Gran Hermano: se oscuro objeto del rating
No es tarea fácil demarcar netamente la fronteraentre Gran Hermano y su público. Como "Bailando por un sueño", que incluye a los espectadores de manera más desenfadada, el programa en sí parece perder importancia comparado con el apabullante espectáculo de su público
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Me piden que escriba una nota de opinión sobre "Gran Hermano" y mi primera reacción es que la mejor opinión es el silencio. Quiero decir, el efecto más visible del "fenómeno de los reality show " es el exceso de imágenes y de palabras. ¿Qué más puede decirse sobre un programa que no cesa, que hace hablar a todo el mundo en forma permanente y sobre el que ya parece haberse dicho TODO? Y sin embargo... aquí estoy, obedeciendo a la tentación de escribir sobre un programa que no me gusta, pero podría llegar a fascinarme, como me fascina -no tengo ningún problema en admitirlo- la televisión.
Es difícil demarcar netamente la frontera entre "Gran Hermano" y su público. Digamos, en principio, que lo incluye de una manera más desenfadada que "Bailando por un sueño". En cualquier caso, admito que el programa en sí me interesa mucho menos que la cuestión de su público. La cuestión del panóptico y la mirada vigilante, el encierro, mucho más aún la psicología de sus personajes y de sus relaciones, han sido desmenuzados con una insistencia digna de mejor causa. Un programa que elige llamarse "Gran Hermano" no puede ser acusado de funcionar como panóptico. Un programa que arma un panel de "expertos" en no sabemos qué saberes no necesita de más profesionales que desmenucen la cotidianeidad de esos jóvenes sobrevivientes de batallas afectivas. "Gran Hermano" decide funcionar como panóptico (ésa es la gracia después de todo), obliga a la contención emotiva en pos de la sobrevivencia y, además, está orgulloso de ello. De manera que avanzar en esa línea de análisis sólo puede llevar a más de lo mismo.
Puesto que no me atraen las mismas cosas que al público de "Gran Hermano", prefiero pensar qué es lo que me atrae de ellos . ¿Qué es lo que resulta interesante de los espectadores de "Gran Hermano" , entonces? En primer lugar, que son muchos. Convengamos en que, aun sin respaldar ninguna hipótesis populista, es difícil permanecer indiferente al sopapo numérico de 50 puntos de rating televisivo. No creo que la asociación entre medios de comunicación y democracia sea lícita y, mucho menos, una asociación productiva para el análisis de los medios de comunicación. Menos aún para analizar un programa que propone votaciones para enjuiciar, expulsar o encarcelar a otros en forma permanente. Pero convengamos en que nadie que tenga preocupaciones por la sociedad y la cultura contemporáneas puede pasar por alto el gusto de tanta gente. Entonces, insisto: ¿por qué al público le gusta tanto "Gran Hermano"? ¿Qué ve en ese programa? ¿Qué le interesa de esas vidas que podrían ser calificadas fácilmente de banales, si no de aburridas? ¿Por qué, si el mundo, la historia del arte y de la cultura nos ponen al alcance de la mano tantas obras interesantes, bellas, inteligentes y estimulantes, la gente se contenta con mirar "Gran Hermano"? Las respuestas a estas preguntas son necesariamente hipótesis culturales. Ninguna teoría del público ofrece certezas absolutas para responder a esta pregunta que seguirá estimulando mi curiosidad como la de muchos otros, probablemente. Pero lo que es seguro es que "Gran Hermano" no viene a llenar ni a suplantar ninguna necesidad estética, aunque no resulta improcedente imaginar en qué emplea la gente el poco tiempo que resta luego de invertir varias horas del día en el transporte urbano, empleos poco estimulantes y rencillas familiares. Sobre todo cuando el "exceso" de tiempo en "Gran Hermano" es un dato central.
Una forma de interpretar la clave del éxito de "Gran Hermano" sobre la que me gustaría detenerme es su nivel de transgresión. Se ha hablado de transgresiones de lenguaje, de ética, de moral, poco importa. Con el lenguaje más vulgar, con un exhibicionismo exacerbado de los cuerpos y de sus actos, con un regodeo permanente en los sentimientos, intereses y voluntades de los personajes, la propuesta de "Gran Hermano" parece "ir siempre un poco más allá". ¿Pero más allá de qué? La idea de que la televisión "transgrede" supone que la televisión opera en base a rupturas. Es decir que, una vez establecido un género, un lenguaje, un estilo discursivo o una norma social, éstos adquieren tal nivel de consolidación, legitimación y autoridad que es necesario romper con sus normas para producir una innovación. La televisión, definitivamente, no funciona de esta forma.
