
Historia: Perón, el mesías de las masas
En su libro Las ideas de esos hombres,Vicente Massot indaga en la formación intelectual de algunos de los protagonistas de nuestra historia. En el fragmento que publicamos revisa la cultura política del líder justicialista, sus lecturas, la influencia del pensamiento de Scalabrini Ortiz y su adhesión, siempre objeto de polémicas, al ideario fascista
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Como Perón fue básicamente un jefe político-militar de masas, hay que creerle cuando proclama: "Yo, que conduzco desde aquí, no estoy con nadie, ¡estoy con todos! Por esa razón no puedo estar con ningún bando ni ningún partido. Cuando se hacen dos bandos peronistas, yo hago el ´Padre Eterno : los tengo que arreglar a los dos".
La regla de oro, pues, para calibrar la índole de sus ideas requiere, a modo de condición necesaria, entender la naturaleza movimentista del peronismo, refractaria a todo encasillamiento ideológico y ajena, por completo, a la tentación de abrazar alguna de las grandes religiones laicas del siglo XX. Es con arreglo a lo dicho que Perón pudo escribir, durante la misma época, misivas tan disímiles como la enviada al escritor español Rafael García Serrano, en diciembre de 1963, y al movimiento peronista -con motivo de la muerte del "Che"Guevara- en octubre de 1967. Mientras al primero, seguidor de José Antonio Primo de Rivera, le confiesa: "El justicialismo y el falangismo son la misma cosa separadas sólo por el espacio (...) me halagan sus palabras de falangista que, para nosotros, suenan a camaradería", a sus subordinados les dice del "Che", desde Madrid: "Su muerte me desgarra el alma porque era uno de los nuestros, quizás el mejor ". de América". [...]
Si Perón hubiera acusado su mejor perfil como conductor y, a la vez, pensador de un movimiento de masas, difícilmente habría podido defender, sin inmutarse, posiciones intelectuales tan antagónicas. Pero fue, ante todo, un formidable hombre de acción al cual, en términos tácticos, no podían repugnarle tamañas idas y venidas doctrinarias. Claro está que jamás pensó en hacer las veces de un Fidel Castro avant la lettre ni se le hubiese pasado por la cabeza aceptar la ayuda soviética en el caso de que ésta hubiera sido posible. Ni admiró tanto a Guevara ni creyó, sinceramente, que peronismo y falangismo fuesen caras de una misma moneda.
Por lo tanto, a las mencionadas contradicciones hay que verlas como malabarismos ideológicos de ocasión. Fueron más metáforas que ideas decantadas y asumidas como propias. A partir de ellas es obvio que mal podríamos rastrear el rumbo del hombre que nos interesa. Sin embargo, no todas las suyas resultaron frases pensadas para halagar a sus interlocutores, satisfacer a una facción partidaria o, lisa y llanamente, salir del paso. Perón no era un improvisado ni un simplificador vulgar. Leyó mucho en su vida, escribió otro tanto y, por supuesto, tuvo sus mentores que sobre él ejercieron no poca influencia. Con la particular coincidencia de que, en el meollo de su ideario, hay más continuidad que rompimiento desde la década del 40 hasta su muerte. [...]
En efecto, hay unas invariantes en su pensamiento que, aun con los retoques que el propio Perón les hiciera a través del tiempo, en lo esencial mantuvieron su lozanía, a saber: la concepción movimentista impuesta al justicialismo; su idea de la conducción militar aplicable a la política; la categoría de la tercera posición; su convicción acerca de la inevitable marcha hacia el continentalismo y la mundialización; la nacionalización de las masas; el pacto social como soporte de toda arquitectura política y de la unidad de la nación; la justicia social entendida en clave distribucionista y, finalmente, el énfasis puesto en la organización, son todas ideas que viajaron junto a Juan Domingo Perón desde el ingreso al GOU hasta su muerte, en 1974.
Nada más lejos de mi propósito que sostener la imagen de un Perón cristalizado para siempre en sus convicciones de 1945. [...] La peculiaridad de Perón en este sentido es que fue sumando ideas sin descartar las que ya cargaba. Oficial distinguido del GOU, no permaneció atado a esta logia ni tampoco al ejército que pertenecía, sino que forjó un nuevo movimiento político en cuya amplísima base social halló cobijo desde el grueso de la clase obrera hasta la así llamada burguesía nacional, y en el que convergieron, casi de manera aluvional, sectores conservadores, facciones nacionalistas, grupos católicos y también desprendimientos menores de la izquierda marxista y del radicalismo. Perón, que por necesidad debía obrar como el factor aglutinante de tamaño abanico y cuya función centrípeta no debía desarrollarse aplastando las diferencias sino acomodándolas en un marco más amplio, fue recibiendo aportes heterogéneos de distintas vertientes doctrinarias, que no echó en saco roto. [...]
