
Globalización y soberanía
Por Vicente Gonzalo Massot para La Nación
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Cualquiera que sea la opinión que se tenga al respecto, la globalización resulta, en punto a las relaciones internacionales, el paradigma de la posguerra fría. Casi podría decirse, sin temor a errar, que hace las veces de una verdadera constitución fáctica, cuyo alcance planetario es tanto más notorio cuanto más notables son el estrechamiento de los espacios y el acortamiento de los tiempos a lo largo y ancho del mundo.
Pero, al hablar de globalización, conviene ser cautos en razón de su significado equívoco. La idea más generalizada es la que la asocia con las transformaciones que -en una escala nunca antes vista- ha obrado el capitalismo a fines del segundo milenio. La globalización, según este criterio, habría sido hasta el presente una suerte de fuerza al acecho en el seno de las sociedades capitalistas, que sólo ahora, como resultado de la mundialización y de la revolución de la informática y de las telecomunicaciones, se ha convertido en realidad.
Hay otro enfoque que, sin desconocer la importancia de esos procesos económicos, hinca los puntales del análisis en lo cultural. La globalización pasa a identificarse con la homogeneidad. Apunta a resaltar los efectos niveladores -y, según algunos, destructivos- que las exigencias del nuevo paradigma tienen para las tradiciones, costumbres, instituciones y hasta religiones que le son ajenas.
Una tercera línea interpretativa pone el énfasis en la globalización como tendencia a la unidad del mundo, cuya meta última es la organización total del poder humano. Viene a decir algo así: si se diluyen las fronteras económicas y tienden a uniformarse los presupuestos culturales es lógico que, tarde o temprano, el Estado nación resulte una forma orgánica en retroceso y deba ser reemplazada por otra, acorde con la globalización.
Lo cierto es que la globalización sólo a fines de este siglo llega a ser una realidad, de momento económica, que obra la desterritorialización de las comunicaciones, la producción, las finanzas y la información. Es posible que en algún momento del tercer milenio nos convierta a todos en ciudadanos de un mundo sin estados ni fronteras, pero no parece probable.
Por eso, al tomar a la globalización como uno de los presupuestos imprescindibles del pensamiento estratégico actual, no pueden ni deben dejarse de lado otras realidades y otros fenómenos, por ambiguo o contradictorio que parezca su papel en la llamada aldea global. Entre ellos, el Estado nación resulta, de lejos, el más importante.
Al analizar la globalización vis-à-vis el Estado nación, vemos que han sido sacudidos los cimientos de la soberanía tal como fue pensada por Jean Bodin y existió hasta el presente. El tema no es menor. Si la soberanía ha dejado de ser un concepto unívoco y ya no se puede plantear, de manera clara y distinta, su razón de ser, parece obvio que el Estado, tal cual lo conocimos, muestre su insuficiencia.
Peligros del aislamiento
El Estado nación, antes tan poderoso, mal puede ignorar, o aislarse de él, un mundo globalizado en el cual el salto cualitativo de las comunicaciones, por ejemplo, no es patrimonio de un gobierno, de una coalición de Estados o de una alianza de empresas multinacionales. Para decirlo en pocas palabras: la CNN, la Internet y la fase trasnacional de la producción capitalista han puesto en tela de juicio el concepto clásico de soberanía.
Sin embargo, mientras la globalización carezca de una correspondencia de carácter institucional, por faltarle legislación, jueces y coactividad, es decir, mientras sea una pura constitución fáctica, los Estados nación seguirán siendo los actores fundamentales de la política internacional.
Es cuando menos discutible que la globalización, en su tendencia a expandirse y a radicalizarse por la dinámica misma de las fuerzas económicas, sugiera que las naciones no están a la altura de los tiempos presentes. No hay ningún impulso necesario en el fenómeno, que se enderece a una brutal apropiación y negación de lo particular o diferencial. Basta, al respecto, contemplar el desenvolvimiento histórico de Japón y de los llamado países NIC o tigres del Asia que conjugan, admirablemente, capitalismo y tradición. La fuerza de la lógica de aquél y todas sus exigencias técnicas no han mellado la identidad cultural de estas naciones.
Lo que ha sucedido es que allí donde el Estado nación resulta fuerte, y las tradiciones nacionales, entrañables, los efectos de la globalización han marchado junto con los valores de la cultura como rectas paralelas: en idéntica dirección, sin posibilidades físicas de colisión entre sí.
Cuando no ocurrió así, el resultado que la globalización obró sobre la forma de vida de determinadas comunidades resultó subversivo. En semejantes casos, la primera tentación que ganó a los damnificados fue la de dispararse hacia teorías conspirativas. Sin embargo, la globalización no es producto de una conjura que, bajo la advocación de la racionalidad económica y de la paz universal, oculte un discurso mundialista encaminado a sugerir que la diversidad es disfuncional al modelo. En absoluto. La globalización es una tendencia natural del capitalismo, no una conjura sinárquica. (c) La Nación
El autor es director del diario La Nueva Provincia , de Bahía Blanca.





