
Fracasos en ciencia y tecnología
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EL reciente alejamiento de Dante Caputo de la Secretaría para la Tecnología, la Ciencia y la Innovación Productiva (Setcip) no es más que el reflejo de un problema que arrastra la Argentina desde hace mucho tiempo: la provisionalidad de las políticas puestas en marcha en esta área.
La discontinuidad de los objetivos en materia de ciencia y tecnología y la constante alteración de las reglas que ordenan sus actividades han caracterizado a las últimas décadas y, por lo visto, no han podido ser resueltas en el último año, a la luz de los conflictos que el titular de la mencionada secretaría mantuvo con buena parte de la comunidad científica.
Las dificultades que viven los hombres de ciencia son vastamente conocidas. Faltan alicientes, recursos económicos y equipamiento adecuado para que los mejores de ellos no se vean tentados a emigrar del país en busca de mejores oportunidades, como lo ha hecho un gran número de científicos y lo tiene en mente una enorme porción de jóvenes universitarios.
Con la salvedad de que las instituciones de la Constitución están funcionando, las condiciones que hace años impulsaron el triste fenómeno que se denominó fuga de cerebros siguen imperando actualmente. Si hoy parece utópico pensar que puedan volver quienes en el pasado se radicaron en el extranjero para desplegar su talento, más lamentable resulta la virtual imposibilidad de estimular a muchos potenciales científicos jóvenes para que no dejen la Argentina en lo inmediato.
En las circunstancias socioeconómicas actuales se torna cada vez más dificultoso remontar las consecuencias de tantos años de desinversiones y de desinterés en la ciencia.
La escasez o virtual carencia de estructuras industriales que demanden investigaciones autónomas, las restricciones de las universidades nacionales para encarar esta clase de estudios y la estrechez presupuestaria para los subsidios estatales dan cuenta de lo difícil que resultaría modificar esa situación en el corto plazo.
No puede, sin embargo, la Argentina resignarse frente a las penurias de estas horas. Las autoridades nacionales deben elaborar una estrategia de largo plazo con la cooperación de la comunidad científica y del sector privado.
La experiencia acumulada durante el período en que Caputo estuvo al frente de la Setcip parece demostrar que el ex canciller no exhibió las condiciones suficientes para cumplir ese papel.
El secretario de Tecnología saliente planteó la opción de destinar prioritariamente los pocos recursos financieros existentes al crecimiento de una sociedad de información, con un fuerte aliento de la Internet, en desmedro de la expansión de una sociedad de producción de conocimientos, lo cual provocó resistencia en la comunidad científica. Al mismo tiempo, y al margen de los ajustes que soporta toda la sociedad, se ganó la antipatía de muchos al propiciar exigencias de dedicación "full time" en no pocos casos desmesuradas. Efectivamente, no parece prudente impedirles el dictado de clases en universidades o el desarrollo de otras tareas académicas a científicos del Conicet con sueldos que apenas cubren el costo de una canasta familiar.
Pero no puede dejar de puntualizarse que también a los integrantes de la comunidad científica agrupada en el Conicet se les impone una autocrítica, a partir de la cual se muestren predispuestos a encarar una reforma estructural que tenga presentes criterios de eficiencia, sin por ello olvidar que la investigación científica no debe ser valorada exclusivamente cuando el conocimiento que genera se traslada al campo de la economía.





