
Estupideces
"Me hace sentir un poquito de vergüenza ajena que vengan a otro país a decir esas estupideces."
(Del jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, respecto del escritor Mario Vargas Llosa y del filósofo español Fernando Savater.)
En un inédito esfuerzo de imaginación, el Gobierno se propuso instrumentar un ingenioso mecanismo de medición, confiable y certero, que les permita a los argentinos contar, por primera vez, con un medidor de estupidez. En una muestra de que las autoridades se proponen dotarlo de la mayor confiabilidad posible y a prueba de críticas estúpidas, el diseño le fue encomendado al secretario de Comercio, Guillermo Moreno.
El instrumento estaba siendo elaborado en secreto. Estaba, porque el jefe de Gabinete, que no sabía, metió la pata al atacar a dos de los principales colaboradores externos del Gobierno, que habían sido contratados para medir el nivel de tolerancia de los argentinos a la estupidez. Pobre Aníbal: lo tomaron para el churrete. El plan era que los dos expertos, Mario Vargas Llosa y Fernando Savater, llegaran al país para opinar de lo que se les antojara, de la economía (estúpido), del peronismo, del Gobierno, de la libertad, de los aprietes a la prensa? En fin, de todo. Los especialistas designados por Moreno se iban a mezclar como gente común con un estupidómetro, un pequeño adminículo parecido al del test de alcoholemia, para captar las vibraciones interiores producidas por la estupidez, que, a borbotones, esperaban que los dos especialistas dijeran en todo momento durante una semana. El objetivo: contrastar sus dichos con la realidad para que, una vez demostrada la estupidez de sus argumentos, se consolidara un poco más el modelo en el inconsciente colectivo. Por eso, le pidieron a Daniel Scioli que llevara a Savater a hablar en una escuela que lleva el nombre de Roberto Noble, el fundador de Clarín. Una idea genial.
No previeron las consecuencias. Fue tan exitosa la actuación de los dos invitados que hasta en el Gobierno se lo creyeron. Pero hubo un momento de zozobra en la Casa Rosada. Fue cuando miles de argentinos hicieron cola para escuchar a Vargas Llosa, y parecieron creerle. Y lo peor, cuando comprobaron que la TV lo transmitió en vivo por el interés de la gente. Otra estupidez.





