Feminismo. La larga marcha del gran protagonista de este siglo

Diana Fernández Irusta
Legado. Tras las mujeres que hoy se manifiestan en todas partes del mundo hay una prolífica historia de activismo, resistencia y pensamiento que fue desplazando los límites de lo posible
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19 de octubre de 2019  

Crédito: Sebastián Dufour

"¡Porque estamos en 2015!". Así respondía Justin Trudeau, flamante presidente de Canadá, a quien le preguntaba por qué la mitad de su gabinete estaba conformada por mujeres. Habían pasado quince años desde el inicio del siglo XXI, y era un hecho: el monopolio de trajes y gestos masculinos en los escenarios políticos comenzaba a hacer ruido, tanto como el que generaban ciertas fórmulas de acercamiento entre los sexos, ciertos estereotipos, algunos usos del lenguaje.

Junto con las redes había arribado la " cuarta ola feminista": masiva y global; abocada a viejas demandas (como la legalización del aborto o la igualdad económica entre hombres y mujeres), pero también en busca de nuevas concepciones de la femineidad. Una marea que, en continuo ascenso, incluyó el Paro Internacional de Mujeres, el #NiUnaMenos, encuentros multitudinarios como el que se realizó la semana pasada en La Plata, o movimientos como el #MeToo, que puso al descubierto prácticas donde la violencia entre géneros permanecía opaca aun para quienes la padecían. Parte de esta eclosión tuvo que ver, no solo con la enorme expansión de las propuestas feministas, sino también con los niveles de escucha que lograron alcanzar. En esta línea se inscribe lo ocurrido luego de que la crítica estadounidense Rebecca Solnit (California, 1961) publicara en un medio digital el ensayo Los hombres me explican cosas. El texto circuló, se compartió, generó discusiones mediáticas y -pese a que la autora no lo había formulado de ese modo- contribuyó a la creación de un neologismo, el mansplaining, que The New York Times eligió como la palabra del año en 2010, y que se refiere a la autoridad que, de manera automática, los varones suelen conceder a su propia palabra en detrimento de lo que diga una mujer.

"Tocó una fibra sensible. Tocó un nervio", escribe Solnit en la introducción de la versión en papel de aquel ensayo. También aclara que su crítica no estaba dirigida a los hombres como un todo, sino que apuntaba a los dispositivos -escurridizos, involuntarios y difíciles de identificar- que históricamente han hecho funcionar el género en nuestra sociedad. Y en los que las mujeres siempre quedaron del lado del silencio. Por eso señala: "La batalla contra los Hombres Que Explican Cosas ha pisoteado a muchas mujeres: a las de mi generación, las de la próxima generación, que necesitamos tanto, aquí y en Paquistán y en Bolivia y en Java, por no hablar de las mujeres que me precedieron y que no fueron admitidas en el laboratorio o en la biblioteca o en la conversación o en la revolución o, incluso, en la categoría que llamamos humana".

En esta frase, Solnit enlaza el mansplaining, concepto ligado al auge actual de la discusión feminista, con la masa oculta del iceberg: la larga trama de resistencias, avances y retrocesos que, podría decirse, condujo a la eclosión actual.

Para reponer parte del mapa, la escritora y profesora de Filosofía Séverine Auffret (Francia, 1942) escribió Historia del feminismo, libro que, sin mencionarlas en una cronología explícita, transita las tres olas feministas previas a la actual: la del siglo XVIII y sus reclamos por educación y derechos civiles; la de mediados del siglo XIX, coincidente con el sufragismo; y la de los años 60 y 70, que significó el avance de los derechos reproductivos.

Lo interesante de la apuesta de Auffret es que no elige como hilo conductor al feminismo propiamente dicho, sino lo que denomina las " ideas feministas": reflexiones, testimonios o denuncias a los diversos modos que adoptó la misoginia a lo largo del tiempo. Esto le permite revisar experiencias muy anteriores al siglo XVIII (momento en que nace el feminismo histórico) y, asimismo, ver el modo en que esas ideas eran puestas en marcha tanto por mujeres como por hombres. De hecho, da inicio a su relevamiento con Safo, poetisa griega del siglo VI a.C., y con Melanipe la filósofa, una de las tragedias menos conocidas del poeta griego Eurípides. En esta pieza, el elemento subversivo -que, para Auffret, señalaría una toma de distancia de Eurípides con su propia época- es una mujer que, contra lo que indicaba Aristóteles en su Poética, se mostraba perfectamente capaz de razonar y argumentar.

