Eufemismos y laconismo académico frente a la barbarie rusa en Ucrania
Guerra: ¿silencio cuando la población civil, incluidos centenares de niños, es diezmada, y se destruyen testimonios de una cultura milenaria en las estribaciones últimas de Europa por el fuego aterrador de un autócrata sin ley y sin moral?
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La Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba ha rechazado en las últimas horas “la agresión armada de la Federación Rusa contra Ucrania” y ha dicho que también condena “las amenazas dirigidas a otros Estados soberanos e independientes de Europa”.
Con una declaración aprobada por unanimidad, la antigua asociación cordobesa se ha sumado así a otras instituciones académicas, como la Academia Nacional de Periodismo, la Academia Nacional de Medicina y la Academia Argentina de Letras, que expresaron su consternación por la violación de la paz mundial y la vulneración de principios humanitarios básicos. También se han pronunciado otras instituciones culturales en esa misma línea de pensamiento, y ochenta intelectuales se han aunado en protesta airada por la masacre que Putin está produciendo en Ucrania, al tiempo que denunciaron la ambigüedad patética del gobierno argentino en su política exterior.
La agencia oficial de noticias, Télam, ha comenzado a desarrollar una línea editorial prorrusa que provocó respuestas severas desde medios independientes y disgusto entre los países –los Estados Unidos, en principio– a los que el gobierno argentino ha encarecido una ayuda activa en sus relaciones con el Fondo Monetario Internacional en medio del aislamiento en que se encuentra el país respecto de los mercados financieros. Negar la virtud del agradecimiento es negar la más noble de las virtudes.
La declaración de la Academia de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba dice que la invasión rusa “contraría flagrantemente principios básicos del derecho internacional receptados en la Carta de las Naciones Unidas, como la proscripción del uso y de la amenaza de uso de la fuerza y la igualdad soberana e integridad territorial de los Estados”. Exhorta a la Federación Rusa a que ponga fin a la agresión, retire sus fuerzas, abandone el territorio ucraniano y cese sus amenazas a los Estados que condenan sus acciones.
Es un llamado que enriquecerá las discusiones internas en la intelectualidad todavía encerrada en silencios a pesar del “actual estado de cosas que como nunca en los últimos 75 años conmueven a la humanidad en su más honda naturaleza”. La academia de Córdoba ha proclamado que “la inusitada gravedad de la cuestión trasciende a las ideologías y posicionamientos personales”. Dice que eso amerita una reflexión “desde la comunidad académica, que por excelencia es quien orienta los conflictos por la vía pacífica y concorde al recto entendimiento de la razón”.
Esto plantea, en rigor, la vieja cuestión de si las academias deben vivir encerradas en torres de marfil. O de si deben bajar, en cambio, en casos extremos a este mundo de penas y servir con la voz experimentada de la masa crítica de sus miembros a una sociedad perpleja en momentos de excepción, mientras se desenvuelven hechos de magnitud histórica.
Tan cierto como que la primera baja de una guerra es la verdad, también lo es que la circunspección concierne al estilo habitual de las academias consagradas al fomento y amor por las ciencias y las artes. Y está bien que en principio sea así: tomar distancia de los fenómenos en desarrollo para no caer en las precipitaciones que pueden llevar al error fatal. La pregunta que cabe es si no admite esa reticencia formal salvedades que confirmen que por algo rige una regla general como la que queda expresada.
¿Silencio cuando la población civil, incluidos centenares de niños, es diezmada, y se destruyen testimonios de una cultura milenaria en las estribaciones últimas de Europa –nuestra Europa, la de la génesis de la nacionalidad junto a pueblos aborígenes– por el fuego aterrador de un autócrata sin ley y sin moral? En la mesa redonda organizada el último miércoles por los institutos de Política Internacional y de Sociología Política de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas para escuchar una exposición por demás interesante del embajador argentino Rafael Grossi, director general de la Comisión Internacional de Energía Atómica, el embajador Roberto García Moritán calificó el anuncio de Putin de haber puesto en estado de alerta los dispositivos nucleares rusos de “amenaza escalofriante”. García Moritán dijo que no se habían dicho palabras equivalentes a las de Putin en los últimos setenta años; es decir, los de la guerra fría siguiente a la finalización de la Segunda Guerra Mundial más los que siguieron hasta aquí a la implosión de la Unión Soviética en 1989/90.
Un concepto de tal calibre por parte del veterano diplomático pareció más realista que algunos eufemismos que se registraron previamente: “Tiempos difíciles”, “crisis en Ucrania”, “Ucrania bajo fuego”, “conflicto armado con desplazamiento convencional de tropas”.
La cuestión central sigue en pie. Cuando los hechos demuestran que nada igual se ha visto y sentido en Occidente en términos similares desde hace larguísimo tiempo; cuando el horror de las narraciones y las imágenes penetra en nuestros hogares y se adueña de todas las conversaciones, ¿hasta qué punto es comprensible el laconismo académico?
¿No hay una sola palabra de solidaridad humanitaria para expresar en un documento al alcance de la sociedad? ¿No se ha podido madurar en casi veinte días de masacres de la población civil y de tantas muertes de jóvenes soldados ucranianos y del ejército invasor un solo argumento para encauzar ideas y posiciones? ¿Nada que decir, incluso para llamar la atención de que había un riesgo latente en la supuesta estimulación hecha por años a Ucrania –estimulación en todo caso fallida a la hora de la verdad– de entrar en la alianza militar que supone la OTAN, en lugar de habérsele sugerido la sola invitación a ocupar un sitio, siempre de indiscutible valor, en la Unión Europea, hoy con veintisiete países miembros?
Nada más ajeno al eje definitorio de una academia que el del pensamiento único. De modo que todas las posiciones, aun las que han evitado deliberadamente la asunción de cualquier compromiso público, merecen la consideración de quienes piensan distinto. Pero sin olvido de que la situación estragada de la Argentina en tantos órdenes impele a hablar con absoluta claridad sobre el país y su relación con el mundo. Nos estamos cayendo del mapa sin siquiera agarrarnos de sus bordes.
Aprendamos de la lección de quien a juicio de colegas y discípulos ha sido el más grande entre nuestros científicos. En 1947, al recibir de la asamblea del Instituto Karolinska el Premio Nobel de Medicina, después de haber sido dejado una vez sin cátedra en la Universidad de Buenos Aires y luego una segunda vez, con la falsa excusa de que se lo jubilaba, con solo 59 años de edad, más un hijo que había sido detenido por la policía, Bernardo Houssay agradeció así la altísima distinción: “Los pueblos sueco y argentino están unidos por los mismos ideales de amor a la paz, por el culto a la libertad, la resistencia a la opresión y por el respeto a la dignidad del hombre”.
El célebre investigador creía en el mantenimiento de la tradición de las instituciones, pero también en que las nuevas miradas constituían la base de toda evolución humana. Por eso aquella definición política que puso a prueba su entereza cívica en tiempos dictatoriales en la Argentina completó la personalidad armónica de quien había recibido de la Academia el Premio Nobel por razones mucho más arduas de entender para los profanos que para un médico o un bioquímico: “Por sus trabajos sobre la influencia del lóbulo anterior de la hipófisis en la distribución de la glucosa en el cuerpo, de importancia para el desarrollo de la diabetes”.






