
Imágenes inéditas para descubir a un Julio Cortázar diferente
Son fotografías de la colección privada que su viuda, Aurora Bernádez, atesora en París
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NUEVA YORK
¿Cómo pueden ilustrarse con palabras las imágenes que nos dejan mudos? La Nación me pide cuatro fotos de Cortázar que aún no hayan sido publicadas.
Busco entre aquellas que gentilmente me cedió Aurora Bernárdez para el documental que realizo sobre el autor de Bestiario . Son muchas, más de un centenar y me pide que elija tan solo cuatro, pero ¿cuáles?
¿Acaso aquella en la que se lo ve sentado sobre un elefante, en su viaje a la India? Quizá. ¿Con qué criterio debo elegir los instantes? Es fácil caer en la frivolidad. Tentadora la posibilidad de hacerlo, también.
Entonces omitamos poses graciosas, aquellas conversando con gente de renombre, estas otras en las que se muestra entero frente a una de las siete maravillas o esas otras tomadas por celebridades en circunstancias destacables.
Volvemos a pensar que ésta o aquella, quizá, puedan servirle al lector de La Nación para intuir un Cortázar diferente. ¿Querrá acaso el lector saber de un Cortázar diferente? Tengo que dejar de hacerme preguntas y elegir las cuatro fotos que me pidieron antes que sea demasiado tarde. Una de las seleccionadas ha de ser ésta, en la que se lo ve sobre un mullido almohadón sobre el lomo de un elefante, sin barba, con anteojos, con los pies apoyados en un escalón de una larga escalera de madera, tan larga como sus piernas largas, listo para echar un pie a tierra o acaso apenas ha montado sobre la bestia. La fotografía pudo haberla tomado Octavio Paz, por aquel entonces embajador de México en la India y anfitrión de la pareja de argentinos. Pero Aurora me aclara que fue ella quien apretó el obturador, que la toma le pertenece, como le pertenecen los recuerdos de aquel viaje. En el reverso de aquella mínima imagen, Cortázar escribió alguna vez: "La pose no es nada elegante, y no por culpa del elefante".
Faltan tres. Supongo que aquella en la que está sentado junto al pedestal de un monumento en el que pueden leerse tan sólo unas pocas líneas, podría ser la segunda. Probablemente se trate de un monumento en Zurich, segunda ciudad que el niño de tres años que era Cortázar acababa de conocer. Es otoño o invierno, sobre el fondo pueden observarse las copas de los árboles desnudas y en un primer plano al niño muy abrigado. Pero que significaba aquella inscripción: "Trittst im Morgenrot daher, seh` ich dich im Strahlenmeer, dich, du Hocherhabener, Herrlicher!" Morgenrot , creo intuir mañana y rojo es decir: amanecer. Los himnos suelen hablar de amaneceres, quizá sea eso: un himno. No tardé en averiguar que se trataba de los primeros cuatro versos de la canción nacional suiza, la Schweizerpsalm, de Albert Zwyssig (1808-1854).
Seguramente aquel escenario habrá sido idea de su madre, María Herminia Descotte. Ella se entendía bien con un idioma con el que Cortázar recién aprendió a codearse de adulto en un cuarto de hotel a trescientos kilómetros de Buenos Aires en el que leía con la ayuda de un diccionario las obras de Hölderlin y Rainer Maria Rilke .
Pero aún debo encontrar dos imágenes más para completar esta galería. La tercera bien podría ser ésta, que tiene una inscripción de su puño y letra. Dice, textualmente: "Con piloto en el Sena 1952. Muerto de frío, pero orgulloso de su viejo piloto, el becario Julio Cortázar se da el lujo de tapar con su persona la más bella catedral de la tierra".
Hay otro detalle en esa fotografía que el joven becario no menciona y es que París luce un manto delgado de nieve que cubre delicadamente los techos de Notre Dame y aquellos otros que asoman del Hôtel de Ville. Cortázar posa erguido, con cierto aire distinguido sobre el Pont de la Tournelle. Tiene por aquel entonces treinta y ocho años. Dicen que la vida empieza a los cuarenta, la suya aún estaba por escribirse.
Por fin, me queda seleccionar tan sólo una, la última, la cuarta. Y elijo una en la que se lo ve como muchos lo recordamos. Es casi ya al final del camino, apenas dos años antes de su muerte. Sujeta un par de binoculares entre sus manos. Viste de manera peculiar un poncho de vicuña y un gorro de lana negro como el que usan los marineros de Maine. Esa fotografía también lleva un texo suyo, una dedicatoria: "No es Cristóbal Colón buscando las Indias, sino el hijo que te quiere y te abraza, Julio 1981" Son muchas las fotos de Julio Cortázar de las que disponemos gracias al trabajo de recopilación y al cuidado de su albacea. El autor de Rayuela no fue mezquino con las cámaras de artistas tan prestigiosos como pueden serlo Sara Facio, el Chino López, Cesar Vera, Anne De Brunhoff, Sophie Bassouls, Joël Lumien y tantos otros a los que frecuentemente se les niega crédito a su obra reproduciendo sus trabajos sin mencionar sus nombres. Pero también las hay, afortunadamente, fotos del álbum familiar y aquellas un poco insólitas, seguramente más espontáneas, fotos de viajero incansable que tomaron sus compañeras de viaje y sus amigos.
El autor es un realizador de cine y escritor argentino. Actualmente trabaja en un film documental sobre Julio Cortázar que cuenta con el apoyo del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales. E-mail: contrakultura@mac.com




