
Formar al hombre de paz
Por Antonio M. Battro
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"Formad al hombre de paz si queréis ver reinar la paz entre los hombres" decía Juan B. Alberdi en El crimen de la guerra (1868). Esta alentadora expresión se contrapone al temible consejo, repetido a través de los siglos: "si quieres la paz prepárate para la guerra". Hoy podemos invalidar este prejuicio tan arraigado con datos objetivos. En particular, las ciencias biológicas y las humanas coinciden en afirmar que la guerra nace en nuestras mentes, es una construcción social más que un imperativo natural, un comportamiento adquirido, nunca un instinto. En consecuencia, es factible, y deseable, preparar a las nuevas generaciones para la paz y la no violencia desde la propia escuela. En cada etapa del desarrollo moral del individuo se pueden proponer prácticas y ejercicios que derivarán en la progresiva consolidación de hábitos pacíficos en la persona y en la sociedad.
Abundan los estudios, publicaciones y congresos sobre el tema de la educación para la paz. Desde aquel famoso encuentro de Praga en 1928 sobre "la paz por la escuela" hasta el Manifiesto de Sevilla contra la violencia (Unesco, 1986) "preparar el terreno para la construcción de la paz", se han propuesto variados modelos pacíficos ligados a la educación. Aparentemente muchos han fracasado pues el mundo sigue padeciendo el horror de innumerables guerras a pesar del esfuerzo de tantos educadores. Pero no hemos perdido la esperanza de acabar con ellas. Debemos aprender a valorar grandemente la paz. Para ello debemos predicar con el ejemplo y crear escuelas justas. No hay paz sin justicia.
¿Qué puede hacer un educador? Debe explicar ante todo, que el hombre no tiene "instintos guerreros". No hay nada biológico que lo impulse a "destruir al enemigo". Su cerebro tampoco contiene "sustancias agresivas" que condicionen su comportamiento. Por el contrario, el comportamiento más universal de la especie humana es cuidar al semejante. De no haber sido así habríamos desaparecido como especie biológica. Las conductas solidarias son más frecuentes que las egoístas.
La prueba son los ejemplos exitosos de acercamiento entre poblaciones en conflicto promovidas por instituciones e individuos. Es, por consiguiente, en el plano ideológico y no en el biológico o sociológico, donde se incuban odios y guerras. No son el fruto de una herencia inexorable, son invenciones culturales, productos históricos, y como tales se pueden modificar con la educación.
Estas y otras observaciones sobre las conductas pacíficas son el resultado de los sustanciales progresos realizados en las "ciencias de la paz", que ya forman un cuerpo muy sólido de conocimientos. Sería conveniente difundir estas disciplinas en los diferentes niveles educativos. En algunas universidades de prestigio ya existen doctorados en ciencias de la paz ¿Por qué no imitarlas?
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