Frank Vogl. "Las personas más pobres son las que más sufren los estragos de la corrupción"

Cofundador de Transparencia Internacional, cree que sólo el reclamo de la sociedad civil puede hacer que la corrupción, hoy más visible, deje de restar dignidad a los más desfavorecidos
Hugo Alconada Mon
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21 de septiembre de 2014  

Crédito: Victoria Gesualdi/AFV

No hay necesidad de insistirle a Frank Vogl para que, como dicen los gringos, "nombre los nombres". Explicita su posición sin vueltas. Y no sólo sobre el azote de la corrupción. También sobre instituciones y sociedad civil: "La pregunta es si la Argentina quiere terminar como Venezuela -dice-. Quiero decir, ¿es ésa la referencia?"

Cofundador de Transparencia Internacional (TI) en 1993, desde entonces Vogl lidia con regímenes opresores, funcionarios corruptos, organismos internacionales pasivos y, a menudo, comunidades que prefieren mirar para otro lado. Acaso por eso mismo, su retórica sobre la corrupción como antítesis de la dignidad humana resulta un despertador para tantos.

Él prefiere una metáfora: "Gracias a la sociedad civil, a Internet y a la globalización, hay un tren saliendo de la estación que reclama más transparencia y mejor rendición de cuentas. ¿Van a subirse a ese tren o van a verlo pasar? Porque, eso sí, no pueden parar el tren". Por eso, insiste, "si la Argentina sólo quiere ver pasar el tren, entonces los estándares de vida en este país van a bajar. Tendrán cada vez menos socios en el mundo. Habrá menos y menos empresas invirtiendo. No por razones localistas, sino porque son marcas globalizadas. Y, le puedo asegurar, el tren se está moviendo y hay una oportunidad".

En el caso de Vogl, él puede decir que gestó su propia locomotora. Nacido en Londres y radicado en Washington DC con poco más de 30 años, afrontaba un camino promisorio en el periodismo. Era el corresponsal para temas económicos del Times londinense y ya había publicado lo suyo en The New York Times, The Washington Post y la revista Newsday, entre otros medios, pero un buen día de 1981 renunció.

"Porque Rupert Murdoch compró el periódico", es su explicación, corta y contundente, café de por medio en Buenos Aires, adonde vino para participar en varias conferencias y reuniones, en universidades y con ejecutivos, antes de seguir, cual evangelista, a su próximo destino.

Tras decirle adiós al Times, Vogl ingresó en el Banco Mundial, como su "director de Informaciones" y máximo vocero, donde pasó nueve años. "Demasiada burocracia", resume. Pero ambas experiencias lo marcaron. Como periodista, presenció en primera fila el caso Watergate. Y como funcionario de un organismo internacional, verificó todo lo que se podía hacer (pero no siempre se hace) para mejorar la vida de millones alrededor del mundo. Y algo más: el Banco Mundial le aportó docenas de contactos, entre colegas periodistas y funcionarios.

Su encuentro con uno de ellos, Peter Eigen, resultó decisivo. Fue en Kenia, en 1990. "Peter estaba allí por el Banco y me empezó a contar de sus preocupaciones sobre la corrupción y cómo desde el Banco y los gobiernos involucrados no se hacía nada al respecto." Pero ellos sí. Al cabo de tres años Transparencia Internacional daba sus primeros pasos con rapidez, porque llenó un vacío, y creció hasta convertirse en referencia obligada en la lucha contra la corrupción.

Lo cual no implica que la corrupción haya retrocedido. "La gente suele preguntarme si hay más corrupción hoy que 20 años atrás. No tengo idea y nadie puede mensurar los delitos del narcotráfico. Si eso fuera posible, sería porque tendríamos todos los datos precisos. Y, de ser así, ¡ya estarían todos presos!", aclara de entrada. "Lo que sí tengo claro es que hoy hay más atención, estudios académicos, convenciones internacionales e investigaciones criminales sobre corrupción que 20 años atrás. Si combinás todo eso, es válido sostener entonces que el flagelo de la corrupción tiene hoy una posición más preponderante en el debate público de lo que jamás ha tenido. Y eso se potencia por la globalización. Una pequeña noticia, incluso un rumor en la Argentina sobre un banco estadounidense puede causarle, en minutos, un enorme daño a ese banco alrededor del mundo.

