
Historieta argentina
Por Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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Alicia, el incómodo y risueño personaje de Lewis Carroll, se quejaba de los libros que no tuvieran imágenes. Le parecían aburridos. Otra niña, más real y cercana, me dijo que prefería leer historietas porque no hay un “relator” que se pone a hablar. “Sí, los personajes hablan, pero uno inventa la historia”, agregó, impaciente por terminar una nueva peripecia de Asterix.
La sensación de que uno inventa la historia, cuando en realidad ésta ya fue delineada, quizá se deba a la inmediatez del relato y a la sucesión de los cuadritos. Aunque estamos frente a un libro, lo que ocurre en esas páginas se ve y, de alguna manera, también se escucha. La historieta, más allá del virtuosismo del dibujante, es uno de los géneros más propicios para ejercitar el diálogo. Los personajes adquieren cuerpo a través de una voz.
Nuestro país cuenta con historietistas legendarios, que han influido a varias generaciones y cuyas obras circulan por distintas partes del mundo. De allí que en Francia acaban de publicar un libro que reúne gran parte de la producción nacional a lo largo del siglo XX, bajo el sencillo título de Historieta, con presentación de José Muñoz. Por su parte, el escritor Juan Sasturain, a cargo de un prólogo, marca la diferencia de la nominación de este “noveno” arte, como suelen llamarlo, con respecto a otros países. “En la Argentina no se habla de dibujos animados, ni de cómics, ni quadrinhos, tebeos o fumetti, sino de historieta, poniendo el acento en el aspecto narrativo del noveno arte o incluso, como lo hace el semiólogo Oscar Masotta a propósito de Gould, Breccia o Crepax, de literatura dibujada.”
El libro, de bellísima gráfica, compila lo mejor de la historieta argentina, desde las publicaciones satíricas como El Mosquito o Don Quijote, de mediados del siglo XIX, hasta las nuevas producciones de la revista Fierro. Resalta a algunos personajes emblemáticos del imaginario nacional: Patoruzito, Don Nicola, el Sargento Kirk, Mort Zinder, El Eternauta o Mafalda, y enaltece a algunos artistas como Dante Quinterno, Guillermo Divito, Eduardo Ferro, Roberto Battaglia, Héctor Oesterheld o Alberto Breccia. Sasturain establece algunas diferencias, rupturas y reinvenciones. Por un lado, la originalidad de Oski, Landrú y Copi; pero, sobre todo, entre 1957 y 1962, el auge de la aventura en clave de “realismo humanitario, en una apuesta anticonvencional y de complejidad psicológica” que surge con Oesterheld y los dibujantes Pratt, Breccia y Solano López.
El libro es un paseo visual por distintas zonas de nuestras costumbres, desde las más coloquiales y simpáticas hasta las más aberrantes e insólitas. Podría considerárselo un muestrario del ser argentino, en sus múltiples facetas. Llama la atención que en las primeras páginas se le ofrece al lector francés un mapa de la Argentina junto a una actualizada cronología histórica, que llega hasta la asunción de Cristina Kirchner en diciembre de 2007. Cabe preguntarse si esta intención de anclar la historieta a la Historia no es una forma de vislumbrar un mapa geopolítico de la imaginación. El país de las maravillas (y sigue), un lugar en donde, como la misma niña mencionada dijo a propósito de la historieta, “se pueda leer con expresiones y no que un relator te mande”. Quizás allí haya menos litigios y libertad de expresión. El país de las maravillas.





