
Fuego en el polvorín de los Balcanes
Para los albaneses, que son mayoría en la provincia serbia, los guerrilleros representan la esperanza final en un Estado independiente, en medio de la sensación de que la comunidad internacional los traicionó al ignorar su movimiento de resistencia cuando era pacífico. Si la violencia funcionó en Croacia y en Bosnia, dicen, también funcionará en su tierra.
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DE todos los polvorines de los Balcanes, Kosovo quizá sea el peor. Es el lugar en el que una revuelta armada por parte de la mayoría de origen albanés en contra de sus dominadores serbios fácilmente podría atraer a las minorías albanesas en los países vecinos de Macedonia y Montenegro. Incluso podría provocar la intervención de la misma Albania, y después Turquía y Grecia.
Eso produciría una verdadera pesadilla: un conflicto internacional en el que se enfrentarían en gran escala los cristianos ortodoxos y los musulmanes de la región.
Tales pesadillas han sido parte de las concepciones del mundo acerca de los Balcanes desde hace un decenio. En efecto, cuando hace tres años se enviaron fuerzas de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte, los políticos pensaron que estaban evitando la escalada del conflicto.
Pero ahora parece que van a tener que volver a considerar a Kosovo, diminuta provincia de Serbia en la que el 90 por ciento de la gente es de origen albanés, donde está surgiendo una revuelta armada y donde el gobierno serbio ha prometido que mantendrá el control, sin importarle lo que el mundo piense de sus métodos.
Podría parecer que Kosovo es la repetición del caso de Bosnia, pero eso es falso, tanto porque aquí sería mucho más difícil impedir la escalada de violencia como por el hecho de que el caso de Kosovo se produjo primero.
El guión de una guerra que irradiara desde Serbia, de hecho, no se escribió para Bosnia sino para Kosovo, a fines del decenio de 1980. Fue allí donde el dictador serbio Slobodan Milosevic puso a Yugoslavia en el camino de la desintegración, apelando a la inseguridad de la pequeña pero poderosa minoría serbia de Kosovo, que le adjudica importancia mística a la región, sitio de una batalla medieval perdida ante los turcos.
Lo que siguió constituye toda una lección acerca de la forma tan intrincada en que el miedo, la desconfianza y las intrigas pueden combinarse para derrotar los mejores instintos de la gente que preferiría recurrir a métodos políticos y no violentos en los Balcanes.
Los extranjeros quizá hayan pensado que la región se calmaría si se hacía participar a Milosevic como socio en los acuerdos que pacificaron a Bosnia. Pero la gente de Kosovo ve las cosas en forma diferente: para ellos, observar el caso de Bosnia sólo confirmó sus peores miedos acerca de la fuerza serbia y del desinterés de los occidentales, y ésta es una razón importante por la que su tierra ahora parece descender hacia la guerra declarada.
Cuando Yugoslavia era una federación socialista, Kosovo tenía el estatuto de provincia autónoma dentro de la república de Serbia. Pero en 1989, Milosevic decidió que su camino al poder sería apelar a la xenofobia serbia ante grupos como los albaneses de Kosovo, y revocó la autonomía de la provincia. Esto fue lo que hizo sonar las primeras voces de alarma.
Sin embargo, la respuesta dentro de Kosovo superó las peores predicciones. En los siguientes tres años, el resto de Yugoslavia se disolvió en medio de un baño de sangre, mientras en Kosovo prevalecía una notable civilidad entre los dirigentes albaneses. También querían la independencia, pero sabían el terrible precio que habría que pagar por ceder a la tentación de una revuelta violenta.
De este modo, enviaron a sus activistas a Noruega, a participar en seminarios sobre la no violencia. Se retiraron de todas las instituciones estatales serbias, y formaron su propio gabinete en la sombra, su sistema escolar y sus servicios de asistencia médica. Los impuestos se cobraban debidamente, incluso entre los cientos de miles de albaneses que vivían en el extranjero, para manejar la administración. Y había muy poca violencia.
Pero, como constatan ahora los albaneses de Kosovo, la falta de dramatismo en su tierra hizo que Occidente creyera que siempre habría un día más para arreglar las cosas, y alimentó la inocente esperanza de que podría reformarse el brutal régimen de Milosevic en Serbia.
Resulta paradójico que los acuerdos de Dayton (1995), que permitieron la inestable paz de Bosnia, hayan sido el hecho que desencadenó la insurrección armada en Kosovo. Los dirigentes de la capital, Pristina, vieron con incredulidad que en Dayton no se planteó el destino de Kosovo, mientras que otros grupos yugoslavos, que se habían levantado en armas, lograban el reconocimiento e incluso la independencia.
Fue especialmente perturbador que la llamada República Serbia de Bosnia, que había supervisado la expulsión y el asesinato de decenas de miles de musulmanes, prácticamente fuera legitimizada en Dayton, mientras que Kosovo fue ignorada por completo.
"Fue una lección terrible, terrible -señala un ministro del gobierno en la sombra, que pidió no ser identificado-. Aprendimos que la violencia sí funciona. Es la única manera en esta parte del mundo de lograr lo que uno quiere y de llamar la atención de la comunidad internacional".
Entretanto, en los años en que se permitió que la disputa en Kosovo se prolongara sin que recibiera atención del exterior, se profundizaron las animosidades y divisiones entre los albaneses, en su mayoría musulmanes, y los serbios, que son cristianos ortodoxos. Hoy en día, a los estudiantes se les entregan diplomas de la República de Kosovo; los serbios sólo son policías y soldados. La policía patrulla Pristina armada con rifles automáticos de asalto. Una privilegiada minoría serbia, de menos de 100.000 personas, tiene la autoridad bajo su control y maneja las compañías del Estado, mientras que una empobrecida población de dos millones de albaneses sufre una tasa de desempleo de 85 por ciento.
Cualquier ilusión que quedaba de que Belgrado pudiera establecer el diálogo con los albaneses o restablecer la autonomía de la provincia fue hecha añicos la semana pasada, cuando policía y unidades paramilitares respondieron al surgimiento de un grupo guerrillero en Kosovo con una matanza que cobró veintenas de vidas. Milosevic ha ordenado a sus fuerzas que realicen una campaña del todo por el todo para someter a los rebeldes, pese a las advertencias de la comunidad internacional de que es necesario el diálogo.
Pero esas advertencias, al menos para Washington, significan un problema que recuerda la ambivalencia inicial de los Estados Unidos para comprometerse profundamente en Bosnia. Por mucho que el gobierno de Clinton quiera ver que los problemas de Kosovo se solucionan por la vía pacífica, también ha expresado que Kosovo debe seguir siendo parte de Serbia (si bien con autonomía), para no sentar un precedente de más divisiones en los Balcanes.
Así, aunque Milosevic se enfrenta a una nueva ronda de sanciones, quizá se sienta seguro en sus cálculos de que es muy poco lo que Washington parece estar dispuesto a hacer. Ciertamente, sería difícil que los albaneses se enfrentaran a las unidades especiales de policía, bien entrenadas por el Ministerio del Interior y que nunca se han arredrado ante las matanzas masivas.
Pero no es así como ven las cosas los albaneses. Para ellos, los guerrilleros representan su esperanza final de un Estado independiente, en medio de la amarga sensación de que el mundo exterior los traicionó al ignorar su movimiento de resistencia cuando era no violento. Y existe la infantil creencia de que, ya que en Croacia y Bosnia la violencia produjo resultados, también en Kosovo podrá producirlos.
Por Chris Hedges
(c)
La Nacion




