
Ideologías: en defensa del liberalismo
Durante una entrevista con Enfoques en junio último, Alberto Benegas Lynch (h.) afirmó que el liberalismo debe tender puentes con cierta izquierda. En Cavilaciones de un liberal (Lumiere) amplía sus conceptos y sale al cruce de las críticas que recibió en aquel momento
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James M. Buchanan cuenta que al entrar al curso de economía que impartía Frank Knight todos sus condiscípulos y él mismo eran socialistas. Explica que después de haber pasado por los rigores académicos de aquel profesor unos se hicieron liberales, entre los que él se contaba, y otros mantuvieron su posición socialista.
A raíz de esa experiencia Buchanan mantiene que, a grandes rasgos, hay dos tipos de socialistas. Están aquellos que tienen una gran devoción por la libertad y las autonomías individuales pero al no haber sido expuestos al análisis económico con la debida profundidad patrocinan medidas que, en definitiva, perjudican a todos, muy especialmente a los más necesitados (...).
En esta misma línea argumental, se presenta un problema de comunicación. Muchos son los poetas, literatos, artistas, profesionales y miembros de algunas iglesias que consideran el estudio de la economía como algo subalterno y despreciable. Afirman que no es para ellos el estudio de la ley de la oferta y la demanda, el multiplicador bancario y la política fiscal. Consideran que persiguen objetivos mucho más nobles y sublimes, pero, curiosamente, cuando se pronuncian sobre temas sociales y económicos respaldan proyectos y propuestas que empobrecen grandemente a la gente.
En modo alguno se trata de mantener la mirada en lo crematístico. Muy por el contrario, el liberalismo es el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros. Es, antes que nada, una concepción ética de vastas dimensiones. En abstracto: respetar al prójimo suena como algo natural y evidente. Sin embargo, constituye una flagrante falta de respeto a la dignidad de las personas cuando, por ejemplo, se instauran sistemas educativos que imponen programas y bibliografías a los educandos, cuando se impone esa esclavitud transitoria llamada "servicio militar", cuando se pretende que la gente es capaz para elegir a gobernantes pero incapaz de manejar sus propias vidas, cuando los mandones del momento usan prepotentemente el fruto del trabajo ajeno, cuando hay amenazas directas o indirectas para ejercer la libertad de prensa, cuando, en nombre de la llamada "cuestión social", se impone a la gente aportes coactivos que implican las estafas más burdas, cuando, en nombre de la seguridad se restringe la libertad, estableciendo escuchas telefónicas, violación de la correspondencia y detenciones sin juicio previo.
Según explica Buchanan, aquel primer grupo de socialistas devotos de la libertad, al encontrarse frente al rigor de los estudios sociales, ven el atractivo de la concepción liberal, mientras que el segundo grupo está constituido por aquel tipo de socialistas que llevan en sus entrañas un deseo irrefrenable de manejar vidas ajenas. Siempre según Buchanan, estos últimos resultan indiferentes al rigor intelectual. Más aún, prefieren deslizarse por la pendiente nihilista antes de aceptar las premisas liberales. Comparto plenamente esta clasificación buchaniana.
He conocido muchos socialistas de los dos tipos y pienso que resulta de una enorme fertilidad el tender puentes hacia las izquierdas del primer tipo. En los casos de las conversiones siempre me ha resultado muy provechoso conocer cuáles eran los autores, las ideas y las concepciones que cultivaban ex socialistas y, concretamente, cuáles fueron los argumentos y cuáles los pensadores y las discusiones que provocaron las transiciones intelectuales (...).
Honestidad intelectual
Una demostración de la honestidad intelectual de algunos socialistas puede ilustrarse con el caso de Breatrice y Sidney Webb, quienes fueron corresponsables de la fundación de la Sociedad Fabiana en Inglaterra. El nombre proviene de Fabio "el conquistador" quien venció a Aníbal en las Guerras Púnicas con su táctica de infiltrar las filas enemigas. Asimismo, el símbolo de la Sociedad Fabiana es una tortuga que revela la importancia de la paciencia. En todo caso, esta sociedad, a su vez, estableció la London School of Economics and Political Science. Sus fundadores decidieron contratar las mejores mentes, independientemente de las tradiciones de pensamiento que suscribieran, ya que estaban convencidos que serían convertidos al socialismo "por la vía científica". Así es que contrataron a Edwin Cannan, Arnold Plant, Ronald Coase, Friedrich A. von Hayek, Lionel Robbins y otros pensadores liberales de fuste que, en buena medida, contribuyeron a modificar la dirección de esa casa de estudios durante un período importante de su historia.
