
Granillo: la endogamia del poder
Rómulo y Remo acababan de fundar Roma. Invitaron a la tribu vecina de los sabinos a una fiesta para celebrarlo. Pero la verdadera intención de los romanos era raptar a las jóvenes sabinas, convirtiéndolas en esposas. Luego de una breve guerra, romanos y sabinos celebraron un solemne contrato de intercambios nupciales. Con el rapto de las sabinas la Humanidad dió un salto hacia adelante: la superación del incesto; el paso de la endogamia (de las voces griegas endo = "dentro" y gameo = "casarse": casarse entre sí los hermanos, los primos, los miembros de un mismo grupo familiar) a la exogamia (de exo = "fuera": casarse con miembros de otro grupo familiar).
En tanto la endogamia debilita y degenera a los descendientes por falta de variaciones genéticas, la exogamia les comunica el vigor híbrido que resulta del cruzamiento de lo diverso. Pero el contraste entre endogamia y exogamia no se aplica sólo a las relaciones matrimoniales. También gravita en las relaciones políticas.
La evolución de Menem
La exogamia política domina en tiempos de imaginación y de creatividad. El político exogámico amplía las fronteras de su partido, celebra alianzas, incorpora antiguos rivales. En resumidas cuentas, crece. Al mismo tiempo, asume riesgos. ¿Serán sus flamantes amigos tan fieles como los antiguos? En los brillantes banquetes de bienvenida, ¿no lo acecharán el veneno o el puñal?
Por eso al político también lo tienta, en tiempos de lucha, cerrar filas y atenerse a los aliados de siempre, acentuando frente a los demás la dialéctica amigo-enemigo que, según Carl Schmitt, es la esencia misma de la política. El peligro en este caso es el aislamiento y, finalmente, la derrota a manos de un rival exogámico.
Mientras la exogamia política coincide con el crecimiento y el apogeo de una fuerza política, la endogamia revela su desgaste.
Carlos Menem dió abundantes signos de exogamia en la primera parte de su gestión presidencial. Empezó por llamar a la gente de Bunge y Born para el manejo de la economía. Convocó a altas figuras del cafierismo como Guido Di Tella y Domingo Cavallo. Se fagocitó limpiamente a la UCD de los Alsogaray. Le dió la mano al almirante Rojas. Extendió su alcance a la arena internacional, celebrando relaciones carnales con los Estados Unidos. Avanzó por esa veloz autopista exogámica que es el Mercosur. Convocó al gabinete a figuras que venían del frondizismo como Antonio Salonia y Oscar Camilión o de la Universidad como Avelino Porto. Y, ya bien entrado en su primer mandato, tuvo energía exogámica para seducir a Raúl Alfonsín en dirección del Pacto de Olivos. Esta breve e incompleta enumeración lleva a concluir que, en los primeros años de su mandato, Carlos Menem fue un formidable raptor de sabinas.
Poco a poco, sin embargo, el Presidente se fue cerrando. Escogió para los altos cargos casi exclusivamente a personajes de su propio entorno. Sus nombramientos asumieron cada día más el carácter de ascensos o traslados en el interior del grupo que lo acompaña. Su jefe de gabinete Jorge Rodríguez fue ascendido desde el Ministerio de Educación. La actual ministra de Educación Susana Decibe era, en el momento de ser designada, una funcionaria de Rodríguez. Carlos Corach ascendió de la Secretaría Legal y Técnica al Ministerio del Interior. Un ascenso similar llevó al doctor Mazza a Acción Social. Jorge Domínguez reemplazó a Camilión en Defensa después de haber pasado por la Intendencia. Cuando Menem rompió con Cavallo, convirtiendo en enemigo a un antiguo amigo, recurrió al presidente del Banco Central Roque Fernández. Al renunciante ministro de Justicia Rodolfo Barra lo reemplazó con su subsecretario Elías Jassan. Una figura "del riñón" menemista como Esteban Caselli es ahora nada menos que embajador en el Vaticano pese a su total inexperiencia diplomática. Un miembro del círculo menemista de la primera hora como Raúl Granillo Ocampo reemplazó a un profesional de la talla de Carlos Ortiz de Rozas al frente de la Embajada en los Estados Unidos... Esta otra lista corre en dirección contraria a la anterior: de la exogamia a la endogamia política.
Los nombramientos de esta semana confirmaron la tendencia. Ante el agudo desgaste que había sufrido el renunciante Elías Jassan en la cartera de Justicia, algunos observadores supusieron que Menem recurriría a prestigiosas figuras "exogámicas" como Eugenio Aramburu o Jorge Bacqué para levantar la imagen de su gobierno en ese sector tan sensitivo. No hubo tal. Cubrió el cargo con el menemista Raúl Granillo Ocampo. "Más de lo mismo", dijo la oposición. A Granillo lo reemplazó otro embajador partidario, Diego Guelar, que deja de su embajada en Brasil el inquietante recuerdo de agresivas e inoportunas declaraciones. Sólo la pronta ubicación en Brasilia de un diplomático profesional, Jorge Hugo Herrera Vegas, contuvo en el límite este nuevo efecto dominó del menemismo.
Al mismo tiempo, Menem aumentó en varios decibeles su nivel de agresión política al acusar a opositores y periodistas de "golpistas" que, como ya no pueden golpear las puertas de los cuarteles, ahora golpean las puertas de los diarios y los canales de televisión. Este regreso del Presidente al territorio de la endogamia política, ¿es una evolución o una involución política? ¿Qué pensaríamos de Rómulo y Remo si hubieran devuelto a las sabinas?
Retraimiento o consolidación
No todo regreso a la endogamia merece necesariamente una evaluación negativa. En este año electoral en que las fuerzas opositoras tienden a agruparse, quizás Menem piense en consolidar los avances políticos de los años anteriores y en apretar filas aprestándose al inevitable combate, con la esperanza de vencer y recomenzar de aquí a cuatro meses.
Por otra parte, la nueva endogamia de Menem, ¿es deliberada o forzosa? En la medida en que no sólo la oposición tradicional sino también nuevos venidos a ella como Beliz, Cavallo y quizás el propio Duhalde, desafían o acotan el poder presidencial, es posible que Menem aún quiera pero ya no pueda ampliar más la red de los contactos políticos. Quizás ya no explore más allá del "grupo familiar" porque sabe que muchos, pensando que los vientos han de cambiar muy pronto, responderían con un rotundo "no" a sus ofrecimientos.
Pero hay otro ingrediente menos aceptable en este análisis. Quizás Menem ya no intenta raptar sabinas porque desconfía infundadamente de un número creciente de personas. El martes último Yabrán fue a quejarse a Rodríguez de que nadie quiere tener tratos económicos con él. ¿Supone Menem por su parte que la mala voluntad de quienes se animan a darle consejos verdaderos pero desagradables los llevaría a negarle los tratos políticos que hasta hace poco estaban dispuestos a tener con él?
El martes último el gobierno proyectó la imagen de un grupo de funcionarios acorralado por haberse "pegado" a Alfredo Yabrán. A esta altura de la presidencia Menem, la endogamia que la aqueja también podría interpretarse entonces no ya como una consolidación de anteriores exogamias sino como un retraimiento hacia un estrecho círculo de socios y seguidores incondicionales. Menem y los suyos cavan trincheras. ¿Qué ataque esperan? Su clausura política, ¿es el producto de las circunstancias inevitables de la vida política o responde en cambio a la malsana tendencia del poder longevo de considerarse infalible pero incomprendido, repudiando las razones que debiera considerar aunque vengan de afuera?






