Grimod de La Reynière, maestro de glotonería
La comida estaba marcada en su destino, tanto es así que su abuelo murió atragantado con foie gras, durante una cena, cuatro años antes de su nacimiento. El francés Alexandre Balthazar Laurent Grimod de La Reynière (1758-1838) fue un hombre creativo, temperamental; un sibarita extravagante a quien se reconoce como el primer periodista gastronómico de la historia.
Era feo, muy feo, y había nacido con un defecto maldito para alguien con sus inclinaciones: se llama sindactilia, esto significa que una membrana le unía los dedos, lo que lo obligaba a llevar guantes y unas prótesis algo primitivas.
Creció en una mansión de Champs Élysées, en contacto con la nobleza que terminaría aplastada por la revolución de 1789. Grimod se educó con los jesuitas, se doctoró en Derecho, fue crítico teatral y comió mucho. También dio mucho de comer (antes y después de la revolución) y eso fue lo que lo hizo famoso.
La primera de sus célebres cenas tuvo lugar en 1783, cuando veintidós comensales se zambulleron en un menú de catorce platos, un verdadero festival de los sentidos. La comida llegaba directamente desde la cocina hasta la mesa a través de un complejo sistema de tuberías, elaborado con el único fin de que el anfitrión no tuviera que lidiar con los criados, a quienes no soportaba. Mientras sus invitados comían, él les pasaba direcciones y datos, a la vez que elogiaba carnes, postres y panes: había inventado la publicidad, o mejor, había inventado el "canje". Al año siguiente, estrenó los "Desayunos filosóficos", que muchas veces se estiraban hasta la cena y en los que los invitados tomaban café, mermeladas y patés mientras discutían o se enfrascaban en acalorados debates.
Tuvo amores difíciles, se batió a duelo pomposamente, escribió críticas duras y estrepitosas contra el sistema judicial y por ello sufrió el destierro y la reclusión en un convento que, lejos de ser un castigo, le brindó el espacio para elaborar entre los monjes sus teorías gastronómicas definitivas.
Ya en los primeros años del siglo XIX, Grimod -que fue, por cierto, un gran cronista de su tiempo- creó el Almanaque de los golosos y más tarde el Manual de anfitriones (hace varios años, Tusquets publicó una frondosa antología de sus textos), con normas sociales para invitar y recibir, y códigos de gentileza y del buen comer. Es allí, en esos textos que fueron pensados como efímeros, donde es posible hallar frases como "la sopa es a la comida lo que la fachada al edificio" o esta otra máxima, ingeniosa y reveladora: "Un anfitrión que no sabe trinchar y servir es como el dueño de una magnífica biblioteca que no sabe leer".










