
Espías para las vacaciones
Por Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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Juan Libro ya se había acostumbrado al alboroto de las vacaciones de invierno y sabía que en las librerías nunca sería como en las boleterías de los cines. No se escucharían alaridos infantiles clamando por sus personajes favoritos. Sin embargo, en su fuero íntimo, también deseaba encontrar niños tironeando del abrigo de sus padres al pasar delante de una librería, para elegir una fantasía propia. Con esa ilusión, bajó al sector de literatura juvenil. Un silencio propiciatorio lo alentó. No era el silencio que indicaba una ausencia, un vacío. Era el silencio de la lectura silenciosa. Había chicos sentados en las mesitas e incluso despatarrados sobre la alfombra. Algunos miraban ilustraciones, otros estaban sumergidos en un manual de zoología. Juan Libro reparó en un chico que arrastraba un yoyó rojo. No era igual a los otros. Tampoco sostenía ningún libro. Parecía perdido. Se arrimó a Juan Libro confundiéndolo con un vendedor y le dijo en voz baja si quería cumplir una misión secreta, si acaso él era "el último espía". La situación era insólita: un niño con yoyó se pasea entre libros buscando a un espía para contratarlo. Más confuso se volvió todo cuando el chico dijo: "El ojo es el cuerpo en miniatura". Por el tenor de esa frase, tan literaria y fuera de contexto, Juan tuvo la primera sospecha -quizás estimulado por el desafío-: el niño se había escapado de un libro. El problema era averiguar de cuál. La siguiente frase lo orientó: "No puede ser botánico quien no está dispuesto a convertirse en planta, ni geólogo quien no aspire a ser piedra. Para ser astrónomo hay que convertirse en planeta". Esa ambición borgiana sólo podía provenir de un personaje de Pablo De Santis. No podía ser de su última novela, El enigma de París , ganadora del Premio Planeta-Casamérica de Narrativa, porque allí había detectives famosos y sucedía en el siglo XIX. Debía tratarse de alguno de sus libros infantiles. Se acercó a la sección de novelas y buscó al autor. ¡Cuántos libros había escrito Pablo De Santis para chicos! Se detuvo en uno recién publicado: El último espía . No había dudas: de allí provenía el misterioso muchachito del yoyó averiado. Retiró el ejemplar para hojearlo. La historia trataba de un espía venido a menos, contratado por el Millonario Misterioso para resolver cinco casos: el caso de los telescopios rotos, el caso del asesino de palomas, el caso del poeta de las cosas sencillas, el de la ciudad desaparecida y el del libro indescifrable. Para hacerlo enviaba a un mensajero misterioso, un niño llamado Miguel, que arrastraba un yoyó rojo. Juan Libro levantó la vista. El pequeño había desaparecido. Su caso estaba resuelto. Salió a la calle con el libro bajo el brazo. Había comenzado a llover y entonces leyó en la página 55: "La lluvia siempre parece una cosa nueva, que se acaba de inventar. La gente mira para arriba, maravillada, como si recién se diera cuenta de que la ciudad no tiene techo".





