Guillermo Brown, el héroe de vida novelesca

Miguel Ángel De Marco
Miguel Ángel De Marco PARA LA NACION
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19 de junio de 2020  • 20:39

Guillermo Brown llegó al Río de la Plata en los días previos a la revolución de Mayo,acompañado por su joven esposa, la inglesa Elizabeth Chitty. Se habían casado en Londres, en 1809, luego de establecer un compromiso modelo de tolerancia en tiempos en que no era frecuente. Las hijas que viniesen al mundo serían bautizadas y educadas según el rito anglicano que practicaba la madre, y los varones recibirían los sacramentos y enseñanzas de la iglesia católica que Brown, como auténtico irlandés, profesaba.

Nacido en Foxford, Condado de Mayo, hoy hace 243 años, aquel hombre de tez bronceada y cabellos rojizos había vivido una existencia plena de vicisitudes, que comenzaron cuando, apenas un niño, debió alejarse de su madre y hermanas para ir con su padre a probar fortuna en los Estados Unidos. A poco de llegar, una epidemia de fiebre amarilla lo dejó huérfano y hambriento. Pero, milagrosamente, un marino que lo vio en ese estado lo embarcó en su buque como grumete. Su tenacidad y afán de progreso permitió que en pocos años llegara a capitán y comandara una nave mercante que terminó apresada por una fragata inglesa. A su vez ese barco cayó en manos de los franceses, que guerreaban con Gran Bretaña, y Brown fue conducido a la prisión de Metz. Intentó huir y se lo envió cargado de cadenas a la sórdida cárcel de Verdun, donde luego de casi seis años de encierro protagonizó una fuga novelesca.

Corría el año 1804 cuando pasó a Inglaterra. A partir de entonces solo pueden hacerse conjeturas sobre sus actividades hasta que llegó a Buenos Aires en 1810

Corría el año 1804 cuando pasó a Inglaterra. A partir de entonces solo pueden hacerse conjeturas sobre sus actividades hasta que llegó a Buenos Aires en 1810. Luego de cruzar a Chile dos años más tarde en tren de comercio, comenzó a armar una pequeña flotilla mercante. Trabajaba sin pausa para comerciar con la Banda Oriental y llegar incluso a Río de Janeiro, lo cual le permitió reunir una pequeña fortuna, adquirir tierras en Colonia del Sacramento y hacer donativos a la causa patriota. En 1813 entregó veinte onzas de oro para las viudas de los caídos en la batalla de Salta. Ese año, mientras avanzaba la construcción de su Casa Amarilla en Barracas, desarrolló operaciones corsarias contra Montevideo, último bastión realista en el Plata, desde el cual los buques de Fernando VII ocasionaban grandes daños a las poblaciones ribereñas.

La decisión del gobierno de las Provincias Unidas de tomar definitivamente esa plaza, determinó la necesidad de crear una escuadra, y entre los posibles comandantes surgió el nombre de Brown. Pudo negarse pero quizá intuyó que había llegado el momento de asociar indisolublemente su nombre con la tierra de sus hijos. Resultó elegido y puso al servicio de la causa su talento natural para la guerra en el mar. Oficiales y marineros de distintas nacionalidades se unieron a los pocos argentinos aptos para servir en la reducida flota, cuya nave capitana era la fragata Hércules. Tras desalojar a los realistas de la isla Martín García, un punto de gran importancia estratégica, el 15 de marzo de 1814, obtuvo un resonante triunfo en el combate naval de Montevideo, el 17 de mayo del mismo año. Fue un contundente golpe que produjo la caída de la plaza y su rendición a las fuerzas terrestres que comandaba Carlos de Alvear. Brown cayó seriamente herido, pero en ningún momento dejó de impartir las órdenes que llevaron a la victoria.

