
Historia de la condesa que inspiró a Proust
"Las dos mujeres más distinguidas que conocí en mi vida fueron Angélica Ocampo y la condesa de Greffulhe." José Bianco, Pepe, el autor de Las ratas y Sombras suele vestir, el admirador de Marcel Proust, el amigo de las hermanas Ocampo, fue quien hizo ese comentario a principios de la década de 1980, durante una comida en La cantina de Coco, un popular restaurante, ya desaparecido, de la calle Anchorena casi Pueyrredón. Hoy, la opinión de Pepe sobre la princesa Elisabeth de Caraman Chimay, condesa de Greffulhe (1860-1952), ha sido confirmada casi oficialmente. El Palais Galliera exhibe la muestra La mode retrouvée, integrada por la colección de vestidos, fotografías, pinturas, dibujos y documentos de la hermosa y elegante mujer que inspiró a Proust el personaje de Oriane, la duquesa de Guermantes.
En vida, Elisabeth, casada con el fabulosamente rico Henri, conde de Greffulhe, fue un emblema de la aristocracia internacional. La llamaban la reina de la República. Ningún soberano que pasara por Francia dejaba de visitar el hôtel particulier de la rue Astorg, donde vivían los Greffulhe. Políticos republicanos, monárquicos, la nobleza (incluida la asiática), artistas, escritores, músicos y actores frecuentaban esos salones. También la llamaban "la esposa más engañada del mundo". Para Henri de Greffulhe, Elisabeth era un trofeo que exhibía y maltrataba. Ella, mimada por el zar de Rusia, por el emperador de Alemania, por Eduardo VII de Inglaterra, cruzaba los salones envidiada por todas las mujeres y deseada por todos los hombres, menos por su marido. Éste tuvo muchas amantes. La más duradera fue la condesa de La Beraudière que, una vez muerto Henri, presentó un supuesto testamento del conde por el que los bienes de éste pasaban a su querida. Hubo un juicio del que se ocuparon todos los diarios. Elisabeth autorizó a sus abogados para que publicaran la lista de todas las amantes simultáneas y sucesivas que el conde de Greffulhe había tenido mientras se distraía con Mme. de la Beraudière. Elisabeth ganó el proceso.
Verdadera pionera del fund raising, la condesa recolectaba dinero para pintores, artistas y científicos; por ejemplo, para los Ballets Russes de Diaghilev y Nijinsky y para el Instituto de Radio de Marie Curie.
La belleza, la elegancia y la osadía estética de Elisabeth fueron las armas con las que conquistó una influencia extraordinaria en el ámbito cultural, político y diplomático. Sus vestidos de Worth y, mucho más tarde, de Jeanne Lanvin, son de un refinamiento y de una modernidad que demuestran cómo se adelantaba al espíritu de su tiempo. Worth creó para ella en la juventud el vestido de los lirios, resumen perfecto del estilo Liberty. La condesa tenía más de setenta años en la década de 1930 y lucía un abrigo de Lanvin en satén de seda negro con aplicaciones de drap de lana que podrían usar las mujeres jóvenes más a la moda de hoy. Se lo llamó el vestido surrealista. En la tapa del catálogo se la ve con el rostro casi cubierto por una capa de Otto Wegener forrada de cordero de Anatolia, en una pose provocadora para la época. Cuando el director Luchino Visconti proyectó una adaptación de À la recherche?, pensó en la bellísima actriz italiana Eleonora Rossi Drago para el papel de la duquesa de Guermantes. Y, en verdad, Rossi Drago tenía cierto parecido con Elisabeth.
Pepe Bianco vio una sola vez a la condesa, en 1947 (ella tenía 87 años), en una recepción en París. Todo el mundo pasaba dificultades para calefaccionar sus casas después de la guerra, hasta los ricos. La condesa había hecho instalar una especie de "cabaña", limitada por biombos, en el centro del salón. A su lado, había una estufa eléctrica que la protegía. Los sobrevivientes del faubourg Saint-Germain hacían cola para el besamanos. En ese espacio, Pepe la saludó apenas un momento. Elisabeth sabía que era la emperatriz del pasado. Más aún, sabía que todavía despertaba interés por el escritor al que, hasta el final, cuando él agonizaba, le había negado una fotografía: el "sobrevalorado" Marcel. La altiva Elisabeth nunca quiso reconocerse en Oriane de Guermantes. Quizá estaba tan acostumbrada a ser humillada por su esposo que no supo reconocer la devoción del joven burgués que la había venerado de lejos.




