
Gabo y la eternidad del sexo
1 minuto de lectura'
A Gabriel García Márquez, hasta hoy, había que adjudicarle la invención de Macondo, la revelación de la eternidad a través de la eterna familia Buendía, la fascinación de un patriarca demoníaco, la anunciada crónica de la belleza de la muerte, su fidelidad ideológica, alguna boutade escandalosa como la declaración de la guerra ortográfica, y la consagración de una Colombia mítica, distinta a la desafortunada y sombría de las malas noticias.
Desde ahora habrá que adjudicarle también la legitimación de una palabra de etimología remota e incierta, largamente prohibida, casi siempre evitada en las aulas y en las casas correctas y tratada elíptica o eufemísticamente en los medios masivos.
Palabra generalmente liberada en el insulto, en el teatro banal de letras ramplonas, en el interior de textos brutales o en la intimidad de una cama sin represiones pueriles. Además, y esto es lo fantástico, habrá que atribuirle a García Márquez, desde ahora, la inauguración de una historia increíble: la de un hombre de noventa años que decide hacer el amor por última vez y en el trascurso del acto va recordando a todas las mujeres que han pasado por su vida. Este mero hecho de longevidad sexual, aparte del excepcional acontecimiento de la supervivencia, reafirma la ya larga fama de fabulador del escritor contemporáneo más mentiroso y verdadero.
El título de su nueva novela, Memoria de mis putas tristes, va a lograr -ya lo está haciendo- que esa legendaria distinción laboral femenina sea considerada un homenaje y una reivindicación a tanta difamación inmerecida. Y que la antigua palabra de cuatro letras, casi siempre manipulada a través de puntos suspensivos, sea finalmente incluida -con su autorización- entre las palabras naturales no censuradas por las buenas costumbres.
El lenguaje suele imponer aparentes sinónimos que nunca quieren decir lo mismo que la palabra que duplican. Por eso según las épocas, las culturas y el rango social del hablante, ha ido eligiendo simulaciones más o menos familiares a la palabra de origen que tal vez pudo haber sido italiana y quiere decir muchacho, en masculino.
Ramera, buscona, cortesana, meretriz, prostituta, hetaira, y últimamente gato, son algunos de esos nombres alternativos que los varones le han ido poniendo a la protagonista del ejercicio del amor rentado, o excepcionalmente gratuito en aquellas de actitud filantrópica.
Pero lo que más golpea y fascina del argumento de la novela de García Márquez es esa ilusión del amor llevada a ese umbral imposible: el de un varón casi centenario determinado a cumplir con la felicidad de su última cópula. La palabra "imposible" es una sensación. Aunque sé que muchos argentinos, de autoestima narcisística, podrían augurar para sí mismos el destino sexual del interminable viejo de la novela. Eso, si la vida los empuja hasta los noventa vivos, y todavía móviles. Y aún con el suficiente ánimo para capturar el hilo final de su libido sin que la menoscabe la dieta de caldito desgrasado y los catorce comprimidos para tratar de demorar el inevitable viaje.
Que a un escritor le haya sido dado el alto don de la fábula es natural. Pero no lo es que a un hombre le haya sido dado el alto don del sexo a la edad en que casi todos los de su generación ya han muerto. Y que aun antes de morirse ya lo consideraban una vaga e inasible nostalgia. Más exótica y de otro mundo sería si la última cópula de la vida tuviera como protagonista a una tierna viejecita de nueve décadas. Este cuento es aún más increíble que el otro.
García Márquez se inventó la más bella fantasía que se le pueda ocurrir a un varón que hace mucho pasó por la juventud. Y que además sabe y siente que, cuando ésta se apaga, hay muchas cosas que ya no se encienden.




