
Fábula de la familia y el déficit cero
Por Orlando Barone
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El domingo 2, en su columna en LA NACION, Art Buchwald contó las peripecias económicas de una típica familia norteamericana de clase media.
Con el título de "La tarta se achica", el satírico escritor describe allí cómo la actual crisis va derrumbando día tras día al matrimonio Brown y a sus ocho hijos. Se trata de una historia pequeña: la de la vertiginosa caída de un próspero emprendimiento familiar de elaboración y venta de tartas caseras que se va precipitando a la quiebra. Buchwald, con refinada y graciosa ferocidad teatral, va contando el progresivo deterioro de esa fábrica casera de tartas hasta entonces exitosa. Al principio, el padre recurre a bajar el precio y las ganancias del producto que elabora. Luego, en vista de que la recesión continúa y no obtiene resultados, consiente en ir bajando la calidad del relleno y aún más: en ir retaceándole ingredientes. Pero las ventas siguen desmejorando, de manera que el padre, a medida que el negocio familiar se va hundiendo por la iliquidez de mercado, se ve obligado a ir despidiendo escalonadamente a cada uno de sus hijos. Los despide por tandas; con la inexorabilidad que le exige la crisis. Hasta que llega el día que debe decirle a su esposa, la que amasa las tartas: "Ellen, tengo malas noticias para ti".
Obviamente le había llegado su turno: la echaba. Es el final de la fábrica y seguramente el de la familia. La originalidad de Buchwald reside en haber logrado ejemplificar en un núcleo pequeño, unido por lazos de entrañable reciprocidad, el despótico mundo del mercado. Y de cómo sus apocalípticas consecuencias, exceptuadas de toda espiritualidad y piedad moral, son capaces de desmembrar sentimientos atávicos si así lo exige la lógica del costo beneficio.
Me llamó la atención la historia de la paulatina exclusión de los hijos y la sutil ironía con que Buchwald plantea las justificaciones del padre ante las lamentaciones de su mujer en el instante en que despide a Delbert y Dinah, justamente los que más trabajaban. "¿Qué le vamos a hacer? Quizás encuentren trabajo en un local de hamburguesas", le responde el señor Brown resignado. En su primera tanda de exclusiones se produce el siguiente diálogo: "Para bajar costos vamos a tener que despedir a alguno de los chicos", dice el señor Brown. "¿A cuáles?", preguntó la esposa. "A Teddy que tiene 7 años y a Maureen que tiene 10. Por ser los menores , creo que son los primeros a los que deberíamos echar". Esa noche los niños encontraron sendas notas bajo la almohada que decían: "Debido a las condiciones económicas y al menor consumo de tartas, debemos despedirte.
"Tan pronto pase la recesión mundial podrás recuperar el empleo. Aquí tienen un dólar y buena suerte."
Que esta historia provenga de la realidad del país que supuestamente debe ser el que nos ayude no deja de ser una curiosidad interesante. También es interesante ver cómo el formato del mundo modela igual sensibilidad en iguales circunstancias. La forma distante, calculadora y caricaturescamente mecánica con que el padre -finalmente el jefe y propietario de la empresa familiar- va arrojando como lastre a cada uno de los miembros de la casa porque así lo exige la emergencia, desnudan el alto grado de humanismo a que se ha sometido a la sociedad haciéndole creer que semejante tratamiento tiene por objetivo un mejor resultado. No moral, claro.
Me atrae el ejemplo del escritor norteamericano porque me permite aportar otro también en relación con la familia y la casa. Ultimamente varios especialistas en economía -incluido el ministro- y algunos voceros entusiastas del rubro trataron de explicar la inapelabilidad del déficit cero comparándolo a un hogar donde los gastos, si se desea la feliz estada de sus miembros, no deben superar nunca los ingresos. La elección de la casa y la familia para demostrar las ventajas de ese tajante concepto económico es un error o un falaz argumento. Porque en un hogar todos comparten igual condición económica. Los padres y los hijos conviven bajo el mismo techo, comen la misma comida en la misma mesa, comparten los bienes y los males, y en caso de necesitar uno asistencia todos lo asisten o buscan cómo hacerlo sin medir jerarquías. En una casa, el día que no hay plata los padres no le quitan la papilla al hijo más pequeño ni le venden la cama al hermano para que duerma en el suelo, mientras la madre mantiene el turno del masajista y el padre al instructor de golf. El ámbito del hogar -mal que les pese a los que lo citan como ejemplo ideal de déficit cero- es el más socialista del capitalismo. Su contracara es la empresa donde la relación de sus integrantes es asimétrica: unos llegan en Mercedes Benz y otros en bicicleta o caminando, unos ganan para vivir en casas espléndidas y otros apenas para vivir en casitas modestas, unos pasan sus vacaciones en paraísos y otros en el barrio. Este debería ser el ejemplo adecuado al lenguaje que el mundo económico utiliza, y no el de la casa, ya que en ésta se trata de cumplir precisamente las formas de vida de fraternidad, igualdad y libertad que no se cumplen en ninguna otra parte.
Pero Buchwald, paradójica y sagazmente, da el ejemplo de la familia en sentido contrario al real. La plantea desde al absurdo de hacer obrar al padre como si fuera un gobernante o un propietario solo afanado porque cierren los números y capaz de sacrificar a sus hijos, escogiéndolos gradualmente y en orden a su mayor debilidad o prescindibilidad, como si fueran simples nombres de una plantilla. Retrata a la familia como a un grupo organizado de modo tan mercantil que los vínculos sensibles no cuentan en el balance. Está claro que nadie va a creerse que en un hogar normal ocurren las cosas como las cuenta Buchwald. Pero tal vez lo que quiso decir el imaginativo columnista norteamericano es que ya no hay nada normal en el mundo: ni siquiera una familia. Y su tierna moraleja es que no hay que esperar nada de nadie porque todos están en emergencia. Y todavía algo peor. Su mensaje advierte que en los Estados Unidos la crisis es seria: ha llegado hasta los Brown y su gobierno no ha podido ayudarlos.
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