
Gabriel Rabinovich: el talento y la persistencia
Gabriel Rabinovich vivió este año uno de esos momentos incomparables en la vida del científico: el de la epifanía que se produce cuando, casi a tientas, se logra contestar una pregunta que hacía décadas no tenía respuesta.
Fue cuando comprendió por qué el sistema inmune queda inerme frente al cáncer. Trabajando en conjunto con su equipo, y con investigadores de la Fundación Leloir y del Hospital Eva Perón, casi todos del Conicet, verificó que los tumores producen una proteína -la galectina-1 (Gal-1)- que aniquila precisamente las células inmunológicas -linfocitos- encargadas de eliminarlos.
No sólo las células cancerosas producen Gal-1, sino que cuanta más posea un tumor, mayor es su crecimiento, y viceversa.
La proteína en cuestión se relaciona directamente con el potencial agresivo del tumor: cuanta más Gal-1 produce, más agresivo es. Por otro lado, si se la bloquea, desaparece la capacidad inmunosupresora del cáncer.
Por ejemplo, los científicos comprobaron que, inyectados en ratones, el 95% los tumores con baja cantidad de Gal-1 no crecía. También verificaron que cuando éstos tenían baja cantidad de Gal-1 la respuesta inmune se potenciaba. Y si en los animales que rechazaban el tumor se inyectaba más tarde otro con mucha Gal-1, éste último crecía más lentamente, como si los animales hubieran desarrollado una memoria inmunológica que les permitía frenar su desarrollo.
Este cordobés que estudió bioquímica en la Universidad Nacional de Córdoba y egresó con medalla de oro (tuvo el promedio más alto de su promoción, 9,30) sintió un amor a primera vista por la biología y la química mientras todavía estaba en la escuela secundaria. "Hasta me enamoré de mi profesora -afirma, con un guiño-. Era traga, sí, es que disfruto mucho estudiando. Para mí la ciencia tiene algo muy lúdico."
Tercer hijo de una familia de madre farmacéutica y padre contador (tiene dos hermanas mayores: Sonia, poeta, y Sandra, abogada), empezó la facultad con la idea de seguir simultáneamente bioquímica y farmacia ("por si no podía hacer ciencia"), pero enseguida se dio cuenta de cuál era su pasión: la química, en especial la química biológica.
Y fue una suerte que descubriera bien temprano su vocación. Mientras todavía era estudiante, se inclinó por la inmunología y empezó a hacer prácticas en la facultad. En 1994 se había convertido en becario del Conicet y sabía que su área de trabajo iba a ser la de los azúcares, la glicobiología, un mundo al que ingresó guiado por la mano de su mentor, Carlos Landa.
En esos días comenzó a interesarse por la Gal-1. Fue el tema de su tesis doctoral, que concluyó con un entrenamiento en terapia génica en el prestigioso Imperial College de Londres.
Rabinovich fue uno de los que podrían haberse ido del país. A su regreso de Londres, en plena debacle, tuvo a su disposición una beca de los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos (NIH). Quería investigar la función de la Gal-1 en los tumores, y fue sólo gracias al apoyo de la Fundación Sales que pudo trazar un primer proyecto de investigación, al tiempo que el doctor Leonardo Fainboim le ofrecía un lugar en su laboratorio.
Tras algunas frustraciones (como la de los subsidios IM40 para la reinserción de investigadores que habían trabajado en el exterior, que nunca se concretaron), empezó a recibir otros apoyos, como las becas Carrillo Oñativia, de la Fundación Antorchas, del British Council y del Wellcome Trust.
Pero fue el 23 de marzo de este año cuando una de las revistas más prestigiosas de la investigación biomédica, Cancer Cell, lo puso súbitamente en el centro del escenario internacional. Publicó nada menos que en la tapa sus experimentos sobre las vías de escape de los tumores.
Fue tal el impacto de ese trabajo que, aunque sigue dando clases ad honorem como jefe de Trabajos Prácticos del Departamento de Biología de la Facultad de Medicina de la UBA (incluso habiendo publicado ya 54 papers), en los últimos meses fue invitado a dar conferencias en Estados Unidos, Japón e Inglaterra. También ganó un cargo de profesor asociado en la Universidad de Maryland, donde piensa viajar alternadamente mientras sigue su trabajo en el país.
Nature acaba de encomendarle una revisión (que se publica en enero) del papel de las galectinas en el cáncer, un honor reservado a los científicos que se consideran líderes en un tema de investigación. Invitado a su vez por Rabinovich, el científico chino Fu Tong Liu, de la universidad de Sacramento, analiza en el mismo número las funciones de la galectina-3, que tiene efectos opuestas a la Gal-1.
