
La cortacables Florencia Carignano y el estado del peronismo
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A la diputada Florencia Carignano no habría que agradecerle los servicios como operadora electrónica voluntaria pero sí la franqueza. Su decisión de desconectar en plena sesión los cables del sistema de audio de la Cámara de Diputados al cabo no fue tan trascendente como los elocuentes argumentos que desgranó después al explicar lo que había hecho.
“Lo volvería a hacer para que no se trate esa ley de mierda” resumió en una entrevista radial, frase que al orgullo por la acción directa le añadió un adelanto de su opinión, al parecer negativa, sobre la reforma laboral. Carignano finge desconocer que los procedimientos para tratar o no tratar proyectos de ley son bien precisos, están estipulados desde 1853 y no incluyen ponerse a gritar “¡evacúen que se incendia el Congreso!”, tirar bombitas de mal olor, poner una pastilla de Gamexane debajo de una banca o desenchufar el sistema de audio. La violencia blanda y el boicot, tan arraigado en el peronismo por la “Resistencia” de los años sesenta, tampoco son permitidos institucionalmente en la democracia, cuyos métodos pacíficos sustentados en reglas prestablecidas lejos de ser ornamentales constituyen la esencia del sistema.
No es que por el hecho de que la violencia política sea muchísimo más grave la blanda deba ser consentida.
Existen, sí, tácticas parlamentarias legítimas destinadas a frenar un proyecto a nivel de comisiones, el cajoneo sin ir más lejos. Si al proyecto se lo demora demasiado hasta puede perder estado parlamentario, eso a veces sucede. Comenzada la sesión también es posible devolvérselo a las comisiones con el argumento de que tiene errores técnicos o requiere mayor estudio. El temario de una sesión, por lo demás, se resuelve siempre en la Comisión de Labor Parlamentaria, a la que asisten los presidentes de todos los bloques, incluido, desde luego, el que integra la diputada Carignano.
Pero en todo parlamento la llave maestra, la herramienta fundamental de legitimidad democrática, lo que impide que una minoría tome decisiones por la mayoría, es el quórum. No prestar quórum es la gran opción que tienen a su disposición quienes se oponen a un proyecto de ley importante, claro que para eso hace falta un número determinado de voluntades. El jueves pasado el oficialismo consiguió el quorum sin holgura pero también sin dificultad. Pocos minutos después del horario fijado para el inicio de sesión había 130 diputados en sus bancas. Si el sector político que impulsa cualquier ley consigue sentar a la mitad más uno (129) significa que obtuvo la certificación para que al asunto quede admitido en el recinto. “…Cuando los miembros presentes superen a los miembros ausentes”, dice el reglamento de la cámara.
Después viene el debate, al cabo del cual para que una ley resulte aprobada hay que tener los votos suficientes. La reforma laboral finalmente resultó aprobada en Diputados por 135 a 115.
De eso se trata el Congreso. De hacer leyes, pero antes, de dialogar y negociar. Debido a que el concepto de “negociar” se infectó por culpa de la mala praxis, la reputación de este verbo ya no es inmaculada. Nos lo acaba de refrescar el jefe de Gabinete Manuel Adorni. El lunes Adorni dijo que a la reforma laboral “hubo que dialogarla mucho”, estrafalaria pirueta lexicográfica destinada a no decir que hubo que negociarla mucho. Cosa, por otra parte, que todo el mundo ya sabía.
Como si ella encarnara a un grupo de choque del peronismo, para desconectar frenéticamente los cables de audio Carignano se desacopló del pelotón de su bloque que se había acercado al estrado del presidente de la cámara a reclamar porque el oficialismo quería acotar los tiempos del debate. El oficialismo, sin embargo, vio el asunto de otro modo: los kirchneristas querían alargar el debate lo más posible, pretendían que hablaran casi todos sus diputados para fatigar o para complicarle los tiempos al gobierno. ¿Dónde está la verdad?
Hay dos cosas ciertas. La primera es que las leyes exprés generalmente están mal terminadas y salen con sabor a imposición. Nada más a mano para probarlo que la propia reforma laboral todavía bajo cocción. Su vuelta al Senado se debe a que en la primera ronda el gobierno le injertó entre gallos y medianoche un artículo, el famoso artículo 44°, tan inapropiado y cruel con los trabajadores que hasta los propios libertarios se sobresaltaron con su letra. Muchos senadores lo votaron sin haberlo leído. El gobierno dijo que había sido un error y lo extirpó.