Esto último revela la honestidad intelectual de aquellos socialistas. Estas consideraciones para nada significan que hay un socialismo bueno y uno malo. El socialismo siempre apunta a debilitar y, en última instancia, a eliminar el derecho de propiedad y, consecuentemente, las libertades civiles. Incluso en los primeros tramos de un socialismo tímido e incipiente, no siempre se presta la suficiente atención a las consecuencias que se desatan en dirección a perjudicar de modo muy especial a las personas cuyos ingresos son más reducidos que los del resto de sus congéneres. Las buenas intenciones no modifican los resultados que generan las políticas desacertadas (...).
No quiero caer en las falacias de generalización tan bien explicadas por John Stuart Mill, al aludir específicamente a las características de las personas que comentaron mi reportaje, desaprobando algunas de mis reflexiones. No pretendo que la clasificación abarque necesariamente a otras personas que pueden formar parte de la misma tendencia.
En primer término, algunos conservadores que no admiten que haya hablado de tender puentes a los socialistas aunque se trate de aquellos que se horrorizan frente a los Gulags o los campos de exterminio. La tradición conservadora puede ubicarse en las postrimerías de la Revolución Inglesa de 1688, la cual pretendía conservar los privilegios reiteradamente otorgados por la corona y, por tanto, en oposición al espíritu liberal encabezado por Guillermo de Orange y María Estuardo y basados en las ideas expuestas, primero por Algernon Sidney y, más tarde, por John Locke. En verdad, la concepción conservadora se sitúa en la arena política. El conservador se inclina por la idea del "filósofo rey" de Platón, mientras que el liberal centra su atención en los límites al poder para minimizar el daño que puedan hacer los gobernantes.
Los conservadores (...) muestran cierta aprehensión respecto de los procesos abiertos de evolución cultural, mientras que el liberal acepta la coordinación que llevarán a cabo infinidad de arreglos contractuales y que producen resultados que ninguna mente puede anticipar. El liberal rechaza la idea de la planificación estatal que parte del supuesto de que un comité de sabios puede manipular información que ni siquiera está disponible, puesto que los propios sujetos actuantes no saben a ciencia cierta qué harán en el futuro debido a que las cambiantes circunstancias harán que modifiquen sus decisiones.
Los conservadores a que me refiero reflejan una especial reverencia por la autoridad si ésta puede mantenerse en el poder independientemente de las veleidades planificadoras de que ese gobierno esté imbuido. Tienden a alambrar fronteras mientras que el liberal es cosmopolita y librecambista. El conservador es tradicionalista como adhesión incondicional al statu quo, mientras que el liberal es respetuoso de las tradiciones en un contexto evolutivo. Los conservadores de nuestro caso suscriben la alianza entre la Iglesia y el Estado, mientras que el liberal la considera nociva y peligrosa. Como ha dicho Hayek, el conservador es siempre partidario de una tercera vía entre las posiciones que se ubican en las alas y, por tanto, en última instancia, no hace especial hincapié en metas propias ya que, habitualmente, se trata de una postura política que busca consensos, antes que una posición intelectual propiamente dicha.
Estos conservadores no aceptan el valor del pluralismo y la vinculación con otras tradiciones de pensamiento que cuestionan lo establecido. Son frecuentemente partidarios de la censura a ideas o a imágenes que consideran inmorales, sin tener en cuenta que la aceptación o el rechazo de ciertas concepciones son fruto de perspectivas axiológicas que derivan de procesos educativos en donde compiten teorías rivales y que la alimentación o el repudio de ciertas actitudes en modo alguno se corrige con la censura, sino a través del apoyo o reprobación de específicas actividades por parte de la gente para que, de este modo, ejerza su responsabilidad (...).
