
Historias de amistad
LANACION.com publica algunas de las crónicas y fotos que nos han enviado nuestros lectores con motivo al día del amigo
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Amistad a la Mexicana
Mi mejor amiga se llama Erica. Nos conocimos en el colegio en México el primer día de clases. Ella era nueva en la escuela y yo estaba encargada de cuidarla durante la primera semana, como hacen con los chicos nuevos para que se puedan adaptar rápidamente.
Esa semana comíamos debajo de los árboles y hablábamos de todo, parecíamos amigas de la vida. Ella era de Estados Unidos y yo de Argentina y teníamos pasados muy diferentes, pero nos unían muchas cosas. Comenzó a pasar el tiempo y mejor nos llevábamos, prácticamente era parte de la familia... y yo de la suya.
Vivimos muchísimas cosas juntas, momentos felices y momentos tristes. Cuando pasaba tiempo junto a Erica sentía que el tiempo volaba, y que éramos nada mas nosotras dos en el mundo. Hacíamos todo juntas, recuerdo que no había un fin de semana sin ella, y durante la semana en clase... ¡¡¿¿quien no paraba de hablar!!??
Era la hermana que nunca tuve ya que cuando salíamos me prestaba su ropa y yo la mía... ¡¡¡calzábamos igual!!! y me cuidaba en todo momento, por más distraída que es.. Más no podía pedir... hasta que tuve que regresar a la Argentina... me dolió mucho dejarla, cuando lloré me retó y me dijo que nos íbamos a volver a ver y que me secara las lagrimas.
Le hice caso. Por más de que no vivamos en el mismo país nos seguimos hablando (¡¡me vino a visitar dos veces de sorpresa!!) y nuestra relación no ha cambiado al paso del tiempo, por más de que estemos a kilómetros de distancia... hace poco volé a México para su graduación y verla de vuelta fue algo muy emocionante ya que no ha cambiado y sigue siendo la mejor amiga que uno puede pedir, o mejor dicho, hermana.
Si alguna vez lees esto, quiero que sepas que te olive juice.
Enviado por Melissa Ermili
Mi amiga de Taiwán
Mi mejor historia de amistad tuvo lugar en Taiwán. Sí, ese pequeño país-isla ubicado al Este de Asia a miles de kilómetros de Argentina, superpoblado, húmedo, impregnado de fuertes olores, colores, y motocicletas por doquier.
Había ganado una beca de estudio de idioma chino por un año, y vivir tal aventura me había hecho olvidar las diferencias culturales que tenemos con Oriente. Luego de casi dos días de viaje, llegué a Taipei donde me esperaba una minúscula habitación a compartir con siete mujeres de distintas procedencias; entre las que se encontraba Laura de rasgos indios.
Unos libros de español situados sobre un escritorio me llamaron la atención, pero mi sentimiento de autodefensa generado por tremendo shock cultural me impedía formular todo tipo de preguntas. Luego de varios días, alguien golpeó la puerta buscando a una japonesa. Laura giró tímidamente hacia mí preguntándome si por casualidad yo lo era, aunque no tuviera ojos rasgados. Le respondí: soy argentina. Ella dijo: soy ecuatoriana y estoy en Taiwán por una beca de idioma chino.
Sorprendentemente nos encontramos experimentando idénticos miedos por una cultura ajena a nosotras, pero unidas no sólo por el mismo programa de estudio sino por valores y creencias muy similares. Desde ese día, en aquel hostel, hasta el presente, aunque en países diferentes, seguimos manteniendo una amistad que más que amistad se transformó en hermandad.
Enviado por Andrea Navas Pontoriero
Inspiración
Dos violetas en el agua
No se pueden marchitar
Las amigas que se quieren
No se puede olvidar
Esa es nuestra pequeña prosa que con mi amiga Brenda nunca olvidamos, siempre recordamos. Pondría tantas vivencias, infinitas conversaciones y millonadas de sentimientos en estas líneas que seguro tendrían los lectores ganas de ser nuestros amigos.
Con este vínculo aprendo mucho. Pongo la firma que la amistad existe pese a la distancia geográfica, momentos de la vida y los tiempos acelerados que hoy se corren. Estamos mas juntas que mucha gente que convive día a día. De eso estoy segura.
El estar cerca, en sintonía, lo descubro como algo que trasciende, una cuestión mágica como de actitud para con el otro. El respeto, cariño, el abrazo físico y verbal, intimidades, debilidades compartidas, consejos y silencios entre otras muchas y variados condimentos que tiene esta amistad tan hermosa que me llena de orgullo y felicidad. Gracias Bren por inspirarme a sentir y querer.
Enviado por Ivana Baichman
Amistad fraterna
La amistad con mi hermana cambio mi vida o, más bien, nuestra amistad fue cambiando a medida que nuestras vidas transitaron etapas distintas. En todo caso, fue en la madurez que supe apreciar su importancia vital. Creo que la amistad entre hermanas comienza a valorarse, verdaderamente, en la vida adulta. Y hoy no sabría que hacer sin ella.
Nací entre tres hermanos y, dos años mas tarde, nació mi hermana, con quien compartí desde la infancia –y a los ponchazos- la misma habitación. Peleas, rivalidades, risas, mas peleas. La gran ventaja de combinar en una misma persona a la hermana y a la amiga es que se pueden sobrevivir peleas que pondrían fin a cualquier otra amistad. La nuestra se convirtió en un vinculo sólido, inescapable.
En esta amistad reconozco buena parte de nuestra historia. Secretos, confidencias y anécdotas familiares. Las cualidades mas valiosas y las peores fallas. Y todo eso reconforta, porque se puede ser uno mismo y sentirse cómodo. Por mi hermana (y por mis hermanos, cuya amistad, aunque diferente, no es menos fundamental) les estaré eternamente agradecida a mis padres.
Vivo lejos. En la distancia -que influye en toda relación- suele visitarnos el fantasma del olvido, el temor a dejar de estar presente en el otro.
Osvaldo Soriano creo que dijo que “el que se fue, se muere”. Por eso me esfuerzo tanto –con la ayuda de la tecnología- en mantener viva nuestra amistad.
Enviado por Matilde Davison





