
Francia, socialista
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DE acuerdo con lo que adelantaban pronósticos y encuestas, el socialismo -como cabeza de una coalición izquierdista en que los socios menores son el comunismo y el ecologismo- ha obtenido el mandato ciudadano para gobernar a Francia. Los resultados electorales ponen fin a dos años de imprecisa gestión conservadora, en cuyo transcurso el presidente Jacques Chirac no consiguió dotar a su país de una estructura económica más competitiva, ni pudo calmar el creciente malestar social provocado por el desempleo y por el paulatino desarme -iniciado por su antecesor, el socialista François Mitterand- del Estado benefactor.
Lionel Jospin, encargado de formar gabinete, es un líder prestigioso al que se atribuye no sólo rectitud intelectual sino también coherencia y claridad en el manejo político; hombre que pasa por contenido y moderado, tendrá -con las limitaciones propias de los compromisos que le permitieron triunfar en las urnas- que lidiar con problemas como la resistencia generalizada a las medidas de austeridad que propiciaba la administración del primer ministro Alain Juppé, las indefiniciones acerca de las privatizaciones que insinuaron y no pudieron concretar los conservadores, y las complejidades de la inserción francesa en la nueva etapa de la Unión Europea consolidada a través de una moneda común. Si bien su ascendiente personal y el amplio respaldo ciudadano facilitarán su tarea -de ella dependen las perspectivas inmediatas de Francia y la evolución de la integración europea-, es inevitable reparar en que diversas dificultades amenazan su gestión.
Es notorio, en efecto, que tanto bajo el gobierno semisocialista de Mitterrand como bajo el bienio conservador en que la figura dominante fue Chirac, Francia no ha atinado con medidas que proporcionaran a su aparato productivo y de gestión gubernamental la eficacia requerida por el exigente mundo actual. Una alta tasa de desocupación y multitud de empresas estatales cuyo futuro no termina de definirse son el palpable efecto de las perplejidades de una sociedad que, pese a sus riquísmas tradiciones culturales y políticas, no ha encontrado un adecuado punto de equilibrio entre la necesaria solidaridad social y la imperiosa competividad económica.
Orgullosa de sus libertades, de la amplitud de su sistema previsional y de sus regímenes laborales, mercantiles y financieros, Francia aparece, sin embargo, como esclerosada en términos de iniciativas no sólo empresariales sino también políticas. Esto se vuelve especialmente riesgoso cuando despuntan en su seno no pocos signos de descontento y hasta una cierta voluntad aislacionista que se refleja, entre otras cosas, en el sensible crecimiento de la extrema derecha, hasta convertirse en verdadero árbitro electoral, así como en manifestaciones de xenofobia y el rechazo de la globalización, generalmente revestida de formas anglosajonas.
Complica el panorama el hecho de que el socialismo triunfante no ha pasado -como le sucedió al laborismo británico- un largo período alejado del poder, en el que podía haber repensado sus esquemas y objetivos; la tradición de gobierno está aún muy cercana en el partido -que, por ende, tiene su propia cuota de responsabilidad en la situación actual-, y eso, desde luego, limita la capacidad de maniobra de Jospin.
En estas circunstancias, los condicionamientos de la realidad conllevan, para el gobierno socialista, el riesgo de convertirse, en una perniciosa etapa inmovilista, en involuntario guardian de un orden jaqueado por grandes dificultades.




