Gobernar es poblar... bien

Fabio J. Quetglas
Fabio J. Quetglas PARA LA NACION
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1 de julio de 2013  

Desde sus orígenes, nuestro país vive debatiendo su demografía y orden territorial. Hemos fracasado. Nadie sostiene como bueno que en un país relativamente despoblado deban convivir metrópolis ingobernables con espacios desiertos. El país actual es el resultado de dos grandes "momentos" demográficos, asociados al ciclo agroexportador y a la industrialización sustitutiva.

Durante el primero, la decisión de vincular la pampa húmeda a la economía mundial impulsó la generación de un soporte infraestructural que agregó ventajas económicas a las naturales. Así, Buenos Aires se convirtió en el centro de servicios de una zona de importancia global creciente.

Cerrado el ciclo agroexportador, la Argentina vivió unos 60 años de "industrialización sustitutiva". Dos factores se conjugaron para profundizar la concentración metropolitana: a) la lógica de la "economía de aglomeración", relevante en la economía industrial, y b) que el grueso de las políticas promocionales se llevaron adelante sin una "reflexión territorial explícita", transformado a las zonas más pobladas en espacios complejos y atractivos a la vez.

En ambos períodos, la Argentina recepta inmigración de un modo sustancial y la tempranamente débil tasa de natalidad es suplida por el aporte inmigratorio.

Hoy los problemas de gobernabilidad metropolitana, el tránsito planetario a una economía de nuevo cuño y el contexto demográfico global reclaman colocar este tema en la agenda pública. Nuestro particular desafío, un país casi vacío y una metrópolis tan "condicionante", coexiste con un mundo ávido de espacios.

Existen restricciones conceptuales para llevar adelante un modelo más sensato de ocupación del territorio. La primera es identificar esta cuestión como una tensión entre "ciudad y campo". Si logramos revertir la macrocefalia, será porque ciudades distintas a Buenos Aires, Rosario o Córdoba adquieren un dinamismo marcado y logran crecer sostenidamente por encima del promedio nacional. Es decir, la alternativa es que nuestras ciudades medianas y pequeñas puedan resultar atractivas y contribuir a la competitividad de su entorno. Para eso hay que romper el mito de la "ociosidad" de las ciudades. Incluso, para el crecimiento de nuestro potencial agrario se requiere la existencia de nodos logísticos próximos, servicios profesionales, centros de provisión y reparación de máquinas, laboratorios de investigación y otras actividades urbanas. Lo dicho no significa relegar el campo, sino resignificar la totalidad del territorio.

Cien o más ciudades argentinas de entre 10.000 y 300.000 habitantes podrían retener población y atraer migración si se implementa una política consistente con una decena de instrumentos (fiscales, de oferta de suelo, conectividad física). Hoy, la Argentina no combina la receptividad con una lógica de estímulos territoriales, y concentra la inmigración en las áreas metropolitanas.

La segunda restricción es la ausencia (en las instituciones) de una precisa comprensión de las tendencias demográficas y sus explicaciones. Este tipo de intervenciones no pueden apoyarse en prejuicios o posiciones desinformadas.

A todo esto se suma la emergencia de un nuevo modelo económico, vinculado a la economía del conocimiento, de la sostenibilidad, de la movilidad responsable y de un uso razonable de la energía.

La industria requería la "escala", lo que explica la "explosión urbana". Las ciudades del futuro serán las ciudades de la calidad de vida, que asocien a sus capacidades productivas la investigación, los servicios avanzados, la convivencialidad, etcétera. La territorialidad de la "nueva economía" asoma como más compleja. Hay que pensar en la relación existente entre la base tecno-productiva y la organización territorial.

La Argentina está bajo riesgos demográficos serios: envejecimiento de las zonas centrales de sus ciudades, envejecimiento de sus pequeñas localidades y la explosión de conurbaciones pobres y jóvenes. Para dar lugar a un nuevo paradigma territorial debe poner en discusión al menos seis cuestiones: a) su fiscalidad (cómo trata a las distintas actividades económicas asentadas en los territorios); b) la política de inversión pública (cuánta, en qué lugares, con qué finalidad); c) la política de subsidios, que a los efectos de cualquier consideración territorial no puede ser un término demonizado (pero sí usado con conocimiento de costo y resultado); d) la oferta de bienes públicos sofisticados, en especial la oferta universitaria pública y la salud de media y alta complejidad, porque la atractividad urbana no es una cuestión abstracta, sino concreta y evaluable (a paridad de ingresos, las personas prefieren vivir donde hay mejor oferta de servicios públicos); e) las vinculaciones interurbanas (en cuánto tiempo puedo acceder de modo seguro y económico); y f) cierta reconfiguración del sistema financiero (en la Argentina el flujo financiero es "centrípeto", se captan recursos en toda la geografía, pero el otorgamiento de préstamos se concentra en las áreas metropolitanas, y dada nuestra inestabilidad macro se ha generado una propensión a orientar la cartera al consumo).

No se trata de un nudo problemático irresoluble. El país puede revivir en parte un renovado desafío fundacional. Parafraseando a Juan Bautista Alberdi, y a modo de homenaje, creo que ha llegado el momento de entender que "Gobernar es... poblar bien".

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