Sobre leyes de temas importantes apuradas en desmedro del estudio pormenorizado por el Ejecutivo el kirchnerismo podría darle clases a Milei. Fueron leyes exprés la estatización de las AFJP, la de Medios, la nulidad del Punto Final y la Obediencia Debida y, entre otras, la reforma al Consejo de la Magistratura de 2006. En 2015, antes de irse, Cristina Kirchner hizo aprobar en un brevísimo período cerca de 90 leyes.
Una segunda evidencia se refiere a la baja calidad del debate de la semana pasada. Corto o largo, tuvo más golpes de efecto, shows, chicanas y gritos que consistencia. Antiguamente frente a una sesión mediocre se decía que se hablaba para la tribuna; hoy se habla para las redes sociales: hay que juntar likes. Los émulos de Leandro Alem, Lisandro de la Torre, John William Cooke o Raúl Alfonsín brillan por su ausencia. Desde luego eso no es atribuible en exclusividad a la pobreza de este peronismo que atraviesa el trance de sus últimas derrotas y su líder presa amarrado a un fervoroso antimileísmo genérico, al slogan de que la ley no contiene un solo artículo a favor de los trabajadores y a la extemporánea propuesta de achicar la semana laboral, cosa que resolvería de un saque, sugieren, todos los problemas argentinos juntos. Tampoco los libertarios tienen oradores de los cuales uno se pueda acordar al día siguiente. Y los diputados del medio, que sí cuentan con algunas espadas de estilo clásico, flamean fragmentados entre los duros de un lado y los duros del otro.
Después de llamar descerebrados a los libertarios, Carignano alcanzó la cima de la franqueza cuando dijo que “la gente se escandaliza por estupideces y no se da cuenta de que le están robando la vida, porque lo que están haciendo es robar los momentos libres, la vida, la dignidad, el hecho de que tengas que hacer horas extra y no te las paguen. Entonces se escandalizan un poquito por un cable”. Su relativismo parece una remake del setentismo iluminado: somos la vanguardia excelsa que a diferencia de las masas enceguecidas nos damos cuenta de lo que está pasando, que es tan terrible, tan dramático que cualquier método de lucha que usemos sólo será una contravención de tránsito al lado de lo que le hacen al pueblo los poderes concentrados. Ya no rematan Perón o muerte. Dicen Cristina libre.
“¿Qué me vienen a hablar a mí de formas cuando el presidente de la cámara es el primero que las incumple?”, explicó después la diputada que durante el gobierno de los Fernández fue la responsable de Migraciones. Quienes hacían escraches usaban el mismo suavizante.
Pero si es por incumplir el reglamento habría que recordar que el artículo 10 estipula que para jurar los diputados tienen la opción de hacerlo por Dios, por la Patria, por la Constitución o combinando fórmulas de invocación, aunque en todos los casos el diputado sólo tiene que responder “sí, juro”. Decenas de flamantes miembros de la cámara, sin embargo, sobre todo del kirchnerismo y la izquierda, dieron aquel triste espectáculo el primer día de sus mandatos con juramentos propios del panfletarismo más ramplón, ceremonia impune que hoy le arrancaría una mueca de risueño escepticismo a quien propusiera para Carignano alguna sanción reglamentaria. El bloque libertario de todos modos no la quiere sancionar, dice que la quiere expulsar de la cámara, algo bastante improbable.
Sucede también que este oficialismo carece de autoridad para erigirse en custodio de la honorabilidad del Congreso, al cual Milei le dio la espalda el primer día de su gobierno y contra cuyos miembros disparó durante largas temporadas una retahíla de insultos procaces. Tampoco las diputadas libertarias que protagonizaron no una sino varias veces lo que Aníbal Fernández llamaría peleas de peluquería parecen en condiciones de estrenarse en el magisterio republicano.
Tal vez un indulgente enfoque psicologista encuadraría el arrebato cortacables de Carignano en la impotencia que siente el peronismo al ver que el modelo del movimiento obrero nacido en 1945 se puede desarticular para siempre con la reforma laboral mileísta. No porque la disruptiva reforma sea especialmente virtuosa -no lo es, entre otras cosas muchos especialistas creen que varias partes tropezarán en la Justicia- sino porque con sus aciertos y sus errores encuentra al peronismo en el peor momento: sin guion, sin líder, con modelos para la nostalgia demasiado antiguos, sin un nuevo puerto a la vista para ensayar otra reconversión ideológica y con dificultades para renovar el predicamento benefactor sobre una clase obrera fragmentada y precarizada.




