotiv de un gremio angurriento de empresarios y sus tecnocracias. Espero que este libro haya transmitido mi convicción de que tal estado de cosas es relativamente fácil de corregir, siempre y cuando los gobiernos tengan la voluntad de aceptar que:
- La situación y el potencial de los pobres necesitan estar mejor documentados.
- Toda persona es capaz de ahorrar.
- Lo que falta son los sistemas de propiedad legalmente integrados que puedan convertir el trabajo y los ahorros de las personas en capital.
- La desobediencia civil y las mafias de hoy no son fenómenos marginales, sino el resultado de personas que se desplazan por cientos de millones desde la vida organizada en pequeña escala hacia la vida a gran escala.
- En este contexto los pobres no son el problema, sino la solución.
- Implementar un sistema de propiedad creador de capital es un desafío político porque supone contactarse con el pueblo, captar el contrato social y remozar el sistema legal.
A partir de la victoria sobre el comunismo, la vieja agenda del capitalismo respecto del progreso económico está agotada y requiere un nuevo juego de compromisos. No tiene sentido continuar pidiendo economías abiertas sin encarar el hecho de que las reformas económicas en curso sólo les abren las puertas a elites pequeñas y globalizadas, y excluyen a la mayoría de la humanidad. Hoy la globalización capitalista está preocupada por interconectar sólo a las elites que viven dentro de la campana de vidrio. Retirar la campana de vidrio y acabar con el apartheid en la propiedad requerirá ir más allá de las fronteras actuales, tanto las económicas como las de la ley.
No soy un obcecado del capitalismo. No veo al capitalismo como un credo. Mucho más importantes son para mí la libertad, la compasión por los pobres, el respeto por el contrato social y la igualdad de oportunidades. Pero por el momento el capitalismo es la única carta disponible para lograr estas metas. Es el único sistema conocido que nos aporta los instrumentos requeridos para crear valor excedente masivo.
Me gusta mucho ser del Tercer Mundo porque representa un desafío maravilloso: el de hacer la transición a un sistema capitalista de mercado que respete los deseos y las creencias de las personas. Cuando el capital sea una historia de éxito no sólo en Occidente, sino en todas partes, nos podremos mover más allá de los límites del mundo físico y usar nuestras mentes para remontarnos hacia el futuro.