¿Cómo lo hace entonces? La televisión se presenta como un medio de innovación permanente. Todo debe ser "nuevo" en la televisión: desde los productos que vende hasta las estrellas que promociona. "Gran Hermano", por su parte, se presentó en sociedad como lo último de lo último, lo más nuevo entre lo nuevo, como un programa que venía a reinventar la televisión cuando todos pensábamos que la televisión ya no podía inventar nada. Mirtha Legrand como reina de la pantalla televisiva argentina durante varias décadas podría demostrar la falacia de este argumento de manera tramposa pero, tal vez, eficaz. Tantas series de la televisión norteamericana servirían para ratificar que, en esto como en muchas cosas, los argentinos no estamos solos para soportar los males del mundo. Definitivamente, el fenómeno de "Gran Hermano" no puede pensarse como un fenómeno local, aunque de poco sirve, tampoco, pensar que nos imponen modelos que adaptamos con tanta buena voluntad.
La mayor parte de las críticas ideológicas a la televisión parten de este supuesto. La televisión funciona por ruptura y por expulsión. Por eso, las minorías sociales y estéticas estarían subrepresentadas en la pantalla televisiva. Por eso, los chicos y las chicas de esta edición de "Gran Hermano" serían todos bonitos. La existencia de programas para gordos, la proliferación de historias de vida de gente común en los noticieros, la inclusión de Nina Peloso en "Bailando por un sueño", sin embargo, alertan sobre modos de inclusión que podríamos calificar como bizarros si fuéramos condescendientes, pero que de ninguna manera nos permitirían hablar de formas de exclusión de la pantalla televisiva. La televisión es capaz de incluir casi todo, sólo es cuestión de encontrar el modo y el género adecuado... ¿Cómo puede transgredir, entonces, "Gran Hermano"? ¿Qué muros necesita romper un programa de televisión para asombrar o provocar a espectadores acostumbrados a casi todo? La televisión fagocita más que transgrede. Las barreras débiles se disuelven pero no se rompen y creo que esto es lo que hace "Gran Hermano" , que se presenta como el punto culminante del lenguaje televisivo, el non plus ultra de la transgresión y la innovación.
El culto al zafarrancho
Hace unos pocos años, en un espectáculo nada masivo -una puesta en escena de Paco Giménez que se llamaba "Orto y Ocaso" en un teatro minúsculo-, vi una de las versiones de la realidad televisiva más desopilantes de las que he sido testigo. Se trataba de una suerte de talk show (aunque todo era muy confuso como para distinguir géneros categóricamente) en el que una cantidad nada despreciable de actores discutían sobre la suerte de Sócrates. El público decidía si debía tomarse la cicuta. Los personajes de la antigua Grecia mezclaban los argumentos a favor y en contra de Sócrates mientras exponían sus intimidades y, de paso, también las de los dioses, que -como todos sabemos- tenían vidas más extraordinarias que las de los chicos y chicas de "Gran Hermano". En un momento, se repartían aceitunas entre el público de la sala que -si se comía las aceitunas- se quedaba con los carozos en la mano sin saber qué hacer. Pero rápidamente, una actriz invitaba a tirarle carozos a los filósofos, políticos o dioses en escena. Todo era una mezcolanza a gran escala donde la República, la vida privada de los dioses y la vida pública de los filósofos se convertían en materia "televisiva". La conclusión no podía ser más desalentadora. Un público sofisticado terminaba tirando carozos de aceituna a los padres fundadores de la cultura occidental y enredado en las "más bajas pasiones" de personajes de alto pensamiento. La obra ponía en contacto la idea de República en la antigüedad clásica con una cultura que hacía de los zafarranchos de la vida privada de los dioses su culto oficial. ¿Qué esperar de un público televisivo enfrentado con las pasiones desenfrenadas de personajes que se esfuerzan por hacerse acreedores de un par de aceitunazos en la frente?
"Gran Hermano" intenta movilizar pasiones en medio del tedio del encierro televisivo. Escribo esto mientras Yahoo me anuncia que las principales cadenas de televisión norteamericana perdieron 2.500.000 de espectadores respecto del mismo mes del año pasado. De manera que los reality show no llegan en un momento floreciente de ese "mercado televisivo" al que vienen a aportarle el lenguaje televisivo por excelencia. Por el contrario, llegan en medio de la decadencia de los dioses y están pensados para audiencias que parecen querer escapar -si no de la casa de "Gran Hermano", al menos de la televisión- para migrar a otros lares o bajar los programas de internet en lugar de verlos por la tele. En fin, algo hay que inventar para retener a toda esa gente. No cabe duda.