Por su trabajo, Rabinovich recibió este año el Premio Bernardo Houssay al Científico Joven, que otorga la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación, y el Ten Outstanding Young Persons, que otorga la Cámara Argentina de Comercio a diez jóvenes sobresalientes.
En estos días se siente esperanzado por los buenos indicios que, a su juicio, se percibieron en los últimos meses en la gestión de la ciencia, y sólo anhela que los investigadores tengan sueldos más dignos "para que puedan dedicarse full time a su tarea y concentrar su creatividad".
En cinco años, anticipa, tal vez haya un cóctel que -tal como ocurrió con el sida- permitirá transformar el cáncer en una enfermedad crónica atacándolo desde distintos flancos: inhibiendo la formación de vasos sanguíneos, por un lado, y frenando el escape tumoral en el que la Gal-1 tiene una función protagónica, por otro.
Sin duda, por su talento, por su persistencia frente a las dificultades, la figura de Gabriel Rabinovich tiene ya un valor simbólico. Pensar que, como él, algunos miles de investigadores están poniendo hoy su creatividad al servicio del conocimiento y del país lo convence a uno de que, si cada uno de nosotros hace lo que tiene que hacer, nos espera un futuro, por lo menos, interesante.
Logros y materias pendientes
A pesar de que se ocupa principalmente para aludir a la literatura de García Márquez, el concepto de "realismo mágico" le vendría como anillo al dedo al multifacético catálogo de descubrimientos científicos del año: fueron doce meses de viajes interplanetarios, descensos a las esquinas más recónditas del cerebro, encuentros con las ramas lejanas de nuestra genealogía evolutiva, prodigios de la biología...
Algunos de los más notorios fueron, por ejemplo, el elegido por Science como la noticia del año: la constatación de que Marte habría tenido suficiente agua como para hacer posible la vida. Fueron dos pequeños robots "vagabundos" de la NASA los que encontraron las señales, ocultas en los sedimentos de los antiguos mares y las rocas que cautivaron a Ray Bradbury.
También se agrandó la "familia": un equipo australiano e indonesio encontró en la isla de Flores los rastros fósiles de un homínido diminuto que habría compartido el planeta con otros humanos modernos hace sólo 18.000 años. Investigadores españoles encontraron huellas del último ancestro común del ser humano y todos los grandes simios.
Siete años después de que la foto de Dolly diera la vuelta al mundo, científicos coreanos clonaron un embrión humano, no para producir una copia exacta de otro individuo, sino una cantera de células stem.
Pero la ciencia local no se quedó atrás. Estaba debutando el otoño cuando Cancer Cell, una de las revistas más prestigiosas del mundo, publicó un paper de investigadores argentinos que mostraba cómo se libra el cáncer de las garras del sistema inmune.
Entre innumerables trabajos realizados en laboratorios de todo el país, otros grupos descubrieron cómo se produce el Parkinson, diseñaron un análisis diagnóstico para detectar el mal de Alzheimer y otras demencias, y desarrollaron un sistema que convierte alcohol en hidrógeno para uso vehicular. Identificaron cuál es la zona del cerebro que regula la agresión, comenzaron a probar una vacuna contra el melanoma y, recientemente, mostraron los mecanismos por los cuales las células se defienden del Mycobacterium tuberculosis. Además, se inauguró en Buenos Aires una "fábrica de células" única en América latina y se creó un polo biotecnológico en Santa Fe que aspira a ser el más importante de la región.
Casi sobre el fin del almanaque, nació Pampero, el primer bovino clonado transgénico de sexo masculino y el animal que asegura la permanencia de la línea de bovinos que producen hormona de crecimiento.
Si en lo institucional hubo este año más de un indicio alentador, el año cierra con una buena noticia: el Conicet vuelve a otorgar mil quinientas becas que, sumadas a las de 2003, prácticamente triplican el número de jóvenes que están revitalizando la investigación. Sin embargo, como sintetizó días pasados el profesor Mario Albornoz, director del Centro Redes, todavía hay problemas serios pendientes de solución: "El salario de los científicos y tecnólogos no es adecuado, los becarios que se están incorporando no tienen la seguridad de que tendrán trabajo, el número anual de doctores que producimos es bajo y el sector privado, pese a haber dado algunas buenas señales, está todavía lejos de hacer el esfuerzo necesario para agregar valor a la producción y las exportaciones".







