Extranjeros que osan criticarnos
Por Pablo Mendelevich Para LA NACION
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Mucho antes de que el boquifresco Pepe Mujica ventilara pormenores de sus estudios antropológicos de cabotaje sobre la idiosincrasia argentina, nos dijo lo suyo el dramaturgo español Jacinto Benavente (1866-1954). Reacio a opinar sobre lo que veía mientras visitaba el país, Benavente sólo cedió a la curiosidad de los periodistas en el puerto de Buenos Aires, a punto de zarpar. "Armen la única palabra posible con las letras que componen la palabra argentinos", dijo, para no tener que extenderse demasiado. Ninguno necesitó un Scrabel: la palabra es ignorantes.
Según un trabajo de Jorge Vanossi editado en 1996 por la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas ("Los argentinos ante los ojos de propios y extraños"), uno de los primeros ilustres viajeros impenitentes fue Charles Darwin, de cuya capacidad de observación puede dar fe (sic) la ciencia. "Los habitantes respetables del país ayudan invariablemente al delincuente a escapar; parecería que piensan que el hombre ha pecado contra el gobierno y no contra el pueblo". A Ortega y Gasset se le conoce el más clásico consejo antidispersión criolla -"argentinos a las cosas"-, pero este filósofo se explayó mucho más sobre el asunto. "El argentino -dijo- no suele ser lo que realmente es, sino que se ha trasladado a vivir dentro del personaje que imagina ser". ¿Y el telegráfico veredicto del conde Keyserling? "El argentino post coitum, animal triste". Hasta Cantinflas se obligó a decir lo que pensaba, con ahorro de gratitud, después de haber estado acá: "La Argentina está compuesta por millones de habitantes que quieren hundirla pero no lo logran". Ni Einstein entendía cómo podía progresar un país tan desorganizado (lo refiere Vanossi basado en relatos de su padre, a quien como secretario de la Sociedad Científica Argentina le tocó en 1925 acompañar al sabio durante su estadía en Buenos Aires).
Está el caso de un italiano de apellido Bevione, uno de los invitados a los festejos del Centenario, quien luego escribió un libro. Osó decir allí que este es un país donde el poder judicial no tiene independencia y el poder ejecutivo no tiene frenos.
Es verdad que los políticos uruguayos usan métodos clasificatorios algo más despojados. Battle habló de argentinos chorros. Y Mujica, un comentarista más -aunque no lo ayuda su condición de (probable) próximo presidente vecino- aclaró, por fin, que no somos tarados, además de sugerir una sinonimia entre peronista y patota.
Cuando notorios extranjeros posan su catalejo personal sobre nosotros, acá se vacila entre repudiarlos y agradecerles. Es que golpean corazones pero exacerban la glándula impiadosa: la duda es si vierten agravios o diagnósticos. Otro visitante, el escritor norteamericano Waldo Frank, dijo que "la Argentina es grande, fuerte, próspera y sin embargo el argentino, curiosamente, obtiene un amargo disfrute enumerando sus propios defectos. Goza en tenerse a sí mismo y a su país como lo peor del planeta". Frank, eso sí, cometió el error de opinar antes de irse. Una paliza lo dejó con conmoción cerebral, pero después de que sus secuestradores lo abandonaron en Balvanera, pudo salir del país, a pesar de que el gobierno de Castillo lo declaró persona no grata y pidió su captura. ¿Lo sabrá el Pepe?



