
Hastiados de ser pacientes
Por Alejandro López Gaffney Para LA NACION
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Todos estamos al tanto de los enormes progresos médicos. Lamentablemente, estos adelantos no sólo no han ido acompañados por los principios básicos de la medicina, que alguna vez primaron, y que consistían en acompañar y estar al lado de nuestros enfermos, sino que, por el contrario, se han alejado cada día más de ellos.
Los primeros tratamientos que deben darse a los enfermos se basan en estar, tocar; escuchar y ver. Estos "fármacos base" constituyen la base sobre la cual actúan todos los demás. Reencontrarlos, recordarlos y ponerlos en práctica no es tarea fácil, pero constituye la base para un tratamiento no sólo íntegro, sino con sentido.
Cuando el enfermo es reconocido como persona, de modo tal que puede ser mas allá de su dolencia, comienzan a hacerse evidentes los efectos de la "medicación base", fácilmente observables. No es raro que cualquier medicación que el enfermo haya estado recibiendo sea potenciada por estos "fármacos". Incluso observaremos que, en ocasiones, aplicándolos podemos disminuir las dosis de las restantes medicinas.
Estos "fármacos" a los que hago mención no son un descubrimiento personal. Por el contrario: son nuestros enfermos quienes nos los enseñan. Además, nos invitan en forma permanente a utilizarlos. Estoy convencido de que estar al costado de la cama de los enfermos sigue siendo uno de los mejores sistemas de aprendizaje online . El módem para establecer la conexión es el compromiso de ambas partes, y el password es la simple consigna de no abandono.
Si faltan esos procedimientos básicos, las técnicas de última generación no constituyen un progreso, sino un gran retroceso. Uno de los resultados que trae esta ausencia es la pérdida del sentido común, que generalmente se acompaña y potencia por la ausencia de compromiso. Estas dos son las responsables directas de la aparición de la temida pérdida de la dignidad de la persona que se encuentra enferma.
Nos hemos preparado y entrenado durante muchos años para ir encontrando respuestas y, a veces, soluciones casi inmediatas ante personas enfermas, más si la situación es crítica. Paradójicamente, no hemos sido entrenados para aprender a esperar y a respetar durante mucho tiempo. Nos cuesta demasiado comprender y asimilar que cualquier enfermedad o trauma es un proceso y que, como tal, tarda determinado tiempo en manifestarse. Ese tiempo es crucial para arribar a un diagnóstico cierto y, aún más, a un tratamiento adecuado y correcto.
Tomarse ese tiempo es importante para nosotros, los médicos, ya que nos da la posibilidad de tomar conciencia de que nos encontramos ante personas enfermas. Ese podría ser el primer antídoto contra la pérdida de la dignidad de los enfermos. Acercarnos al enfermo y estar con él nos da la posibilidad de acompañarlo durante el proceso. De esta forma, compartimos con él su dolencia. Estoy seguro de que de esta forma su dolor, al ser comprendido y compartido, será menor o más tolerable. Esta "actitud terapéutica", será potenciada por cualquier otra acción que se esté adoptando, sea farmacológica o invasiva.
Llegar a este equilibrio no es fácil. Requiere algo más que medicina: requiere compromiso, poder mirar dentro de nosotros mismos y tratar a los enfermos como desearíamos que nos trataran en esa circunstancia. Por otro lado, es cierto que en demasiadas ocasiones se nos paga a los médicos con la peor de las monedas: la ingratitud, el olvido, una citación judicial Por el mismo precio y con diferencia de segundos podemos pasar de dioses a asesinos. Así como los enfermos son personas que están cursando tal o cual enfermedad, también los médicos somos personas, y hemos dedicado nuestras vidas al servicio de aquellos.
Hay que dignificar, entonces, a la persona que se encuentra enferma. Considero que debería desterrarse el término "pacientes", ya que si de algo están hartos los enfermos es de esperar.
El sistema "moderno" de medicina no ha hecho más que atentar contra la atención de los enfermos. En demasiadas oportunidades, los profesionales de la salud nos convertimos en potenciadores de este mal, cuyos síntomas y signos predominantes son la falta de compromiso, la omisión y la desidia.
Hace muchos años que he decidido poner todas las especialidades que he cursado al servicio de los enfermos oncológicos en estadios avanzados o fases terminales. En la mayor parte de los casos, los enfermos llegan con infinidad de signos y síntomas, pero siempre sobre la base de ansiedad, angustia, miedo, terror, anorexia, pérdida de peso, insomnio y dolor. Todos estos, potenciados por la clásica frase que reciben en infinidad de casos: "No hay nada que hacer; está tomado". Los enfermos temen el dolor y la agonía, temen molestar y transformarse en una carga. Es decir: temen que su dignidad les sea arrebatada.
Este "nada por hacer" es vivido por el enfermo como un real abandono, motivo por el cual él o sus familiares comienzan a buscar medicamentos mágicos, cuando no la eutanasia como alternativa para evitar la tan temida agonía, con el fin de tener una muerte digna.
Para un adecuado tratamiento hay que asumir el compromiso de estar. Así terminaríamos de una vez por todas con el "nada que hacer" y la eutanasia como alternativa. Lamentablemente, recién en esta etapa se recuerda el concepto de calidad de vida, tan olvidado y mal interpretado. La calidad de vida es un fin en sí mismo y debemos apuntar a ella en forma diaria.
La enfermedad desnuda la esencia de las cosas, y si bien pone a la persona enferma frente a sus límites, e incluso frente a su propia finitud, con lo cual puede caer en angustia depresión y vacío existencial, puede significar un retorno a los valores básicos, a permitirle discernir entre lo esencial y lo que no lo es. Sin dudas, no sólo le da la posibilidad de buscar un sentido diferente, sino que en muchas ocasiones la empuja hacia Dios.
De algo estoy seguro, y es de que los profesionales de la salud deberíamos reparar en esta máxima, que, en realidad, lo que pone de manifiesto es un estilo de vida: "Curar, a veces; mejorar, a menudo; cuidar, siempre".




