Graciela Fernández Meijide, la verdad aunque duela

Reconstruir la trayectoria de la actual presidenta del Club Político Argentino supone seguir la línea que va de la tragedia íntima al duro territorio de lo público
Pablo Marmorato
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26 de octubre de 2019  

Profesora de francés, madre de un joven desaparecido por la dictadura, referente de los derechos humanos, integrante de la Conadep, diputada, senadora, miembro de una Constituyente, presidenta de una Estatuyente, ministra, escritora, conductora de radio y televisión, presidenta del Club Político Argentino.

Todos y cada uno de esos títulos caben para referirse a Graciela Fernández Meijide. Así la presenta el periodismo desde hace más de 40 años cuando se recortó de entre la multitud de anónimos, en plena búsqueda desesperada de su hijo Pablo.

Aquella madrugada del 23 de octubre de 1976 uno de los tantos grupos de tareas que operó durante la última dictadura militar secuestró a su hijo en su propio departamento en Belgrano. Graciela nunca más volvió a verlo. A partir de allí, se constituyó en una defensora de los derechos humanos y en una dirigente política de peso; en definitiva, en un símbolo de lucha, coherencia y sensatez.

Sin embargo, ninguno de aquellos títulos alcanza para circunscribirla. Porque Graciela, a sus 88 años, es también la mamá protectora de Martín y Alejandra, la amiga leal de Susana, Chicha y Tita. Es la abuela que prepara los platos favoritos de Diego y Camila y la modista que se hace sus propios vestidos y sombreros. Porque Graciela es también Nenuca, como la llamó mamá Mecha incluso antes de saber que sería una beba.

Mostrar todas estas facetas de Graciela fue el gran desafío a la hora de escribir su biografía. El otro era encontrar el tono de la historia, pero, sobre todo, la estrategia para amalgamar un relato ecuánime, sin concesiones. Era un tema central para mí por la relación de amistad que nos une.

Conozco a Graciela hace 13 años: una tarde de mayo de 2006 un compañero del diario Clarín, donde trabajaba, me comentó que ella buscaba un colaborador para la investigación y las entrevistas del que sería su segundo libro, La historia de los derechos humanos en la Argentina. Le respondí que sí de inmediato por distintas razones. La principal era que podría estar cerca de la persona por la que en los años noventa había comenzado a leer la sección política y economía de los diarios. Ocurre que en aquella década Graciela y Carlos Chacho Álvarez habían desatado esa gran ilusión, esa reconciliación con la política que, para decenas de miles de ciudadanos, significó el Frepaso. También es cierto que, años después, había quedado desencantado, ras el fracaso estrepitoso de la Alianza.

Sin embargo, aquella tarde de 2006 cuando fui a verla a la casa para hablar de su libro, reconozco que estaba nervioso. Por mi trabajo, yo había entrevistado a funcionarios y dirigentes, aunque con Graciela? estaba nervioso. Pero la inquietud duró lo que tardó en abrir la puerta de su departamento. Porque la que apareció, sonriente, fue Nenuca. Primero me presentó a su gata Vainilla. "¿No tenés frío?", me preguntó tras observar el poco abrigo que llevaba. Me pidió que la acompañara a la cocina donde estaba calentando café en un jarrito, que luego sirvió en dos tazas. En el living ya estaban servidas unas masitas. Nada a su alrededor aparentaba ser suntuoso. Comencé tratándola de "usted"; rápido me pidió que la tuteara. Tenía enfrente a una mujer sencilla, cálida, moderna.

Esa mujer es Nenuca-Graciela Fernández Meijide. Tanto la que se convierte en centro de atención en una cena de gala con embajadores y presidentes como la que se coloca el delantal para preparar un bife, como lo recordó con asombro para mi libro el ex diputado Federico Storani, en una ocasión en que ella lo invitó a su casa para repasar juntos la experiencia de la Alianza. Es la persona que pregunta todo el tiempo "¿cómo estás?" -y que espera una respuesta sincera de parte de su interlocutor-, como la que dice "gracias", "por favor" y "de nada" hasta el cansancio. Es también la persona que defiende sus argumentos con uñas y dientes y a la que no le gusta perder "ni a la bolita", como lo saben sus amigas.

Desde el comienzo sabía que debía deshacerme de Graciela Fernández Meijide, deshacerme de Nenuca, deshacerme del personaje. Solo de ese modo podría lograr un relato ecuánime. Sumergido en ese soliloquio estaba aquel mediodía de febrero de 2016 a minutos de presentarle a Graciela el proyecto. Le dejaría en claro que no sería concesivo, menos aún su apologista. Pero antes de enredarme en explicaciones, me sugirió que hablase con la mayor cantidad de allegados, aquellos que pudiesen desatacar "mis luces y mis sombras porque todos las tenemos". Y es aquí donde vale la pena hacer un alto. Es en esta frase donde resalta su rasgo distintivo: la sinceridad y el apego a la verdad, aunque incomode, aunque duela y deba pagar un precio caro, como le ocurrió con viejos y queridos compañeros de los organismos de derechos humanos y de la política.

Autor de Nenuca. La historia de Graciela Fernández Meijide (Sudamericana)

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