
Fin de la agricultura colectiva en Rusia
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El rígido y anacrónico sistema estatal de la propiedad de la tierra vigente en Rusia ha ido cambiando a partir del derrumbe del comunismo, después de la caída del muro de Berlín. Ahora se acaba de aprobar la posibilidad de comprar y vender tierras, un paso de gran importancia. Sin embargo, para alcanzar un nivel de organización e institucional similar al que rige en Occidente, se requieren todavía más reformas, escalonadas en etapas que seguramente no pueden ser tan breves como sería de desear.
Una de las primeras decisiones de la revolución de 1917 fue declarar la tierra propiedad del pueblo, lo que tuvo como efecto inmediato la completa desarticulación del sistema productivo anterior y provocó, poco después, entre 1920 y 1922, una gravísima escasez de alimentos y una terrible hambruna. La llamada “nueva política económica” impuesta por Lenin trató de atenuar los efectos de la estatización, pero éstos volvieron con marcada intensidad y crueldad durante el largo período de sometimiento a Stalin: fueron entonces desterrados y asesinados unos 10 millones de “kulaks”, propietarios relativamente grandes. Al cabo de esa masacre, la explotación de las ricas tierras rusas quedó encomendada a grandes empresas colectivas, los famosos “koljos” y “sovjos”, administrados y vigilados por jefaturas políticas que atendieron con preferencia los requerimientos del régimen totalitario. La gran producción de granos, que fluía al mundo por el puerto de Odesa en el Sur y por Gdansk en el Norte, fue decayendo hasta que la antaño gran nación exportadora de granos se transformó en importadora, finalmente, de todo tipo de alimentos.
A partir de la década del 90 comenzó la reversión del anacrónico régimen colectivo, pero mediante la aplicación de medidas que a menudo resultaron contraproducentes, como, por ejemplo, la división de las grandes propiedades en parcelas pequeñas que dificilmente tendrían viabilidad competitiva. Con la nueva reforma, la tierra podrá venderse libremente aunque no a los extranjeros, que sólo podrán arrendar.
Aun en el mejor de los casos la economía agraria rusa hallará múltiples obstáculos en el camino por su ilustre pasado productivo. Para empezar, la Unión Soviética ya no existe, de modo que la nueva legislación limita su vigencia a Rusia, en tanto en los demás Estados hay normas diferentes y no siempre tan resueltamente modernizadoras. En segundo lugar, por más de medio siglo nadie se preocupó por la conservación de los suelos, de modo que la productividad forzosamente será inferior. En tercer lugar, se necesita capitalizar el agro con la moderna tecnología, y no parece haber fondos para ello; por último –y esto no es lo menos importante–, se encuentra la valla del gran número de trabas burocráticas que quedan como residuo de los tiempos autoritarios, entremezcladas con corrupción y criminalidad, en un contexto social de incierto destino.
Ningún país ha podido implantar con éxito alguna forma de colectivización, ni en el quehacer agrícola ni en ningún otro. China debió abandonar sus “comunas”, distribuir sus grandes extensiones en pequeñas propiedades y sigue, a su manera y con no menos dificultades, un proceso semejante al que encara Rusia. Cuba permanece recalcitrante, pero a un costo enorme. Si para muestra basta un botón, adviértase que siendo proveedor en el pasado de hasta 7 millones de toneladas de azúcar, ahora, a pesar del gran avance tecnológico de las últimas décadas, sólo puede embarcar 3 millones. Ha tenido, además, que cerrar la mitad de los 150 ingenios que llegaron a funcionar, en tanto que los que continúan en operación presentan notorios indicios de obsolescencia.
Con el tiempo, y persistiendo en la orientación que lleva Rusia y también Ucrania, se podrá volver a desempeñar un papel importante en la producción agrícola mundial. Si los ex países soviéticos consiguen ese logro, éste entrañaría inevitablemente un factor de competencia para los sectores exportadores de todas las naciones que se beneficiaron en su momento con el desastre colectivista, entre ellas la Argentina. No obstante, la inserción de Rusia y de los restantes países que integraban la Unión Soviética en el mundo libre y en sus mercados en general es un beneficio general y creciente para todos.






