Globalización no es uniformidad
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Los argentinos celebramos hoy un nuevo aniversario del hecho fundacional que dio origen a nuestra existencia como Nación. Se cumplen 189 años de la Revolución del 25 de mayo de 1810.
Más allá de sus fuertes resonancias emocionales, la fecha debe llevarnos a una reflexión sobre lo que significa ser parte de una Nación en un mundo que está reformulando a pasos agigantados el concepto del Estado soberano e independiente, tal como lo conocimos en el siglo XIX y en buena parte de la centuria actual.
El fenómeno de la globalización, con sus múltiples efectos de orden cultural, político, social y económico, ha generado un proceso de cambio cuyas consecuencias más evidentes son la relativización del principio de la soberanía, el crecimiento de la interdependencia y el avance acelerado de los proyectos de integración regional de alcance continental o subcontinental.
Una visión reduccionista y simplificadora de esa tendencia macrohistórica podría llevar a la conclusión equivocada de que se está viviendo una suerte de ocaso del Estado nacional y que en el horizonte de la historia humana ha comenzado a dibujarse el perfil de una humanidad sin fronteras nacionales reconocibles y con patrones culturales y sociales cada vez más uniformes.
En una entrevista publicada anteayer en la sección Enfoques de La Nación , el eminente politicólogo francés René Rémond hizo notar que el sentimiento de identidad nacional sigue teniendo fuerte presencia en el mundo actual, a pesar de las señales que parecerían indicar lo contrario. A su juicio, la sociedad humana marcha hacia la internacionalización, pero eso no significa que habrá de caer en la uniformidad.
Al referirse concretamente al proceso europeo, Rémond ejemplificó su idea con la máxima eficacia: "Francia -dijo- no quiere desaparecer como nación; pero, a la vez, Francia es uno de los países que más impulsó la creación de la Unión Europea, con el propio Charles de Gaulle a la cabeza". Su observación fue sumamente esclarecedora, como lo fue también su afirmación de que el pueblo francés "admite la existencia de una identidad europea, pero rechaza la uniformidad con los Estados Unidos".
En realidad, el Estado nacional ha sufrido constantemente, a lo largo de la historia, evoluciones y cambios. Desde las formas de organización rudimentaria que adoptó en las sociedades primitivas hasta la estructura formal arquetípica que pasó a tener en los tiempos modernos como expresión de la nación jurídicamente organizada, el Estado evolucionó siempre en su esencia y en su naturaleza sincrónicamente con las transformaciones que fue experimentando la humanidad.
El concepto de soberanía nacional, por ejemplo, no tuvo la misma extensión y el mismo carácter en las distintas etapas de la historia. El orden político y económico que impera hoy en el mundo impone condiciones de interdependencia cada vez más severas. La globalización aparece como una realidad cuyas leyes resultaría ilusorio desconocer.
Sin embargo, el Estado nacional sigue y seguirá gozando de buena salud, pues la uniformidad total de las sociedades y de las culturas aparece como una utopía, inconciliable con las imposiciones de la geografía y de la historia.
El Estado nacional es hijo del particularismo social, cultural e histórico, una realidad que no habrá de desaparecer, dado que es connatural al hombre, a su condición y a su destino. Formar parte de una nación significa, entre otras cosas, afrontar y asumir con éxito los desafíos, los cambios y las crisis de transformación que impone cada momento de la historia.




