
Guía de las nubes
Por Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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Hablar acerca de las nubes puede ocupar más que un parte meteorológico. Estas formas vaporosas, inconstantes, multiformes, envuelven los días cambiando la visión del cielo y reflejando nuestro humor. Tantos artistas buscaron atraparlas, en ese limbo intangible que supera la copa de los árboles. Tantos poetas insinuaron su naturaleza efímera. El romántico inglés Percy Shelley las consideraba ?niñas de pecho de los cielos?. Su poema La nube funciona como epígrafe de un libro maravilloso, verdadera aventura celestial. Se trata de la Guía del observador de nubes , editado por Salamandra, de Gavin Pretor-Pinney, creador de la Sociedad de Apreciación de las Nubes. Esta insólita publicación combina el tratado científico con la disquisición poética, rastreando los lugares de la cultura en los que las nubes se instalan, ya sea como metáfora o como amenaza de temporal. La historia de este libro comienza con una frustración que tuvo el autor en su infancia. Durante un paseo escolar, la maestra propuso a sus alumnos que, recostados en el pasto, descubrieran formas con las nubes. Gavin se sorprendía frente a lo que sus compañeros eran capaces de ver. No entendía dónde estaba la cola de la sirena que su amiguita observaba con tanto entusiasmo ni los dragones que su vecino de banco decía que lanzaban fuego en el cielo. Cuando regresaron al aula para describir lo que habían visto, no tuvo más remedio que atenerse a su limitada imaginación: ?yo sólo vi nubes?. Esta anécdota se convirtió en el motivo de su búsqueda. Actualmente está dedicado a las nubes como si fueran sus mascotas, y este libro es prueba de su exploración, tan minuciosa como juguetona. Para el autor, observar las nubes es un ?pasatiempo sin propósito definido e intensamente vital?; toda una filosofía en tiempos de la crisis capitalista: observar algo que no pueda atraparse, ni ser obtenido.
El libro está dividido en capítulos que reseñan los distintos tipos de nubes: cúmulos, cumulonimbos, cirrocúmulos, estratocúmulos, nimbostratos, altostratos, cirrostratos y cirros. Incluye una nube que sólo se forma en una de las partes más remotas de Australia, en el golfo de Savannah, llamada "gloria matutina" que, según cuentan, "transmite la sensación de euforia que su paso produce". El autor apela a los cuadros de Tiziano, Miguel Angel o Rafael, cuando la Virgen aparece en "un generoso lecho de vapores", siendo la nube el símbolo religioso preferido para separar el reino divino del mortal. Por otra parte, el dios Zeus, señor de los cielos y la lluvia, era quien formaba las nubes. Su relación tempestuosa con Hera, su esposa, hizo que buscara vengarse de todo aquel la asediara. Según cuenta el autor, Ixión fue uno de ellos, que, para colmo, se le arrimó después de haber sido invitado al Olimpo. Entonces Zeus, poniendo a prueba sus intenciones creó una nube con el aspecto de su esposa. Ixión yació con ella y Zeus lo mató. Como resultado, la nube alumbró al Centauro, quien, como sus revoltosos retoños, era mitad hombre mitad caballo. "Supongo ?escribe el autor? que este mito puede considerarse una advertencia para observadores entusiastas: nunca intimes demasiado con una nube."
El libro incluye fotos bellísimas y un test Ponle nombre a la nube . Y para seguir en las nubes: www.cloudappreciationsocietey.org .





