
Frondizi y Alfonsín
Por Julio César Moreno Para LA NACION
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El actual es un año propicio para las evocaciones, sobre todo en este cálido y tedioso enero, en el que las grandes ciudades parecen casi vacías.
Hace un cuarto de siglo, en aquel verano de 1983, el país había entrado impetuosamente en la transición a la democracia. La derrota de Malvinas y la dictadura militar habían quedado atrás, y ya se abría paso un candidato presidencial –que recitaba el preámbulo de la Constitución con una retórica inimitable– y que en octubre habría de ser votado por la mayoría de la ciudadanía: Raúl Alfonsín.
Y hace medio siglo, en enero de 1958, otro candidato a presidente, que venció en las elecciones del 23 de febrero de ese año, recorría todas las plazas de la República con una oratoria seca, dura y también inigualable: Arturo Frondizi. Ambas campañas electorales fueron formidables, y no sólo por las multitudes que se movilizaron sino también por el clima de esperanza y entusiasmo que las acompañaron.
¿Fueron dos oportunidades perdidas? En todo caso, fueron dos experiencias distintas. Con Frondizi se perdió, en efecto, una gran oportunidad histórica. Era un político excepcional, que desde el primer día de su mandato fue cercado por una oposición militar y política que no le dio tregua. Su caída, en marzo de 1962, significó para el país una gran frustración y un enorme paso atrás. Pero aquel modelo de “integración y desarrollo” que empezó a poner en ejecución dejó su simiente y fue tomado como fuente de inspiración por gobiernos que le sucedieron.
Alfonsín, en cambio, completó su período presidencial (1983-1989), aunque debió adelantar en cinco meses la entrega del mando a su sucesor, Carlos Menem, en medio de una grave crisis inflacionaria y fuertes tensiones sociales (huelgas, saqueos, desabastecimiento).
La de Alfonsín, en cierto sentido, fue otra oportunidad perdida. El también fue cercado, no tanto por los militares –la mayoría legalistas, aunque los carapintadas hicieron lo suyo– sino por un poderoso establishment económico, que se preparaba para aplicar las recetas del Consenso de Washington. Lo hicieron meses después, con Menem presidente y el apoyo de la familia Alsogaray y afines. Si la hiperinflación de 1989 fue un “golpe de Estado económico” dado por las grandes corporaciones o sólo “un golpe de mercado”, como lo prefiere Alfonsín, es un tema que queda en el terreno de las hipótesis.
Pero lo cierto es que la democracia restaurada en 1983 lleva un cuarto de siglo de vida, lo que es mucho en este país, si se tiene en cuenta que es el ciclo más largo de vida democrática y constitucional desde el golpe cívico-militar de 1930. Y si un mérito hay que reconocerle a Alfonsín es el de haber sido el arquitecto de la transición a la democracia, que dejó saldos como el juicio a las juntas militares –único en el mundo–, el plan Austral, el 7 por ciento de desempleo y una idea de crecimiento con equidad, de modernización y progreso que hoy forma parte del patrimonio político argentino.
Frondizi y Alfonsín: dos políticos, dos presidentes, que a 50 y 25 años de distancia despiertan las añoranzas de aquellos momentos épicos de la moderna historia nacional.





