Héroes cínicos y pragmáticos que se nos parecen

Pablo Manzotti
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22 de febrero de 2015  

Frank Underwood mira a cámara y sentencia: "La democracia está tan sobrevalorada". Por alguna razón, aun desde el cinismo y la crudeza del concepto, ese momento nos fascina. La encarnación del político inescrupuloso que realiza el inmenso Kevin Spacey logra un magnetismo supremo, colocando a la actuación, al desarrollo del personaje, como uno de los ejes principales en el éxito de House of Cards.

En esta nueva era dorada de la televisión, que muchos adjudican al gran momento que atraviesa el drama en el campo de las series, son muchas las variables que entran en juego para definir nuevos caminos narrativos. Historias que, más que nunca, toman como punto de partida la coyuntura, el momento histórico transitado como escenario para desarrollar diferentes géneros. Uno de los nuevos paradigmas tiene que ver con el cambio en el perfil del héroe. Los protagonistas de estos nuevos relatos se perciben más cercanos, tanto como los contextos y las situaciones que atraviesan. Un fenómeno que puede rastrearse en las últimas dos décadas, con productos como Twin Peaks, Los Expedientes Secretos X y, claro, Los Soprano.

"Una serie como Los Soprano tiene un efecto calmante porque, en última instancia, da por sentado que incluso a las personas más monstruosas les obsesionan las mismas preocupaciones que a nosotros", dijo el dramaturgo y guionista Craig Wright, responsable de series como Six Feet Under y citado por Brett Martin en su muy buen libro, Hombres fuera de serie. Identificación con nuevos modelos: de eso se trata la ficción en el flamante milenio.

En ese marco, el espacio político relatado con tensión dramática también encontró su curso. Si bien siempre hubo representaciones en el formato con series como M.A.S.H., que significó un fuerte alegato antibelicista en los años setenta o Yo, Claudio, producción de la BBC con las intrigas palaciegas y de poder en la Roma antigua, la oferta de los últimos años aumentó en cantidad y variedad temática.

El guionista Aaron Sorkin concibió hacia fines de la década del noventa The West Wing, una serie que tuvo como protagonista a Martin Sheen como el presidente de los Estados Unidos. La capacidad de Sorkin de generar diálogos muy atractivos en el día a día de la Casa Blanca determinó una cruza perfecta entre comedia y drama que le permitió a la serie recibir varios premios y reconocimiento crítico. Con la misma fórmula, el escritor abordó en 2012 el ámbito del periodismo en The Newsroom para HBO. Allí se concentró en el presentador y conductor Will McAvoy (el actor Jeff Daniels) para relatar la cotidianeidad de un programa de noticias. Otra vez el corazón de la historia en una serie es atravesado por la realidad y los pasillos de poder, en este caso, el de un canal de televisión. Will McAvoy tiene muchos puntos en común con Frank Underwood: cinismo, frases filosas y un pragmatismo en la ejecución de su oficio. La serie desarrolló sus historias en el marco de las coberturas de eventos como el movimiento Occupy Wall Street, el atentado en la maratón de Boston y la campaña y reelección de Obama. Las relaciones humanas en contextos reconocibles, uno de los ejes clave en la nutrida oferta de la ficción en series.

Con varios aspectos formales superiores a House of Cards, la serie Boss narra los días del alcalde de Chicago, Tom Kane, a partir de que es diagnosticado con una enfermedad degenerativa. Desde la mirada despojada del político, en una gran performance del actor Kelsey Grammer, se observan tratos espurios, lobbies empresariales y una posición resultadista frente a la política como instrumento de poder. Sin buenos resultados de audiencia, la serie fue cancelada luego de dos temporadas en 2012.

Pocas series como 24 lograron combinar tan efectivamente la relación acción, intriga política y nuevo perfil de héroe. Nacida a la luz de la coyuntura pos-11-S, instaló desde la narración en tiempo real las aventuras de Jack Bauer, un agente antiterrorista que impide diferentes tipos de ataques a lo largo de 8 temporadas, potenciado por las intrigas y conspiraciones políticas en las agencias de seguridad de los Estados Unidos y en la Casa Blanca. La serie, en sus primeras temporadas, mostró un presidente negro antes de la era Obama.

Homeland, del mismo equipo creativo, es menos visceral y presenta a una heroína, Carrie Mathison, como una agente obsesionada con la lucha antiterrorista, marcada en su juventud por el 11-S. Más luchas internas en la política de seguridad interior.

Conspiración, intrigas de poder y complejas relaciones interpersonales de protagonistas con los que se empatiza rápidamente. Un cóctel perfecto de las ficciones en serie del siglo XXI, al que House of Cards hace su aporte.

El autor es periodista especializado en cine y series, autor de Seriemanía (Random House)

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