-¿Pero acaso la metodología de la corrupción no es hoy más compleja que décadas atrás, cuando se apelaba a maletines repletos de dólares en vez de involucrar transferencias electrónicas secretas entre paraísos fiscales?

-Eso es cierto sobre el lavado de dinero, que hoy es mucho más sofisticado. Pero la matriz de la corrupción sigue siendo la misma: empresas arrogantes que ganan contratos gubernamentales buscando formas de entregar dinero negro a los funcionarios que definen esos contratos. Por eso, ayer y hoy, el principal foco de corrupción siguen siendo los contratos de los gobiernos más locales, sean de construcción, de servicios como la basura u otros. ¡Y ni hablar de los contratos militares! Los gobiernos suelen ocultar todo ese manejo de dinero bajo la cortina de la "seguridad nacional" y dejan cientos de billones de dólares dentro de una cajita negra.

-¿Siempre ha sido así?

-Oh, sí. Y tendrás que hacer un enorme esfuerzo para convencerme de que los gobiernos de China, Rusia, Francia, Gran Bretaña, entre otros países poderosos, ignoran los actos de corrupción cuando se trata de controlar los recursos naturales disponibles en África, por ejemplo, cuando esa operación va en línea con sus intereses nacionales o su seguridad nacional. En esos casos, no les preocupa demasiado cómo se ganan esos contratos.

-Y en cuanto al corrupto y el corruptor, ¿hay algunas características que aparecen una y otra vez cuando se los detecta?

-Voy más allá de las personas en sí. Los vínculos entre negocios y política siempre comienzan a enturbiarse cuando de por medio hay que financiar una campaña electoral. Porque a cambio siempre exigirán algo, como ahora vemos con claridad en Estados Unidos.

-¿Está a favor de la financiación pública de las campañas?

-Estoy a favor, como mínimo, de la transparencia absoluta y total de la financiación electoral y de la fijación estatal de los límites al dinero que empresas e individuos pueden aportar en las campañas. Es decir, todo lo contrario de lo que está ocurriendo en Estados Unidos tras un fallo de la Corte Suprema y donde dependemos de lo que pueda revelar la prensa.

-¿Considera que hay algún país o, incluso, alguna cultura con tendencias más corruptas que otra?

-Le daré una respuesta muy inusual a su pregunta. Cuando sos la única superpotencia del mundo, tenés que ser muy astuto para lidiar con países que considerás de importancia geoestratégica vital, pero que son gobernados por cleptocracias. Y a eso se suma que la información circula hoy mucho más que décadas o años atrás. Sólo durante el último año, por ejemplo, se publicaron varios libros sobre cómo Pakistán ha operado en contra de Estados Unidos en Afganistán. Y aún así Estados Unidos entregó más de US$ 25.000 millones en ayuda a Pakistán durante los últimos años sin que se sepa cuál fue el destino final de todo ese dinero. Estados Unidos también aportó US$ 100.000 millones en Afganistán y sabemos que mucho de ese dinero se fue a pasear? Entonces, antes de meternos con las "culturas" más o menos corruptas, es preferible hablar de la interacción entre "cleptocracia" y "democracia" y cómo lidiamos con eso en un mundo desordenado. Porque cuando hablamos de estos montos, o que la industria armamentística mueve cientos de miles de millones de dólares cada año, ¡el "goteo" es en realidad enorme! Pero no hay que ver ese dinero cómo lo que embolsa tal o cual corrupto, sino por su impacto real.

-Dados precisamente esos montos gigantescos, ¿cree posible que algún día desaparezcan los paraísos fiscales como Suiza, islas Caimán, Seychelles, Curazao o hasta Delaware en Estados Unidos?

