
Estética nazi
SILVIA HOPENHAYN Para LA NACION
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Berlín es una ciudad culposa, pero pujante. Capital del nazismo, hoy muestra su opulencia: desde la Puerta de Brandeburgo hasta la elegancia de avenidas como la Friedrichstrasse. Todo brilla. Arrasada en un 70% durante la Segunda Guerra, parece mitigar el remordimiento con la exhibición de los destrozos. Un ejemplo notorio es la iglesia evangélica luterana, conocida como Gedächtniskirche (Iglesia del Recuerdo), que está en la plaza Breitscheid. Bombardeada en la Batalla de Berlín, las fuerzas aliadas la dejaron en estado de ruina, como memorial. Visitarla es una forma de experimentar en sus cimientos ahuecados el impacto de la bomba que la hizo trizas.
El Muro también postula restos. Los restos del siglo XX en una ciudad del siglo XXI. Berlín ahora se alista para los festejos de la caída del Muro, acontecida un 9 de noviembre, hace veinte años. Muro que se desperdigó por la ciudad. Uno encuentra pedazos cubiertos de grafitis para sacarse fotos, o un falso agente aduanero que sella un falso pasaporte apoyado en el supuestamente verdadero Muro, o piedras supuestamente extraídas de los cimientos, o, para seguir con el tour temático de la Guerra Fría, los falsos soldados americanos ubicados en el Checkpoint Charly (antes frontera aduanera entre Oriente y Occidente) que cobran un euro por figurar en la foto.
Berlín es la abolición del olvido, pero, al mismo tiempo, una fachada de la historia. A su vez, la historia parece transcurrir en presente. Coexisten turcos con arios, comunistas y aristocracia, estudiantes y viejos artistas. La estética hace a una dinámica. De reciente aparición, el libro La estética nazi, un arte de la eternidad , de Eric Michaud (director de L´Ecole de Hautes Etudes en Sciences Sociales, de París) busca dar cuenta de la relación entre arte y política que estableció Hitler, fundamentada por Goebbels en una carta abierta a Furtwängler: "Nosotros, que damos forma a la política alemana moderna, nos sentimos como artistas a los cuales ha sido confiada la alta responsabilidad de formar, a partir de la masa bruta, la imagen sólida y plena del pueblo". De allí la noción de Estado-obra de arte. Sorprende cierto apego de artistas a la católica, nacionalista, antisemita y antidemocrática Action Française, de Charles Maurras, entre ellos Apollinaire, Gide, Proust y Rodin. Estas filiaciones, más la reminiscencia de la Grecia antigua, el cristianismo y la época medieval, que el régimen nazi intenta hacer confluir para producir efectos narcotizantes desde la forma ( Idee und Gestalt era la expresión genérica de sus ideólogos, es decir, "de la idea a la forma"), llevan al autor a indagar en esa "fuerza de destruir sin culpabilidad".
El ensayo se completa con valiosos documentos gráficos, tanto fotos como dibujos, y algunas historietas de la época que ilustran la gravedad del asunto con lúcida comicidad.
Quizá valga la pena recorrer Berlín con el libro de Michaud -más allá de su valor bibliográfico- para darse cuenta de que en algunos enclaves turísticos la culpa se subsana con souvenirs : el sello en falso papel oficial que dice Get your East Berlin Visa , también por sólo un euro. Esa puesta en escena, ridícula en su anacronismo, destila la crueldad de la historia.





