Especial de Navidad: En un portal de Belén, entre la mula y el buey

Cristina Bajo
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23 de diciembre de 2018  

Confieso que soy una persona de fe, que todos los días, al despertarme, doy gracias a Dios por ella; que creo en la Virgen, en los ángeles, en esos extraños seres humanos que llamamos santos; que creo en Cristo, que aún hoy representa a los desposeídos, a los perseguidos, a los excluidos de la sociedad.

Creo que la fe acerca, alivia y, en algunos casos, cura el cuerpo y, generalmente, sana el alma. Confieso, además, que lo mágico y lo extraordinario me subyuga, y que mi fe no tiene mucho que ver con los hombres que componen la Iglesia; estos son humanos, falibles y a veces perversos, aunque siempre ha habido en ella -y conozco a muchos- que son ejemplos de bondad.

Ese niño que cambió el mundo nació hace más de dos mil años en un lugar al que no recordaríamos si no fuera porque allí lanzó su primer "ay". Las autoridades de Egipto obligaban a los judíos a empadronarse en ciudades a veces lejanas, así que su madre -que estaba a punto de dar a luz- tuvo que montar un burro y, acompañada por su esposo, marchar a Belén. Debido al éxodo, los hostales no tenían lugar y se dieron por felices cuando se les permitió guarecerse en un establo.

El Niño-Dios vino al mundo seguramente con la ayuda de una mujer de manos curtidas de atizar el fuego y desgranar gavillas. Su cuna fue un puñado de paja, se durmió envuelto en el manto de su madre y calentado por la presencia de los animales que, según la leyenda, le brindaron calor.

Pero algo sorprendente sucedía afuera: unos pastores que dormían al aire libre fueron despertados por un ser luminoso que, ante el terror de sus mentes sencillas, los tranquilizó diciéndoles que estaba allí por un niño nacido a pocas leguas. No era el hijo de un príncipe, ni de un jerarca, ni de un rico comerciante, sino de gentes tan pobres como ellos. Aquel niño debía ser resguardado porque crecería para enseñar una nueva doctrina que liberaría esclavos, que instaría a los hombres a amarse los unos a los otros, que elevaría el mérito de las mujeres, que instaría a perdonar las ofensas, a propiciar la caridad sobre la indiferencia, la responsabilidad sobre la despreocupación.

Cristina Bajo
Cristina Bajo Fuente: LA NACION - Crédito: Pilar Bustelo

Y el ángel les pidió que velaran por la criatura, pues estaba sentenciada por un rey que mandaría sobre él un ejército mucho mejor armado que los simples cayados que ellos esgrimían ante los corderos.

Los Sabios llegaron después, trayendo las ofrendas del mundo, pero en los primeros días, la familia, tan humilde como los más modestos del reino, con su hijo, que representaba a un Dios indefenso y vulnerable en su reciente humanidad, fue ayudada y sostenida por criados que hurtaban para alimentarlos, y unos hombres que dormían al raso y que, como Jesús enseñara treinta años después, no guardaban ni ropa, ni dos pares de sandalias, ni una moneda más que la necesaria para sobrevivir. Porque los justos, diría, se asemejaban a los lirios del campo.

Esta historia es parte de nuestra identidad, y cuando llega diciembre siento que nos vamos desintegrando, porque los pueblos pueden sobrevivir sin un espacio físico al que llamar patria, pero rara vez sobreviven sin héroes y sin creencias: mitos y héroes representan lo más profundo de nuestra esencia.

Y me pregunto, ¿cómo podemos ser tan ciegos en no ver la belleza de esta parábola -dejando de lado la religión o el agnosticismo que practiquemos- que habla de dignidad, de seres sencillos y trabajadores, de animales mansos, de ángeles, de madres que paren en la soledad de los campos mientras cumplen el mandato ciego de un gobierno que los obliga a moverse sin discernir sus pesares?

Una parábola en la que se habla de un cometa que, en vez de predecir desastres, guía a los sabios para que no se extravíen en las rías de la ciencia sin conciencia. Y que habla de ofrendas humildísimas, de gente del pueblo, de una familia.

Cuando pienso en los personajes que representan a las naciones que detentan el poder, más me confunde este adoptar a un anciano aturdido que trae juguetes costosos, un personaje con mofletes de intemperante, mientras desdeñamos la metáfora, la poesía, la belleza y la profunda humanidad que hay en esta criatura nacida en un portal y rodeado del amor de bestias, de ángeles, de sabios y de aquellos bienaventurados que conforman lo mejor de un pueblo. Como lo dice la copla:

Ha nacido en un portal llenito de telarañas

Entre la mula y el buey, el Redentor de las

[almas.

En el portal de Belén hay estrellas, sol y luna,

La Virgen con San José y el Niño que está en

[la cuna.

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