-No por completo, no. Pero sí creo que estamos ante una oportunidad única este año, cuando se reúna el G-20 en noviembre, en Australia. Entre otros motivos, porque los países del G-7 afrontan serios déficits fiscales y necesitan recaudar más, por lo que ven con interés avanzar sobre estos paraísos, aunque más no sea para reducir la evasión fiscal que los perjudica. Y eso, sin mencionar el creciente reclamo social para que las grandes compañías paguen impuestos equitativos.

-Ahí surge la relevancia de los ciudadanos.

-¡Absolutamente! Sin el reclamo social, nada es posible. Porque la comunidad financiera no tiene interés alguno en cambiar los ejes del debate. Tiene que haber un movimiento de abajo hacia arriba para que el status quo cambie. Le doy un ejemplo: Burger King compró hace poco una pequeña firma canadiense y anunció que migraría su sede central a Canadá, por lo que pagaría menos impuestos. El reclamo social fue tan grande que, en su última aparición pública, Barack Obama debió afrontar preguntas de la prensa sobre Irak, Afganistán, Irán y? ¡Burger King! ¡Eso es! ¡Se convirtió en un tema relevante porque el público así lo quiso! Por eso, consideramos que el día del fin de la impunidad ha llegado. Y por eso brega Transparencia Internacional, para terminar con la impunidad de las grandes corporaciones y gobiernos.

-Basado en su experiencia, ¿hay algunas técnicas para movilizar más y mejor a la opinión pública en este tipo de asuntos?

-Ése es el desafío más grande. ¿Cómo lidiar con la complacencia ciudadana? Vos podés publicar muchas investigaciones sobre corrupción en La Nación, y tus lectores pueden decir "esto es fascinante" o "esto es terrible", ¡pero luego no hacen nada! Y eso lleva a los políticos y empresarios a pensar "bueno, esto es lo normal". Por eso creo que las diferentes circunstancias de cada país deben generar respuestas diferentes. Por supuesto que nosotros, desde la sociedad civil, podemos recurrir a todas las herramientas con que ahora contamos para organizar y estimular a los ciudadanos. Pero la clave pasa por otro lado: cuando se llega al punto de inflexión, la gente dice basta. Y mi impresión es que esos momentos decisivos ocurren cada vez más rápido, porque la gente está mejor informada hoy que nunca antes. ¡Si hasta la elección este año en Afganistán no fue sobre los talibanes o la presencia de tropas estadounidenses! ¡Fue sobre corrupción! ¿Por qué? Porque aún en villas perdidas en el interior afgano, la gente ve que vive en condiciones horribles mientras que sus dirigentes son dueños de departamentos de lujo en Dubai. Y no lo perdonan. Por eso, la información es clave.

-Con derivaciones insólitas. Gracias a la globalización, hoy es más fácil obtener información oficial sobre sociedades constituidas en Panamá o en Suiza que en la Argentina.

-La pregunta es si la Argentina quiere terminar como Venezuela. Quiero decir, ¿es ésa la referencia?

-Si usted sigue en esto, tras todos estos años, es un optimista.

-No es cuestión de ser o no optimista. Seguro, sí, lo soy. Pero pasa por otro lado. Tengo amigos que trabajan en lugares peligrosos como Venezuela, Zimbabwe, Rusia, Sri Lanka? ¿Por qué lo hacen, cuando son personas muy inteligentes y con otras opciones? Lo hacen por un sentido de deber, por un sentido patriótico, porque sienten que ellos tuvieron una oportunidad y quieren lo mismo para sus hijos y para el resto. Porque sienten que algo está mal y debe ser corregido. Por eso no es una cuestión de optimismo. Es una cuestión de una sociedad civil creciente.

-¿Cree que con eso alcanza para generar resultados?

-Nadie sabe nunca cómo termina el juego. Es una cuestión de generar las oportunidades para que la sociedad se involucre, se movilice, reclame cambios. La pregunta es: ¿cómo convertimos el rechazo a la corrupción en algo positivo? Y cuando se trata de las empresas, el planteo es: gracias a la sociedad civil, a Internet y a la globalización, hay un tren saliendo de la estación que reclama más transparencia y mejor rendición de cuentas. ¿Van a subirse a ese tren o van a verlo pasar? Porque, eso sí, no pueden parar el tren. Por eso, si la Argentina sólo quiere ver pasar el tren, entonces los estándares de vida en este país van a bajar. Tendrán cada vez menos socios en el mundo. Habrá menos y menos empresas invirtiendo. No por razones localistas, sino porque son marcas globalizadas. Y le puedo asegurar, el tren se está moviendo y hay una oportunidad.

