
Esa copa frágil, la confianza
Esta columna se escribe a media mañana del jueves, en medio del temblor. Cuando el dólar se acerca a 48 y hace mover las arañas de todos los despachos y desentierra los fantasmas. ¿De Cambiemos a Lleguemos? Para la salud de la democracia argentina, tamaña reestructuración de expectativas sería dolorosa. Pero acá está, delante nuestro, obligándonos a preguntarnos, como tantas veces en nuestra historia, si somos el pueblo no elegido. Miro a mi hija de cuatro años y le digo sin decirle: "Tu padre, a tu edad, también vivía su primera crisis: fue en 1975 con el Rodrigazo, cuando la inflación llegó al 777 por ciento y hubo desabastecimiento".
Y sigo diciéndole: "Hija, yo sé que en vez de escucharme mirás a Topa bailar en la tele. Pero creeme, eso está grabado. El único que baila en vivo hoy es el Gobierno. Yo te cuento igual: antes del Rodrigazo, la Argentina venía creciendo once años seguidos. ¿Y adiviná qué? Vino la crisis del petróleo y nos llevó puestos. Gelbard, el ministro de economía anterior a Celestino Rodrigo, había subido los salarios para hacer crecer el mercado interno y después, para intentar frenar la inflación, hizo un Pacto Social entre la CGE (Confederación General Económica), la CGT y la UIA (Unión Industrial Argentina). Al principio todo anduvo bien porque los precios de los productos agropecuarios eran altos. Pero después, frente a la crisis del petróleo, Europa se puso proteccionista y dejó de comprar nuestras exportaciones. Esperá que te lo leo directamente de Internet: ‘el tipo de cambio artificialmente bajo y un altísimo déficit fiscal (el 14 % del PBI) explica por qué a fines de 1974 la Argentina había perdido casi dos tercios de sus reservas internacionales. El control de precios era cada vez más difícil de sostener, había un creciente desabastecimiento y el mercado negro aumentaba. Al mismo tiempo, la emisión monetaria se estaba descontrolando. Entonces Gelbard intentó hacer acuerdos comerciales con Europa del Este y China. Pero no alcanzó’. Hija, la moraleja es que acá nadie inventa nada. Todo lo que propone la oposición ya está ensayado y fracasó. Cuando en los años 70 Europa dejó de comprar materias primas, adiós. Cuando durante el kirchnerismo bajó la soja, adiós. Y cuando en abril del año pasado JP Morgan salió de las Lebacs, adiós. Todos los tangos empiezan distinto pero terminan igual. En los mástiles de la Argentina en vez de bandera debería flamear una cinta de embalar que diga ‘frágil’. Hija mía, acá va lo último: se calcula que por el mero hecho de ser argentina, vas a sufrir a lo largo de tu vida no menos de ocho de estas crisis. Sean talle XL (como 2001), L o M (como ojalá sea la de ahora). Deberás enfrentarlas a todas. Y nunca olvides que nuestro país es un corcho. Se hunde, pero siempre sale a flote". (Tip de terapeuta: la metáfora del corcho ayuda a alejar la fantasía del corchazo).
Ahora volvamos a lo nuestro: precios cuidados hay muchos pero precio esencial, uno solo: el dólar. ¿Sirven los frenos? Pese a la liquidación de divisas del campo y de la flexibilización del FMI, que permitió que se usen billetes para frenarlo si fuera necesario, los botes salvavidas verdes se llenan igual. La confianza es una copa de cristal. Si se rompe se puede pegar, pero nunca quedará igual. Lo sabe ese sujeto tácito llamado "el mercado", que castiga a los activos argentinos. ¿Nuestro país podrá honrar sus compromisos? La duda es impiadosa. Y sobre todo, contagiosa.
Mientras Macri agota medidas para frenar al dólar, Cristina agota la edición de su libro. Pronto tendrá más tiradas vendidas que procesamientos. Le pedían prisión preventiva. Ahora piden una sala más grande en la Feria del Libro.
El Gobierno tiene dos meses para mostrar que Mauricio Macri no es "el caos", tal como lo caracteriza la ex presidenta en Sinceramente. Con la inflación arriba del 4 por ciento, en parte de la sociedad asoma un pensamiento riesgoso: "Habrán llenado sus bóvedas, pero yo llenaba mi heladera".






