
Fantasmas de la ignominia
JOHANN Emmanuel Schikaneder se dedicaba al teatro, pero era apenas un mercachifle del arte popular: cómico de ferias y libretista inescrupuloso, solía apropiarse de argumentos ajenos para deformarlos y concebir así sus propias obras, por lo común destinadas a un público que disfrutaba la chabacanería. Era un verdadero tarambana este Schikaneder, nacido en Ratisbona, ciudad alemana, en 1748 (¿1751?), y muerto en un manicomio de Austria, en 1812.
Nadie duda de que habría sido devorado por el olvido si no fuera el autor del libreto de La flauta mágica, la última ópera de Mozart, estrenada en Viena el 30 de septiembre de 1791. El compositor moriría sesenta y seis días después, a los treinta y cinco años, y en ese lapso pudo oír las opiniones más contradictorias: La flauta mágica mereció elogios inmediatos por la genialidad de su música y, a la vez, acerbos reproches por su estrafalaria trama argumental.
Aún hoy, algunos entendidos del género consideran que el argumento es francamente naïf, con personajes enredados en una fábula de dudosa coherencia y ambigua interpretación. La noche del estreno, Schikaneder se reservó el papel de protagonista, no se privó de morcillear a su antojo y de ensayar el ridículo cantando con la boca cerrada por un candado o tartamudeando, secuencias que exigió a Mozart que incluyera. Otros críticos pretendieron y pretenden que el libreto está moteado de símbolos de la masonería o directamente esotéricos, que apuntan al subconsciente profundo.
El psiquiatra español Juan Antonio Vallejo-Nágera, en su libro Locos egregios, advierte que Schikaneder era un vulgar chapucero, incapaz de concebir alegorías más o menos inteligentes. Esto es del todo cierto: cuando el libretista le llevó algunas ideas a Beethoven, el autor de la Quinta, ni sordo ni perezoso, lo sacó con cajas destempladas.
La cara del hereje
La pregunta cae como breva: ¿por qué, en marzo de 1791, Mozart entabló sociedad con semejante pelafustán, borrachín y víctima de una sífilis que ya lo empujaba a la demencia? Simplemente porque Mozart estaba en la más completa miseria, definitivamente enfermo y, para peor, perturbado por la muerte de cuatro de sus seis hijos y por los desvaríos sentimentales de Constanza, su mujer. Tan agudas eran sus estrecheces que, en tanto pergeñaba La flauta mágica, debió aceptar otros dos encargos: compuso la ópera La clemencia de Tito y su majestuoso Réquiem, finalmente inconcluso.
La necesidad tiene cara de hereje, dice la mala traducción de un proverbio latino (necessitas caret lege, que en realidad significa "la necesidad carece de ley") y en el reconocimiento de esa desgracia estriba la complacencia del gran Amadeus. Por lo tanto, he ahí la respuesta: quien padece indigencia será víctima de humillaciones y quizá termine vendiendo su esfuerzo a precio vil. Schikaneder nunca le pagó por su trabajo, pero varias veces lo invitó a cenar.
La anécdota es propicia en vísperas de la Navidad, la fiesta de las conciencias limpias y de las generosidades del corazón.
© La Nación