Un año más tarde, como comodoro de una escuadrilla corsaria de la que también formaban parte su hermano Miguel, Hipólito Bouchard y otros marinos, protagonizó un raid que provocó grandes daños a los puertos del Pacífico. Los buques argentinos tomaron presas frente mismo a las temibles fortalezas del Callao e hicieron tremolar su pabellón en Guayaquil, donde Brown fue tomado momentáneamente prisionero y liberado por sus compañeros. Al regreso, confirmó que se lo acusaba de haber zarpado sin autorización del gobierno, y en vez de entrar en Buenos Aires volvió al mar sin provisiones ni recursos, en una odisea digna de un film de aventuras. Hasta que fue apresado por los ingleses en la isla Antigua, juzgado y despojado de sus presas. Tras una dura prisión marchó a Londres para efectuar sus reclamos. Su esposa y sus hijos fueron en su búsqueda, y después de perder casi todo, volvieron a Buenos Aires.

Brown se dedicó a la actividad privada, y, como el romano Cincinato, colgó la espada para labrar la tierra en su quinta de Barracas. Pero en 1826 volvió a ser convocado tras la declaración de guerra por parte del imperio del Brasil y nuevamente debió armar una escuadra de la nada. En un informe a su gobierno, al dar noticias acerca del entusiasmo que su nombramiento suscitó entre argentinos y extranjeros, el representante norteamericano John Murray Forbes lo definió como "el lord Nelson de este país". Y lo comparó con John Paul Jones, fundador de la marina de su patria. Brown izó su insignia en la fragata Veinticinco de Mayo y combatió incansablemente a la poderosa flota brasileña. Fue una lucha desigual en la que sin embargo golpeó una y otra vez a los adversarios, en el Río de la Plata y en las propias costas del imperio, a través de fulmíneas acciones corsarias.

Son célebres sus proclamas y consignas. Al entrar en acción en Los Pozos, a la vista del pueblo de Buenos Aires, lanzó: "Marinos y soldados de la República: ¿Veis esa gran montaña flotante? ¡Son los 31 buques enemigos! Pero no creáis que vuestro general abriga el menor recelo, pues no duda de vuestro valor y espera que imitaréis a la Veinticinco de Mayo que será echada a pique antes que rendida. ¡Camaradas! ¡Confianza en la victoria, disciplina y tres vivas a la Patria!". Y seguidamente mandó: "¡Fuego rasante que el pueblo nos contempla!". Meses más tarde ordenaría a sus naves, ante la visión de una compacta masa de veleros frente a Quilmes (30 de julio de 1826): "Es preferible irse a pique que rendir el pabellón".

Concluida la guerra, cuando se produjo la revolución del general Lavalle contra el primer mandatario de Buenos Aires, coronel Manuel Dorrego, fue nombrado gobernador provisorio por aquel. Sus intentos por evitar el fusilamiento del líder federal fueron vanos y se retiró a la vida privada. Pero fue llamado por el gobernador Juan Manuel de Rosas para comandar la escuadra que se formó con el fin de enfrentar las agresiones de Francia y Gran Bretaña. Luego de vencer a José Garibaldi en Costa Brava y triunfar en otros encuentros, puso sitio a Montevideo. Pero el 2 de agosto de 1845, acató la orden de Rosas de evitar acciones que agravaran el conflicto con las grandes potencias y arrió "un pabellón que por 33 años de continuos triunfos he sostenido con toda dignidad en las aguas del Plata".

Casi 7 años después caía el gobierno de Rosas. Brown, reconocido como un símbolo viviente de las glorias argentinas, respetado y querido, recibió muestras de consideración unánimes, y al morir, el 3 de marzo de 1857, el ministro de Guerra y Marina de Buenos Aires, Bartolomé Mitre, dijo ante sus restos: "Él con su solo genio, con su audacia, con su inteligencia guerrera, con su infatigable perseverancia, nos ha legado la más brillante historia naval de América del Sur".

El autor es presidente del Instituto Nacional Browniano

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