Incertidumbre en torno al conflicto entre Israel y Palestina

Emilio J. Cardenas
Emilio J. Cardenas PARA LA NACION
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8 de octubre de 2015  • 20:36

La sorpresiva irrupción de Rusia en la guerra civil siria, la preocupación por la presencia y expansión del Estado Islámico y el acuerdo nuclear trabajosamente alcanzado entre la comunidad internacional e Irán parecen concentrar la atención del mundo respecto de Medio Oriente.

En cambio, el dilatado conflicto entre Israel y los palestinos estaba en una suerte de limbo. Las negociaciones de paz entre ambas partes lucen moribundas y en los propios interlocutores no parece haber voluntad real de avanzar en dirección a una solución definitiva. Lo que no supone, sin embargo, que no hubiera preocupación respecto del estado actual de cosas.

Las negociaciones de Camp David tuvieron lugar hace 37 años. Y los acuerdos de Oslo se lograron hace ya 22 años. Todo ello ha envejecido. Y el conflicto sigue sin resolverse. Pendiente. Hasta el mismo presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, ha expresado públicamente su escepticismo respecto de las posibilidades de lograr algún avance en el mismo. Y ni se refirió al tema en su reciente alocución ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.

No obstante, hasta hace tres semanas parecía no haber un riesgo -real e inminente- de una explosión violenta entre Israel y Palestina. Aunque lo cierto sea que las graves urgencias humanitarias no han podido ser atendidas, particularmente en la Franja de Gaza.

Ocurre, sin embargo, que los palestinos no han podido unificarse. Siguen profundamente divididos, pese a las promesas públicas de unirse. Fatah y Hamas tienen agendas muy distintas y autoridades aún separadas. Muy diferentes. La primera gobierna a Cisjordania. La segunda controla a Gaza, cuyo bloqueo, desde que Hamas no se ha desramado, continúa. A lo que cabe agregar que Hamas sigue anclado en posturas políticas que imposibilitan avanzar hacia la paz. Como la de no aceptar siquiera la existencia del Estado de Israel.

Hay, sin embargo, una novedad preocupante: el Estado Islámico tiene ahora un pie en la Franja de Gaza y ya se ha enfrentado violentamente con las fuerzas de Hamas. Por el momento sus adeptos no son demasiado numerosos. Pero la frustración y la desesperanza que imperan en Gaza son alimento fértil para los sueños de los fanáticos, particularmente entre la juventud musulmana.

Con la participación de la ONU, algunas de las restricciones que pesan sobre la vida de la población de Gaza han comenzado lentamente a flexibilizarse. Aunque, lamentablemente, razones de seguridad impiden aún que ellas desaparezcan. Hay entonces una suerte de cese el fuego informal.

La interlocución israelí incluye ahora, aunque muy limitadamente, a las autoridades de Gaza. Lo que es una novedad, que pudiera abrir un andarivel de diálogo para evitar enfrentamientos armados, como los de 2008, 2009, 2012 y 2014. Todos ellos, trágicos.

El referido diálogo entre Israel y Hamas, aunque totalmente limitado, no es positivo para Mahmoud Abbas. Pese a que es obvio que la belicosidad de Hamas provocó la destrucción de la infraestructura de la Franja de Gaza y que en Cisjordania la situación ha sido distinta, lo cierto es que Abbas no tiene espacio para actuar respecto de lo que tiene que ver con la reconstrucción de Gaza. Tampoco Egipto, que recela de Hamas por su vinculación con la Hermandad Musulmana. Y pone presión constante sobre Hamas con su control del tráfico fronterizo y de los múltiples túneles que unen a Gaza con el Sinaí.

Abbas, con sus 80 años a cuesta, es clave para mantener el mínimo de orden que existe en Cisjordania. Sus fuerzas de seguridad también lo son. Pero Abbas no puede timonear a los palestinos en dirección al largo plazo. Sólo parece poder conducir el día a día en Cisjordania.

Goza de alguna confianza en los Estados Unidos y en Israel. Pero no tiene un heredero capaz de sucederlo de inmediato. Últimamente se había concentrado en el reconocimiento internacional del Estado Palestino. Además, en tratar de organizar un boicot contra Israel. Para mantener la atención de la comunidad internacional sobre el conflicto que aflige a su pueblo.

Pero en su discurso reciente desde el podio de la Asamblea General de las Naciones Unidas rechazó seguir obligado por los acuerdos de Oslo. Ese rechazo -y sus posibles consecuencias- tiene un potencial desestabilizador sumamente peligroso. Particularmente en un ambiente de renovada violencia callejera como el que, desde hace tres semanas, se ha desatado en Cisjordania y Jerusalén. Abbas sostuvo ante la ONU que "no es útil gastar tiempo en negociaciones" y que, en más, Israeldeberá conducirse como "potencia ocupante", lo que hasta eventualmente podría significar la disolución de la Autoridad Palestina, toda una receta para el caos.

En Israel había hasta no hace mucho quienes pensaban que podía existir la posibilidad ir avanzando hacia una solución definitiva mediante pasos menores, pero sucesivos. De hecho, entonces. Lo que suponía preservar una normalidad pacífica, evitando los desencuentros graves. Para ayudar a vivir mejor. Con vistas a que, en el futuro, aparezca una nueva oportunidad de avanzar en dirección a las soluciones estables. Pese a que no era en modo alguno imaginable que Hamas acompañara esa alternativa.

Hoy ellos saben que tampoco Fatah lo hará. Así se deduce del cambio de postura de Abbas. Razón por la cual Benjamin Netanyahu acaba de expresar, con alguna impaciencia, su disposición a regresar a la mesa de negociaciones. Pero nadie recogió el guante. En cambio, los desórdenes que afectan -desde hace tres semanas- a Cisjordania y Jerusalén se han incrementado peligrosamente.

A lo antedicho cabe agregar otra novedad: la naciente coalición entre Rusia, Irán, Irak y Hezbollah para enfrentar unidos los desafíos derivados de lo que sucede en Siria. Para Israel es un complejo tema estratégico. De real envergadura y múltiples derivaciones. Para las monarquías "sunnis" del Golfo, también.

Queda visto entonces que lo que parecía un período de relativa calma entre Israel y los palestinos está ahora evolucionando peligrosamente en dirección al conflicto. Frente a la innegable realidad de que el escenario grande de la región, considerado en su conjunto, se ha complicado en extremo, el control de la violencia en Cisjordania y Jerusalén parece prioritario. De modo de que en la inmensa hoguera siria no haya razones adicionales que, de pronto, incrementen la enorme complejidad que ya tiene el problema.

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