De los pensadores argentinos, Raúl Scalabrini Ortiz fue, intelectualmente hablando, la excepción. Perón leyó los cuadernos de FORJA -grupo sin ninguna significación electoral pero con gran proyección intelectual- y conoció en 1944 a Scalabrini. No sólo eso. El GOU recomendaba a sus integrantes los trabajos de éste, y en carta fechada en Caracas el 31 de diciembre de 1957, el ex hombre fuerte de la Argentina, ya en el exilio, le confesaría al ideólogo forjista: "A usted le cabe el honor del precursor, el formador de una promoción que alimentó a la revolución nacional". [...]
La fascinación por el Duce
Por fin está el aspecto, de lejos, más polémico de todos: ¿qué tanto le debe al fascismo? Conviene desde el vamos poner dos cosas en claro, so pena de extraviarnos en semejante búsqueda. Ni el peronismo fue un retoño tardío del Eje vencido en 1945, ni Juan Domingo Perón fue inmune a los encantos del Duce y a la experiencia que ensayó en Italia por espacio de veinte años, al menos. A esta altura de los estudios históricos, igualar a los dos movimientos, como si fuesen hermanos ideológicos, sólo separados por la geografía, no resiste análisis. Claro que tampoco puede negarse la admiración que despertó el fascismo en el coronel argentino que viajó a la península itálica de principios de 1939 a fines de 1940.
Es en parte curiosa y en parte lógica la manera en que al tema lo evitan los peronistas, que pasan ante el mismo como sobre ascuas, y lo toman gustosos sus impugnadores para enrostrarle a Juan Domingo Perón que hubiese confraternizado con uno de los monstruos del pasado siglo. Aquéllos para descartar la relación que les ha quemado siempre -a diferencia de su jefe, que nunca la ocultó- y éstos para exagerarla hasta el hartazgo, lo cierto es que el asunto ha quedado prisionero de los bandos en disputa, siendo pocos los estudiosos que lo han analizado sin anteojeras. Como sea, si se comienza haciendo un análisis comparativo, salta a la vista un dato esencial: Perón no conoció de cerca los experimentos nacionalistas revolucionarios de Cárdenas, en México; deToro y Busch, en Bolivia; y de Haya de la Torre, en Perú. Coincidió, sí, con Ibáñez del Campo y con Getulio Vargas, en su segundo gobierno, pero salvo en materia de integración regional, nada de esos regímenes le llamó demasiado la atención. Andando el tiempo, en su condición de exiliado en distintos países sudamericanos y luego en España, no trabó relación directa de importancia ni con Castro ni tampoco con Nehru, Nasser, Tito o Mao, sumado al hecho de que, aun teniendo la posibilidad de viajar, prácticamente no se movió de España. [...]
Ahora bien, veamos qué comentarios vertió de Benito Mussolini y del fascismo y cuándo. Porque lo notable del caso es que, de cuanto vio en Italia durante su estadía, y de la impresión que le causó, su juicio de valor fue siempre el mismo: laudatorio.
En su autobiografía, dictada al final de su vida, reconoció sin remordimiento: "No me hubiera perdonado nunca al llegar a viejo, el haber estado en Italia y el no haber conocido a un hombre tan grande como Mussolini. Me hizo la impresión de un coloso cuando me recibió en el Palacio Venecia. No puede decirse que fuera yo en aquella época un bisoño o sintiera timidez ante las grandes personalidades. Yo había conocido a muchos gigantes. Además, mi italiano era tan perfecto como mi castellano. Entré directamente en su despacho donde estaba él escribiendo; levantó la vista hacia mí con atención y vino a saludarme: Yo le dije que, conocedor de su ciclópea obra, no me hubiera ido satisfecho a mi país sin haber estrechado su mano". En el mismo relato, casi póstumo, recordó también que se había tomado el trabajo de estudiar en profundidad los fundamentos del fascismo al tiempo que completó dos cursos de Economía Política en Turín y Milán. Descubrió entonces, según su relato, que el movimiento predicho había llevado al pueblo italiano a un grado de participación política y social de la cual siempre había estado excluido. Por su parte, a Esteban Peicovich le explicó en 1965, en un reportaje que el periodista le hizo en Puerta de Hierro: "Hace veintidós años yo vine a Europa. Aquí me di cuenta de lo que venía ( ) me enseñaron a darme cuenta de los problemas esenciales. Por ejemplo, el sindicalismo". [...] Ello sin contar lo que escribió en La hora de los pueblos : "Tanto los comunistas como los nacionalsocialistas han realizado su revolución más o menos violenta, y la primera medida es la supresión de los partidos políticos, que en realidad de verdad constituyen un andamiaje demoliberal. El fascismo va más allá: restituye el poder de las corporaciones y marcha hacia el Estado sindicalista".
De lo expuesto se deduce, sin necesidad de forzar el argumento ni de extraer unas conclusiones fuera de contexto, que Perón, poco amigo de reconocer influencias ajenas, de ningún otro momento de su vida y de ninguna otra arquitectura política fue tan claro como cuando recordó su viaje a Europa -de manera especial, a Italia- y confesó lo que había aprendido del fascismo. ¿Para copiarlo?
No, aunque haya tomado y tratado de adaptar a la idiosincrasia argentina y al escenario posbélico en el que le tocó actuar algunas de las ideas y formas de organización que le impactaron en el Viejo Continente.