"Cada vez que cambian los órdenes, cada vez que se modifica el estatus de la familia, las mujeres ganan libertad, se produce una brecha por la que muchas de ellas pueden entrar. Entran también por esas brechas, entre las mujeres y entre los hombres, ideas feministas, explícitas o implícitas", apunta Auffret. Desde esta lógica, fue gracias a esos intersticios que surgieron mujeres como Hipatia (filósofa y matemática del siglo V a. C.), o mitos y relatos donde las heroínas se desviaban de la norma, y al imperativo de discreción, sumisión o recato respondían con curiosidad, violencia, erotismo: Pandora, Lilit, Eva, Judit.

Atravesar las páginas de Historia del feminismo implica asomarse a una sucesión de modelos de control corporal, restricción política y silenciamiento intelectual que no parecen haber reconocido límites temporales ni geográficos. Aunque apenas esboza alguna hipótesis que explique el recrudecimiento de esta lógica en algunos períodos históricos (la misoginia en la Edad Media, por ejemplo), Auffret sí traza una fascinante trama de discursos alternativos y resistencias. Cuando llega al siglo XVIII, momento en que se pasa "de las ideas feministas a los actos colectivos" (lo que inauguraría el feminismo histórico), reivindica dos voces masculinas: la de Voltaire y la del marqués de Condorcet, quien por aquel tiempo aseguraba: "La ley no debería excluir a las mujeres de ningún lugar. Piensen que se trata de los derechos de la mitad del género humano".

En esos años también surgen varias de las más conocidas representantes del feminismo. Olympe de Gouges, que le pidió a la Revolución Francesa que proclamara la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, y a la que esa misma Revolución envió al cadalso poco antes de decretar que las mujeres, como los niños y los deficientes mentales, carecían de ciudadanía. O Mary Wollstonecraft (la madre de Mary Shelley), autodidacta, crítica de la institución matrimonial (a la que calificaba de "prostitución legal") y defensora de los derechos de unas congéneres en cuya dependencia e ignorancia veía una condición equiparable a la de la esclavitud.

Cada una de estas intervenciones, que en algunos casos se mantendrían en la iniciativa individual, y en otros derivarían en acciones colectivas, fueron prefigurando el horizonte de derechos (políticos, jurídicos, económicos, educativos) que se plasmaría a mediados del siglo XX.

Entonces vendría un momento bisagra, del cual acaban de cumplirse 70 años: la publicación, en 1949, de El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. Por primera vez, una mujer utilizaba las herramientas de la filosofía para pensarse -con crudeza por momentos brutal- a sí misma y a las otras.

Cristina Sánchez Muñoz (1960), autora del reciente Simone de Beauvoir. Del sexo al género, define a El segundo sexo como un "antes y un después" que, entre otras cosas, abrió las puertas al debate feminista de los años 60 y a la posibilidad de pensar en términos de género, más que de sexo. En todo caso, el libro tuvo un impacto inmediato: vendió 22.000 ejemplares en su primera semana en librerías y se tradujo a casi todos los idiomas del mundo. Convertido en un long seller, se sigue reeditando (la última edición, de Lumen, es del año pasado) en la estela de la ola feminista actual.

No obstante, Auffret cuestiona la postura de Beauvoir, quien, asegura, tuvo "una vida feminista" porque ejerció su libertad, sexual e intelectual, pero no aplicó esas concepciones en una obra donde -siempre siguiendo a Auffret-el cuerpo femenino se piensa desde sus imposibilidades. "Su primera acción feminista data de 1971", insiste Auffret en su crítica a Beauvoir. La frase refiere al Manifiesto de las 343, publicado en Le Nouvel Observateur del 5 de abril de 1971, en plena lucha por la legalización del aborto y la anticoncepción en Francia, donde la filósofa, junto con otras celebridades como Jeanne Moreau, Françoise Sagan, Marguerite Duras o Agnès Varda, admitía haber abortado.

Lo cierto es que, más allá de las discusiones que encendió a lo largo del tiempo, El segundo sexo -uno de esos libros que todos conocen pero no tanta gente leyó- se convirtió en un emblema. También aquello de que "no se nace mujer sino que se llega a serlo", frase que devino más oracular de lo que Beauvoir sin duda hubiera deseado, y que impregna buena parte de las discusiones, avances, cismas y pasiones del movimiento de mujeres que hoy se hace escuchar en todo el mundo.

HISTORIA DEL FEMINISMO

Por Séverine Auffet

El Ateneo Trad.: Silvia Kot 652 págs./ $ 1290

LOS HOMBRES ME EXPLICAN COSAS

Por Rebecca Solnit

Fiordo. Trad.: Paula Martín Pons 137 páginas. $ 600

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