
Fulgores y ausencia de una madre

No estuve ahí cuando mi hijo menor terminó el jardín de infantes. Era diciembre de 2004 y, pese a que sabía lo que eso significaba, dije sí cuando el diario en el que trabajaba entonces me ofreció viajar a Kiev para cubrir la "Revolución Naranja". Dije sí con fervor profesional y con culpa, con tanta culpa que cuando unos cuantos años después mi hijo estaba a punto de egresar de una escuela de arte y yo estaba cubriendo unas elecciones en Chile, para no faltarle una vez más en un momento importante de su vida me tomé un avión y me vine a Buenos Aires por menos de 24 horas. Me motorizaba la culpa, sí, pero también la necesidad de ofrecerle una prueba contundente de mi amor. Procuraba hacerlo sentirse amado y acompañado y, sobre todo, necesitaba que no se sintiera diferente del resto de sus compañeros en un día en el que él era un protagonista. Recordé estas contradicciones vitales y esta parte de mi vida leyendo Aparecida, de Marta Dillon, el conmovedor libro en el que la periodista y militante feminista cuenta cómo fue recuperar los restos de su madre, asesinada durante la última dictadura. En su libro, Dillon describe también cómo fue vivir -ella tenía 10 años cuando la secuestraron- con una madre cuya ambición era un desborde: cambiar el mundo, vivirlo todo; una mujer hermosa y potente a quien la pasión y el vértigo llevaron a dejar la vida misma en el camino.

Una aguja clavada en el pecho: eso se siente mientras se lee este caleidoscopio de imágenes fuera de foco, sentimientos, documentos y diálogos que enhebran la historia de una muerte, la de Marta Taboada, militante peronista, maestra, abogada y madre de cuatro hijos pequeños, y también la de quienes debieron acostumbrarse a su ausencia forzada. Aparecida es la historia de una búsqueda desesperada y de un reencuentro, más de tres décadas después: el de los hijos y los nietos con una calavera y algunos huesos de quien fuera su madre y su abuela. Taboada tenía 34 años en febrero de 1977 cuando la ejecutaron simulando un enfrentamiento en una esquina de Ciudadela, junto con otras dos mujeres y dos hombres. La había secuestrado una patrulla del Ejército en octubre del 76 en su casa de Moreno, una casa a la que había llegado con sus hijos -su marido ya la había abandonado y se había ido a vivir con otra mujer- luego de huir del departamento familiar de Flores, que ya estaba marcado por los servicios. En esa semiclandestinidad vivieron los chicos, pequeños soldaditos acostumbrados a salir rápido y con lo puesto, a viajar hora y media para llegar a la escuela en un intento de mostrar normalidad; a convivir con compañeros de su madre en fuga, a ir con ella a citas clandestinas y de riesgo, a imaginar cómo sería un mundo nuevo cuando llegara eso que emocionaba a los amigos de mamá, eso que cantaban fervorosos y por lo que debían vivir a escondidas, eso que llamaban revolución.

"La maternidad es una demencia si una no conserva algo de egoísmo", escribe Dillon. Habla de su propia maternidad, durante una escena con su hija mayor. Ese egoísmo puede ser la necesidad que muchas compartimos de tenerlo todo y que siempre significará que falta algo. Puede tomar la forma de una pasión por crear, por militar, pero puede también ser pasión amorosa; es un impulso por cortar, algo así como la preservación de una identidad, singularidad que busca sobrevivir a la entrega absoluta a los hijos, el amor mayor. En esta idea se inscribe un fragmento iluminador, lo que la autora llama "un acto de arrojo" de su madre. Es una escena en la que Marta hija llora sin consuelo porque se acerca la presentación del coro en el colegio de monjas y ella no tiene el uniforme de verano: en la urgencia por salir lo había dejado en Flores. Su madre la calma, le seca las lágrimas y le dice que ya van a encontrar la solución. Días después, hecha un bollo en la parte de atrás del auto, está la pollera. Acompañada por una amiga y luego de un modesto operativo de inteligencia, Marta madre había logrado entrar y salir del departamento para recuperar la falda y fingir que todo seguía estando en su lugar.
Sin ella y sin saber de ella, para esa hija la vida fue montaña rusa y eterno desconsuelo de una herida abierta. Hasta que llegó el anuncio: la habían encontrado. "Se trataba de Ella. Los retazos que habían quedado de ella, fijos, nítidos; aquí no hay anécdotas, no hay versiones, si era buena, si estaba loca, si había dejado todo por una quimera, una calentura o una pasión arrebatada y convencida. Ella", escribe Dillon. A fines de agosto de 2011, una multitud conmovida acompañó el funeral, el cierre indispensable para atender una muerte. Los huesos de su madre, esos "palos secos y amarillos iguales a los de cualquiera", junto con un montón de ofrendas amorosas de amigos y parientes, moran desde entonces en una caja de cedro laqueada de blanco y pintada con caricias de colores, en la bóveda familiar, en el cementerio de Moreno.







