Fiorituras y actitudes mezquinas
Por Lorenzo A. Pepe Para LA NACION
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Fioritura es una palabra italiana que significa "adorno" y se la usa con el sentido de ornamentación prescindible. Es la palabra que aparece en una frase de Perón que, apenas recortada, sirve a los fines de Hugo Gambini, el autor de la nota publicada en LA NACION el 7 de julio. Apenas y sutilmente recortada (sin señalarlo) para quitarle la referencia: un comentario sobre una crítica que se le hacía a Napoleón y que Perón consideraba injusta.
¿Cuál era la intención? Sin fiorituras, como dice el autor, demostrar que Perón no tenía ningún escrúpulo a la hora de alcanzar sus objetivos.
La frase había sido pronunciada por el entonces presidente de la Nación el 4 de enero de 1952 durante la entrega de sables a los nuevos generales del Ejército. Este discurso, curiosamente, no figura en la edición comercial de las obras completas de Perón. El texto completo de la frase dice: "El conductor conduce, y si para conducir tiene que echar mano de ciertos recursos, debe hacerlo. Lo que él debe hacer es llevar su tropa a la victoria. Ser conductor, señores, es una tarea extremadamente difícil para querer todavía hacerla con extremas fiorituras o figuras retóricas".
El autor de la nota titula su trabajo, con tono irónico, "La Justicia de Perón: ¡10 puntos!". Su objetivo es machacar una vez más con aquello de que el período peronista es el paradigma de la injusticia, apenas una continuación de las políticas represivas de los generales José Félix Uriburu y Agustín P. Justo.
Los argumentos y los datos expuestos son trillados por su reiterada aparición en la literatura antiperonista y merecen, por ello, emparentarse con la "objetividad" ominosa del Libro negro de la segunda tiranía , decreto ley 14.988/56 (un texto oficial editado por la dictadura que gobernó de 1955 a 1958). Tal vez el autor "aceptó esa versión oficial y nunca llegó a enterarse de la verdad" (lo mismo que en su nota le atribuye al senador Antonio Cafiero, aunque con sentido político contrario, por supuesto).
Los hechos que se narran son una parte de la verdad: es hora de dejar de lado las versiones angélicas. Pero son una parte de la verdad que, a medida que se la retuerce y se la distorsiona, se va diluyendo en el límite con la mentira. Porque esos hechos fueron el producto de una historia de desencuentros y despiadados enfrentamientos, donde ninguna de las partes ahorró leña para echar al fuego.
Versiones angélicas
Pero el autor pasa por alto, por ejemplo, el "detalle" de que el primero que recibió ese 4 de enero en el salón de actos del Ministerio de Ejército el sable de general de brigada fue Juan José Valle, fusilado después, en junio de 1956, por los que derrocaron a Perón, aplicándosele la ley marcial retroactiva, junto a otros 31 militares y civiles peronistas. Se olvida también del bombardeo del 16 de junio de 1955, en el que aviones copiloteados por civiles opositores y militares sublevados dejaron más de 300 muertos inocentes en Plaza de Mayo (entre ellos, los chicos que viajaban en un micro de escolares, en visita a la Casa Rosada).
El sistemático uso de la picana y otros métodos más sofisticados de tortura después de 1955, el decreto 4161/56 (que condenaba a prisión a los que nombraran a Perón o cantaran la marcha peronista), el Plan Conintes, Felipe Vallese (el primer desaparecido), el exilio de Perón y la proscripción del peronismo durante dieciocho años... Estos son hechos históricos que es bueno no soslayar para determinar de qué se trata, para que las nuevas generaciones también los conozcan, para que puedan elaborar su propio paradigma de la injusticia (que no será, seguramente, el de los períodos peronistas) y descubrir, entre tantas fiorituras, quién fue el tres veces presidente constitucional de los argentinos, Juan Domingo Perón. Ese argentino que después de dieciocho años del escarnio volvió y, ya descarnado, dijo con grandeza: "Para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino".
Porque si de elegir frases se trata, es bueno tener en cuenta que la elección define tanto a quien las pronuncia como a quien las elige. Entonces optamos por quedarnos con el Perón que supo olvidar para conservar la memoria, el que se abrazó con Ricardo Balbín, el de la grandeza. El Perón jefe de la Nación, cuando dijo, sin mezquindades: "En esta etapa de emergencia debemos ser capaces de olvidar y echar a la espalda todas las pasiones que hayan podido agitarse en el pasado" (30/8/1973, "Debemos comenzar a pensar en grande"). Sería bueno que el autor de la nota también lo comprendiera.



