
Historias de boleadoras
Esa curiosa invención humana hoy es un objeto pintoresco de museo
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Como el bumerán, arma arrojadiza única en el mundo, creada por los aborígenes australianos, la boleadora es un artefacto exclusivo de las pampas, y el recurso local por excelencia. En efecto: los antiguos habitantes de Pampa y Patagonia no utilizaron nunca el arco ni la flecha. Por eso, un ataque cuerpo a cuerpo se denominaba, antiguamente, "combate a lanza y bola".
Así como los pampas y sus vecinos araucanos adoptaron rápidamente el caballo abandonado por los españoles, convirtiéndose en jinetes imbatibles, los blancos aprendieron en la práctica que el mejor instrumento de lucha, en el desierto, era la lanza o pica, en tanto que las boleadoras constituían un elemento perfecto de persecución.
La literatura de la época da noticias de tres tipos de boleadoras
La literatura de la época da noticias de tres tipos de boleadoras. La "avestrucera", que constaba de sólo dos pelotas y se utilizaba para voltear ñandúes en las partidas de caza, aunque tenía también otros usos. La "potreadora", conocida también como "Las tres marías", que se componía de dos esferas de piedra, más pesadas, y una tercera con forma de "manija". Cada uno de estos elementos tenía sus ramas de soga trenzada, generalmente de cuero, y de más de un metro de largo. La revoleaban sobre la cabeza y la arrojaban con gran puntería, trabando las patas traseras del guanaco, el gamo, el yeguarizo o el caballo de un enemigo que huía. Los paisanos rara vez erraban el tiro, y cuando la presa perseguida rodaba e intentaba levantarse, en seguida se encontraba con el perseguidor pronto al degüello.
Un tercer tipo de arma es la llamada "bola perdida", que se componía de una sola esfera de piedra, con un círculo tallado en su ecuador para anudar la soga, y se arrojaba a la manera de un mortífero piedrazo. Obviamente, el elemento imprescindible de estas armas era el canto rodado, es decir, la piedra redondeada por la erosión, que constituye un proyectil perfecto. Y bien abundante en los Andes y las serranías.
En la década de 1860 era común que los criollos salieran "a las boleadas", fuera del área protegida por los fortines. También los indios lo hacían: para algunos constituía un malón encubierto, ya que, de presentarse la ocasión, los pampas atacaban a las galeras con sus pasajeros, o las postas del camino o los ranchos de la frontera. El caso es que unos y otros salían armados y prevenidos a estas partidas de caza que podían convertirse en combates, ya que cazar requería campo abierto y animales silvestres en libertad. O sea: era preciso aventurarse fuera del propio refugio.
Era común que los criollos salieran a las boleadas, fuera del área protegida por los fortines
Dice don Alberto Azcona: "Era una actividad riesgosa. Muy gaucho tenía que ser el que la emprendiera, y muchos boleadores morían degollados, por acercarse demasiado a las tolderías" (Guerra en las Pampas, 1994). Estas operaciones de caza se realizaban en primavera u otoño. Los cazadores operaban en partidas muy numerosas, para defenderse de eventuales enemigos y también por el enorme territorio a cubrir. Marcaban un cuadrado de varias leguas, encendiendo hogueras a lo largo del perímetro, y también el centro de esta figura, que era el punto de reunión, con un fuego. Desparramados sobre este cuadro, los cazadores estrechaban paulatinamente el cerco, y a medida que se acercaban al centro iban boleando avestruces, gamos, guanacos y otras presas, grandes o chicas. Una vez derribado el animal, el cazador indio o gaucho saltaba de su caballo y lo degollaba de un solo tajo, para después montar otra vez y seguir su faena.
Las partidas de boleadores se componían de hasta 300 hombres, repartidos en "punteros", "batidores" y boleadores propiamente dichos.
Algunos famosos en esta historia. El capitán Pablo Vargas, conocido baqueano que, según testimonia el viajero francés Alfredo Ebelot, era capaz de enfrentar a grandes partidas de indios con sus boleadores junineros. (Nota: en el campo no se decía entonces, ni tampoco ahora, "juninense" o "rojense" sino juninero o rojero). Otro personaje, baqueano del general Hilario Lagos: don Carpio Caro. Su nombre real era José Policarpio Caro. Oriundo de Rojas (o sea, "rojero", por lo que decíamos antes) sirvió a las órdenes del General Bartolomé Mitre. Según afirma Dionisio Schoo Lastra en La Lanza Rota, era un hombre de medios y muy aficionado a las boleadas. Don Carpio Caro murió junto a su hijo, lanceado por los indios en la laguna "La Picasa" de Junín. Otro personaje memorable: don Faustino Leiva, de Bragado, autor del proverbio: "Si peleás, matá". Este consejo cruel, que recomendaba no dejar enemigos heridos a la espalda, era obedecido por todos los hombres de acción de nuestra tierra.
Algunas boleadas históricas: al General Paz le bolearon el caballo en los campos del Tío, cambiando el rumbo de la historia. El coronel prusiano Federico Rauch, que sirvió en las guerras napoleónicas y luego en nuestro ejército, como terrible enemigo de los indios, fue derribado en la acción de Las Vizcacheras. Los pampas le bolearon el caballo y, viéndolo caído, lo lancearon hasta matarlo. Algunos pormenores históricos: el autor personal de la muerte de Rauch habría sido el cacique ranquel Nicaso Maciel, apodado "Arbolito". Para ilustrar sobre el carácter del prusiano basta mencionar sus partes militares, en los que hacía gala de impiedad: "Hoy, 18 de enero de 1828, para ahorrar balas, hemos degollado a 28 ranqueles". Estos mismos guerreros del Rancul Mapú (País de los Cañaverales) lo mataron en 1829.
La boleadora, esa curiosa invención humana, hoy es un objeto pintoresco de museo. Pero cumplió un papel esencial en la gestación de la Argentina
Algo parecido le pasó al caudillo entrerriano Francisco Ramírez, pero a manos de cristianos. En una retirada, huía de los hombres de Estanislao López, junto a su compañera de siempre, la portuguesa Delfina, cuando a ella le bolearon el caballo. Éste no rodó pero empezó a marchar con lentitud, rezagándose. Don Pancho volvió grupas para salvar a su mujer, y allí también fue boleado. Los dos murieron lanceados.
Un segmento de las tropas de Urquiza, dentro de la contienda de Caseros (31 de enero de 1852) puso en fuga a las fuerzas de Rosas, y en la persecución fueron boleados los caballos de 200 federales. En esta ocasión, piadosamente, los tomaron prisioneros.
La boleadora, esa curiosa invención humana, hoy es un objeto pintoresco de museo. Pero cumplió un papel esencial en la gestación de la Argentina. Conviene señalar que, en esta gran guerra étnica de cuatro siglos, nunca existieron dos bandos bien diferenciados. En efecto, grandes caciques como Cipriano Catriel e Ignacio Coliqueo integraban las huestes de "indios amigos" combatiendo muchas veces contra sus hermanos de sangre. A la vez, numerosos cristianos como el histórico coronel Manuel Baigorria o los hermanos Saa, y hasta el irlandés Peter Campbell (desertor de las Invasiones Inglesas) se integraron a las tolderías y participaron en malones con saqueo y cautivas. Era un tiempo de valores distintos, hoy incomprensibles.
Bigliografía: De Estanislao Zeballos,"Viaje al País de los Araucanos". Del R.P. Meinrado Hux: "Caciques puelches, pampas y serranos";"Caciques huiliches y salineros"; "Caciques borogas y araucanos"; de Manuel Prado, "La Guerra al Malón".