-En uno de sus textos, usted expone los efectos de la corrupción en distintos rubros: derechos humanos, seguridad, pobreza, educación. ¿Cuál es la consecuencia nuclear de la corrupción?

-La indignidad humana. Creo con pasión que cualquiera debería estar en condiciones de progresar de manera honesta a lo largo de su vida. Es indigno que un argentino tenga que sobornar a alguien para conseguir un teléfono de última generación, por ejemplo, que puede comprarse sin problemas en el extranjero. Pero es muchísimo más indigno lo que afronta una persona en una pequeña villa, que cada día tiene que pagar una coima al policía o funcionario de turno, para que lo dejen vender algo en la calle. Y no olvide: la "primavera árabe" comenzó con el muchacho que se prendió fuego en Túnez porque era humillado cada día. Todo lo que quería era poder trabajar y todos los días la policía le decía que no lo dejaría, salvo que le pagara una coima. Su muerte generó la indignación que generó todo lo que generó. La gente es siempre víctima de la corrupción. Y por lo general son personas fuera de la luz pública. Porque las personas más pobres son las que más sufren los estragos de la corrupción. Son escuelas que no abren, hospitales que no existen, pésimas redes cloacales y malas oportunidades laborales. Todo eso porque se roba tanto dinero público, impidiéndoles vivir una vida digna. Es un derecho humano básico.

Un futuro posible

¿En qué espejos debería mirarse la Argentina para avanzar?

¿Cuán distante está Buenos Aires de la frontera con Chile? ¿Para qué buscar otro ejemplo útil para la Argentina al otro lado del mundo? Chile, hoy, comparado con lo que fue hasta hace unos años en términos de apertura, transparencia y gobernabilidad, es un ejemplo positivo. Uruguay es otro ejemplo interesante. ¿Por qué logró avanzar mientras que la Argentina continúa atrapada en su pasado? Porque buscó ganarse la confianza internacional. Y el nombre del juego es ser parte del sistema globalizado. O mire México, que es como dos países en uno. El del narcotráfico y el otro, que impulsa reformas para reducir su corrupción, atraer inversores, diversificar su sistema energético. Tampoco es que todo sea una maravilla. Porque una de las tragedias en esto es que se puede avanzar y luego retroceder. Teníamos expectativas enormes en Kenia, pero no fue así. El presidente de ese país convocó a uno de nuestros directivos como ministro. Meses después, el ministro viajó a Londres, renunció a su cargo y debió esconderse por razones de seguridad porque encontró que hasta el presidente estaba involucrado en la corrupción local. Todo depende de los argentinos.

Mano a mano

Bajo el signo del Watergate

Simpático y locuaz, Frank Vogl exprime al máximo la experiencia que acumuló durante los últimos 40 años. Tanto como periodista y director de comunicaciones de un organismo multilateral del tamaño e importancia del Banco Mundial como en Transparencia Internacional (TI) y como consultor en el mundillo financiero. Mecha conocimientos abstractos con ejemplos bien concretos -mujeres en India, manifestaciones en Egipto, aprietes en Bangladesh, entre otros-, junto con un continuo abrir juego a quienes lo rodean. Así, durante la entrevista con la nacion, varias veces Vogl le pidió opinión a la ex presidenta de Poder Ciudadano Delia Ferreira Rubio, en la actualidad miembro del directorio internacional de TI y su referente en la Argentina, y dejó claro cuánto lo marcó el escándalo Watergate para el resto de su vida. "Me causó una impresión muy profunda. ¿Por qué? Porque implicó reafirmar los verdaderos valores democráticos de un país como Estados Unidos en un momento decisivo y frente a quien tantos veían como un estadista que había tendido un puente de diálogo con China y terminado la guerra de Vietnam. Significó respetar la separación de poderes y reafirmar la independencia de los jueces."

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