Gloria y loor para Hugo Fattoruso
Lanzan grabaciones inéditas del genial músico uruguayo, y una foto dispara recuerdos infantiles de la revista Moñita Azul
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Es uno de los héroes musicales del Río de la Plata, del continente, del mundo. Está parado con su instrumento en un tablado que parece improvisado en la plaza principal de San Antonio, Canelones, uno de los tantos sitios del Uruguay a los que lo llevó la gira “El acordeón recorriendo los pueblos”, junto a su pareja, la percusionista Albana Barrocas. Por su estampa magnética, nadie diría que tiene 78 años. Al fondo de la escena, entre el par de palmeras y algunos árboles que comienzan su período de floración, hay una bandera azul, con estrellas amarillas, y una inscripción en letras blancas que dice “Bienvenido Hugo Fattoruso”.
Su nombre brilló en Las Vegas en 2019, cuando la Academia Nacional de Artes y Ciencias de la Grabación le otorgó un Grammy Latino a la excelencia musical. Pero el leve resplandor, un tanto melancólico, de estas estrellas aplicadas sobre la tela como las bombitas amarillas a las que le canta Jaime Roos en “Colombina”, ostentan la fuerza de un cariño genuino, artesanal y, acaso, anacrónico.
A mis quince, por azar, me topé con un informe televisivo de Jaime Roos y su gira “A las 10″, en la que recorría los 19 departamentos del Uruguay. Fascinado por esa cruza de murga, candombe y rock, le mostré la grabación en un VHS a mi padre. Y su aprobación llegó cuando el presentador mencionaba que uno de los integrantes de la banda era Hugo Fattoruso. La contraseña perfecta.
Esa fascinación trascendental con la música de Jaime, que me abriría las puertas a la de Hugo, tenía que ver con el recuerdo infantil de Montevideo. De ese viaje con mis viejos, en el otoño de 1988, atesoro infinidad de recuerdos (senti)mentales y un ejemplar de la revista Moñita Azul (“para el niño, la escuela y la mamá”), que incluía un suplemento de la Comisión Nacional de Baby Fútbol. En la portada, la pujante (sic) liga de José Pedro Varela, en Lavalleja. En esas fotos de los botijas, con camisetas sin sponsors y técnicos que dirigen categorías como “babys”, “gorriones” y “churrinches”, se distingue una bandera, del Gremio F.C., hecha con el mismo afán con la que le bordaron a Hugo en San Antonio.
Por su humildad, el nombre de Hugo Fattoruso está lejos del star system y cerca de esas estrellas bordadas. Al frente de Los Shakers, en los 60, fue el ídolo seminal de Luis Alberto Spinetta, Charly García, Fito Páez y el propio Jaime Roos. Pero Hugo, genio de las teclas, se crió musicalmente en el Hot Club de Montevideo, proyectó el candombe hacia el espacio sideral con Opa (y cautivó al mismísimo Herbie Hancock en los 70), aportó su magia a las músicas de Milton Nascimento, Djavan, Chico Buarque, Hermeto Pascoal, colaboró con Litto Nebbia, Rubén Rada y Eduardo Mateo, y firmó más de 300 composiciones.
Desde hace casi tres lustros, trazó un vínculo con Japón que incluye giras y colaboraciones con artistas nipones. En pocas semanas, saldrá a la venta La selva, el disco que Hugo le produjo a la cantante Mio Matsuda, que incluye una versión de “Hurry”, una pieza de Hugo que se volvió un standard, revisitado entre otros por el formidable trío Aca Seca.
Mi fascinación con Hugo ha crecido desde mi adolescencia. En 2005 crucé el charco para ver la reunión de Opa en el Solís. Neil Weiss, legendario productor de discos de Rada y Hugo en los 90 para su sello Big World, voló desde Nueva York para ver el concierto y comer masticables en La Ronda. Hace unos meses, me escribió para avisarme que había lanzado tres discos previamente inéditos del Trío Fattoruso, grabados en 2001 (Trío Fattoruso, Brainstorming y Global Warming). La genialidad de Hugo, en combinación con su hermano Osvaldo (1948-2012), benemérito baterista, y su hijo Francisco, bajista de exportación, genera un goce supremo. Están disponibles en Bandcamp. Antes de darle play, mejor abrocharse los cinturones. Y prepararse para bordar mil banderas en su honor.









