
Flaubert contra la prisa de la IA
En febrero de 2019 la compañía Huawei anunció que había completado la octava sinfonía de Franz Schubert, conocida como la “Inacabada”, con la ayuda de la inteligencia artificial. Lo que hicieron fue tomar las características de timbre y línea melódica de los dos movimientos que Schubert llegó a componer para complementarlos con dos movimientos más “en la línea que presumiblemente buscaba entonces” el compositor vienés. Pero, ¿qué buscaba Schubert? Tal vez, nada muy definido. El artista, movido por una pulsión difusa, suele descubrir lo que busca durante el proceso mismo de buscarlo. El músico, el escritor o el pintor intentan articular en una forma dada lo todavía no dicho. A veces, lo indecible. Y lo hacen en un diálogo secreto con aquello que ya volcaron en la partitura, la página o la tela, buscando ahí la clave para seguir, pero también en un mudo intercambio con su experiencia de vida, sus recuerdos y su imaginación, con su época y el trabajo de los artistas que los han conmovido y han ido moldeando su sensibilidad.
Todo eso no es cuantificable, escapa al cálculo y la estadística. Por eso, es territorio vedado a la inteligencia artificial. Los algoritmos no pueden completar la sinfonía de Schubert porque no pueden crear arte. Me parece absurdo el debate que se ha abierto sobre este punto. El arte es justamente el recurso que el ser humano encontró para sondear y expresar aquellos misterios y emociones a los que la razón no accede. Sin factor humano, sin alma involucrada, no hay arte ni creatividad. Lo que hace la máquina es otra cosa.
La falta de respeto a la sinfonía de Schubert puede ser tomada como un juego, pero quizá haya sido una muestra de la amenaza que el imparable avance de la IA representa para el arte. No hay arte sin autor, como dijimos. Y lo que está haciendo la inteligencia artificial, cuando inunda el mundo de obras fake, es propiciar la lenta agonía del autor. O no tan lenta. Cuando el autor haya muerto, reemplazado por los productos que arroja sin esfuerzo ni herida el cerebro colectivo de la IA, acaso debamos reconocer que también ha muerto el arte tal como lo hemos conocido.
¿Cuántos de los textos que leemos a diario, cuántas de las canciones que escuchamos, están hechas con IA?
Hoy todas las disciplinas artísticas están siendo inundadas de material producido –no digamos creado- por la inteligencia artificial. Deezer, empresa de streaming musical, informó que unas 90.000 canciones generadas por entero con IA se suben por día a su servicio, la mitad del total, según una nota de The Economist. La misma nota, publicada la semana pasada, contaba que Spotify eliminó 75 millones de “pistas basura” durante el último año, muchas generadas por granjas de bots con el objetivo de obtener regalías. Ayer leo que una editorial canadiense canceló su contrato con el escritor Thélyson Orélien después de confirmar que había usado la IA para escribir una novela que resultó un éxito de ventas. El libro, también lanzado en Francia, llegó a ser finalista de dos premios importantes: el Goncourt y el Renaudot. “Seguimos sin saber hasta qué punto se utilizó la IA en este libro, y probablemente nunca tendremos una respuesta definitiva al respecto”, dijo un directivo de la editorial, que decidió no reimprimir más ejemplares.
Este reconocimiento abre un inquietante espacio de duda. ¿Cuántos de los textos que leemos a diario, cuántas de las canciones que escuchamos, están hechas con inteligencia artificial o intervenidos por ella? ¿Habrá que empezar a desconfiar de todo lo que leemos? ¿Habrá que limitarse a los clásicos o leer solo libros escritos antes del cambio de siglo? “La IA es como el Ozempic”, dice un directivo de Deezer en la nota de The Economist. “Todo el mundo la usa, pero nadie quiere decirlo”. Qué triste para los verdaderos creadores jóvenes, que quizá vayan a encontrar difícil desmarcarse de la sospecha generalizada.
Una prueba del avance de la inteligencia artificial en el terreno del arte es que han aparecido firmas que, tal como ocurre con los alimentos orgánicos, extienden certificados que garantizan que una obra fue creada por personas y no producida por la máquina. Algo así como invertir la carga de la prueba. Pasa con el cine, los libros y la música. ¿Llegará el momento en que las obras creadas a tracción a sangre queden en minoría frente a la producción del algoritmo? La tendencia utilitarista de la época no presagia nada bueno. “La semana pasada estuve escribiendo la misma página durante cinco días”, contaba Flaubert en una de sus cartas a Louise Colet. Hoy, sin oficio alguno, cualquiera puede obtener, con un par de clics y en segundos, páginas y páginas de texto estandarizado al que le puede poner la propia firma. La simulación puede pasar por buena. En el terreno de la literatura, lo que se pierde es la voz única de todo verdadero autor. Y es precisamente esa voz –pensemos en Chejov o en Carver- lo que sugiere al buen lector aquello que no se revela en la literalidad o de manera explícita, ese espacio innombrable donde se refugia el arte.
De cualquier modo, el artista genuino seguirá creando, supongo, tal vez como una prolongación de su ser o de su modo de estar en el mundo. No cambiará su práctica, aunque sí cambiará la forma en que el entorno recibe lo que crea. La dimensión social del asunto. Pero él seguirá en lo suyo. Podrá buscar algún dato con ayuda del algoritmo, pero si es un buen heredero de Flaubert no permitirá que la máquina le ponga o le quite una sola coma al texto que está escribiendo.





