
Historias a medida
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Las pelucas que estaban de moda en el siglo XVIII hacían que la gente con ganas y posibilidades de ser elegante desconociese el problema -o la condena- de la calvicie, efecto, aunque seguramente menor desde un punto de vista exigente, en absoluto desdeñable. Pero hay, además, una circunstancia asociada con ese hecho que suele pasarse por alto, pese a merecer atención: esas pelucas, las femeninas y las masculinas, eran blancas, de suerte que sus portadores, en unos casos, adquirían aspecto de vejetes y, en otros, lo disimulaban, lo que venía a representar un atisbo de equiparación en cuanto a edad entre quienes participaban "en el gran teatro del mundo".
Cabe relacionar tan peregrino hábito pelucón con que esa época había hecho la nada frecuente opción de tomar como paradigmas loables las cualidades de la adultez avanzada, amaneramiento en rigor coherente con la contemporánea adhesión al racionalismo, a la ilustración, al optimismo. Pues si postulamos que las cosas se comprenden, se aprenden o se perfeccionan, es claro que, en los tres casos, nos hallamos ante procesos que, eventualmente, podrán ser hechos mejor en tanto sean encarados con más experiencia y con mayores conocimientos. En general, todas las etapas razonables y conservadoras por las que han pasado las sociedades dedicaron una cierta cuota de buena voluntad hacia los viejos cuya supervivencia atestiguara, con alguna necesaria fuerza propagandística, que el medio en que habitaron no había sido tan hostil. Nada hay de extraño en esa actitud, sólo que el Siglo de las Luces la exageró bastante, hasta convertirla en su sello característico.
Por supuesto, y al contrario de lo que es común creer, el encomio de los valores unidos al transcurrir de los años tiende a desvalorizar las etapas pretéritas: lo anterior es siempre, hasta por definición, inferior a lo actual, dado que esto no es sino aquello con una mayor elaboración, ejecutada, justamente, por esos ancianos que ahora obligan a nuestro reconocimiento. Ese estado de ánimo determina que prevalezca una marcada indiferencia acerca del sentido de la historia y de la posibilidad de que ésta esté sometida a leyes normativas o se rija por tendencias incontrastables. El individuo es plenamente libre y, por lo tanto, ahistórico. Lo ahistórico reflejado en los espejos de Versalles desembocó, según se sabe, en el ciclo de las revoluciones del jacobinismo intemperante y del romanticismo voluntarista.
¿Se prepara algo semejante en los días presentes? No hay respuesta para esta pregunta, por la buena razón de que conocer el futuro nos está vedado, por mucho que pululen en el ambiente multitud de indicios que cada uno tomará como mejor le plazca. En principio, se diría que vivimos en un continente hasta tal punto integrado, conformista, democrático y mesocrático, que apenas resulta concebible -o, en todo caso, requeriría un esfuerzo de imaginación mayúsculo, impropio de nosotros- admitir como posible la reavivación del antiguo fuego.
Pero, por otro lado, el hombre actual, al abdicar de las libertades tradicionales, se ha reservado una muy especial y muy considerable, cuyo ejercicio bien podría mañana lanzarlo a la aventura de querer recuperar todo aquello de lo que se ha desprendido. Es la libertad de hacer mangas y capirotes con la historia, es decir, la libertad de instalarse en la ahistoria, es decir en la dimensión de la arbitrariedad retrospectiva. El mecanismo intelectual al que se apela para cohonestar esa actitud es bien conocido, por lo menos desde que fue descrito por Spengler. Consiste, meramente, en prescindir del pensamiento analógico y llenar los baches del conocimiento positivo con subjetividades favorables a las posiciones que el expositor hace suyas, recurso dialéctico por demás simplificador y cuyas postulaciones constituyen, por ahora, el universo de lo "políticamente correcto".
Como esos antojos no tienen que ver con las cosas tangibles, sino con los juicios de valor, de manera inmediata sólo se refieren al pasado, a la historia en conjunto, a sus fermentos ideológicos o artísticos y, en menor medida, a los monumentos que ha erigido, como las instituciones públicas, las pautas jurídicas o las convenciones sociales. Pero siempre se trata del pasado -o de un pasado- que se explica de un modo o de otro, de un pretérito que se demoniza o se canoniza. Se llega, en el afán de enmienda moralizante, a extremos asombrosos: todo puede ser sustentado sin necesidad de argumentos, con sólo formular la salvedad de que acaso aparezcan más adelante.
Ajustada a la ley de la novela histórica, que es el anacronismo, la cinematografía norteamericana se ha dedicado últimamente a hacer películas didácticas que muestran el aporte de algunas comunidades -los negros, los indios- a las que por algún motivo se desea mostrar como partícipes destacadas en la construcción nacional. Los abusos y disparates a que lleva la voluntad de hacer figurar a ciertos grupos, minorías o sectas, como cumpliendo una función social halagadora son demasiado conocidos y no vale la pena abundar sobre ellos, porque enunciarlos originaría resquemores; los juicios sobre arte, sobre política y comportamientos individuales están tan fuertemente condicionados que más que juicios cabría llamarlos sentencias.
Como es natural, los displicentes príncipes no se preocupan por los atropellos que cometen algunos iconoclastas fanáticos. Al fin de cuentas, no hacen sino hablar mal de lo que se tuvo por bueno en tiempos de Maricastaña, menester muy humano y, en el fondo, bastante afín al onanismo. Sin embargo, bastaría un pequeño giro en la perspectiva de ataque de esa bestia, enconada con el pasado, para que la acometida apuntase de lleno al mundo innumerable que custodian esos mismos príncipes. Porque, aunque nadie lo advierta, la libertad para inventar la historia no equivale a dar por sentado que ésta es un resumen de dictámenes convenientes a quienes poseen el poder, el dinero y el prestigio, sino a afirmar, lisa y llanamente que la historia no existe. Pero si ésta no existe, el mundo carece de justificación y la misma discrecionalidad con que se decide qué pasó puede muy bien servir para disponer que ciertas cosas dejen de ser, incluido el orden cimentado en esa arbitrariedad o prepotencia, a veces llamada "otra historia".
Se daría, pues, la paradójica circunstancia de que el mismo elemento previsto para la sumisión sería capaz de destruirla, de aniquilar, acaso, su manifestación presente: si puedo modificar lo anterior a mi capricho, ¿por qué no podría hacer lo mismo con lo actual? Pero, por el momento, las preocupaciones permanecen en regiones etéreas; digamos, ¿piensa el príncipe que las armas que lo protegen pueden ser, también las que acaben con él...? O, más en concreto, ¿piensa el príncipe? O, en fin, para prescindir ya redondamente de circunloquios, ¿hay príncipes? ¿Y habrá su contraparte, alguien que piense en la libertad...? Quién sabe; pero ésa es la historia, no obstante todas las manipulaciones, las intentadas y las planeadas, y pese a la extendida convicción de que somos muñequitos de plastilina. Mañana el horizonte será gris, rojo o áureo. Justamente ése es el enigma. En el próximo capítulo se verá el desenlace de lo que hoy nos preocupa.