Por último, "los liberales a la cachetada" de la Argentina, esto es, los menemistas. Estos han sido los más agresivos. Se sienten molestos cuando se recuerda la farandulización del poder, la destrucción de la división de poderes, las reformas constitucionales para reelegir "al jefe", el aumento astronómico de la deuda pública, el gasto estatal y el déficit fiscal, los "robos para la corona" y demás tropelías. Se sienten tocados cuando se expone todo esto como ejemplo de antiliberalismo. En algunos casos apoyaron todo a rajatabla y, en otros, se hacían los distraídos respecto del desbarranque ético del sistema. Estos individuos que en general no han hecho ninguna contribución intelectual, claudicaron en los principios éticos más elementales en pos de que los teléfonos tuvieran tono, no importa si con el establecimiento de mercados cautivos y rodeados o no de irregularidades de diverso tenor. Son incapaces de desempeñarse en algún claustro universitario puesto que sus clases serían el hazmerreír del alumnado. Son básicamente "militantes".
Son agitadores que se excitan frente a cualquier manifestación más o menos subalterna.
En otro plano, este grupo está acompañado por muchos de los empresarios prebendarios, porque a través del personaje de marras han podido sacarle el cuero a buena parte de la población. Aquellos "liberales a la cachetada" se la pasan haciendo comparaciones, como un concurso patético que apunta a mostrar cuál gobierno fue peor con la intención de verificar quién hace más estupideces. Se apartan así del centro del problema, es decir, que en el caso que nos ocupa, no hubo liberalismo. Sostener lo contrario no sólo es un flaco servicio a la fructífera tradición liberal sino que revela un infantilismo y una irresponsabilidad digna de mejor causa. Idéntico fenómeno ocurrió con Salinas de Gortari en México y Fuyimori en Perú.
Para pensar y comprender
Por Marcos Aguinis
Las regiones del planeta que más atraso sufren son al mismo tiempo las más ignorantes sobre los principios básicos del pensamiento liberal. La miseria y el rechazo a esos principios marchan juntos, como una pareja trágica. Distorsiones rocosas, incluso fanáticas, bloquean el acceso a su cuerpo de doctrina y a sus éxitos. En vez de palpar el oro de sus frutos, se delectan en negarlo.
Vocean que el liberalismo es el culpable de injusticias y frustraciones, cuando en realidad esas injusticias y frustraciones son generadas por la ausencia de sólidos y reiteradamente probados principios.
Este libro de Alberto Benegas Lynch (h.) no sólo está escrito con solercia y fluidez, sino que aporta de una manera muy clara los fundamentos del liberalismo. Lo hace con desarrollos transparentes y buenos ejemplos. Su lectura atrapa y enseña.
Recuerda que en el liberalismo no hay pontífices, sino una rica tradición que no cesa de enriquecerse, cuestionarse y acceder a niveles más luminosos de comprensión y análisis gracias al estudio y el debate.
A lo largo de sus páginas se llega a entender por qué es mejor ser obrero en Vancouver que en Uganda, por qué el apetito de controlar lo ajeno y cuestionar la propiedad conducen al atraso, por qué las buenas intenciones de la planificación estatal aumentan la pobreza y el deterioro de la calidad de vida, por qué es un grosero error calificar de liberal a la década de los 90.
La libertad en el contexto de las relaciones sociales, como dijo John Hospers, es la ausencia de coerción por parte de otros hombres. Pareciera que hubiese sido necesario sufrir la cumbre de los totalitarismos que se dio en el siglo XX para asumir tan simple verdad.
Pero aún no se comprende que esa coerción no necesita expresarse como caricaturesca dictadura de derecha o de izquierda: en muchas democracias se la deja filtrar más de lo conveniente y genera, a través de una venenosa lesión de los derechos y responsabilidades individuales, la decadencia del país.
El autor evoca al poeta Antonio Machado, quien asombró con su apotegma "de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa". Esta obra tiene abundante y bien trasegado material para que también las nueve se pongan a pensar.



