
Estilos de capitalismo
Además de los conflictos políticos, religiosos y bélicos internacionales que asuelan a la humanidad, existe otro tipo de tensión latente cuya gravedad aún no ha sido comprendida por el público, los círculos académicos y las esferas políticas: la posibilidad de futuros conflictos debido a que las dos principales corrientes ideológicas predominantes desde hace mucho tiempo –el capitalismo y el socialismo/comunismo– no están proporcionando suficientes beneficios a todos los habitantes del planeta.
En el bando socialista/comunista, minoritario en el mundo actual, el fracaso es innegable. Los pocos países que aún se encuentran inmersos en este sistema, como Cuba y Corea del Norte, padecen un bajo nivel de vida, autoritarismo y mediocridad cultural. China y Vietnam, teóricamente clasificados como comunistas, solo lograron un crecimiento económico excepcional cuando incorporaron alto grado de principios capitalistas a sus sistemas productivos.
Desde la década de 1980, con el fin de la Unión Soviética, la mayor parte del mundo ha adoptado el capitalismo como la mejor alternativa disponible para organizar la sociedad, lo que ha limitado el alcance de cualquier planteamiento crítico. Pero ¿el desempeño general de los países capitalistas justifica una sensación de tranquila complacencia?
Teniendo en cuenta la forma en que se ha practicado el capitalismo, tanto en los países desarrollados como en los menos privilegiados, se concluye que existen motivos de preocupación con respecto a las perspectivas a largo plazo. Desde el ángulo del progreso tecnológico, la evolución es constante y admirable, lo que justifica optimismo. Sin embargo, desde una perspectiva socioeconómica, la realidad no es alentadora. Se podrían citar numerosos ejemplos para ilustrar esta conclusión, pero aquí solo se mencionarán dos.
El primero es que el estilo de capitalismo en funcionamiento en los países no desarrollados ha decepcionado la expectativa de generar tasas de crecimiento del PBI suficientes para sacarlos de esa situación. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, ninguna de esas naciones ha logrado unirse al tradicional grupo de países desarrollados, con la excepción de Corea del Sur. El caso de China es particular, pues, como se mencionó, combina el intervencionismo estatal con una sólida presencia de la empresa privada.
El segundo ejemplo afecta a la mayor parte del mundo: la tendencia ininterrumpida de creciente desigualdad social. Esto es lo que señala el Informe sobre la Desigualdad Mundial 2026, elaborado por el World Inequality Lab bajo la dirección del economista francés Thomas Piketty. El informe abarca todo el planeta, pero el peso estadístico de los países capitalistas es predominante.
La concentración de riqueza en el mundo ha alcanzado su nivel más alto en tres décadas. El 10% más rico de la población posee el 75% de la riqueza global, mientras que la mitad más pobre solo posee el 2%. La desigualdad también se manifiesta al considerar los niveles de ingresos anuales. En este caso, el 10% más rico del mundo concentra el 53% de los ingresos globales, mientras que la mitad más pobre recibe solo el 8%. En algunos países, incluido Brasil, se han adoptado algunas medidas redistributivas, pero los resultados obtenidos en términos de desigualdad han sido limitados.
Ambos ejemplos demuestran lo beneficioso que sería para el fortalecimiento del capitalismo la implementación de cambios que lo hicieran más capaz de promover el desarrollo en todas las naciones y, al mismo tiempo, mitigar el actual grado de contraste social.
Consultor económico en Washington, execonomista del BID y exprofesor en universidades brasileñas




