
Ingrato sustantivo masculino
EL verbo "preservar" y el sustantivo "preservación" tienen excelente imagen. Son voces que provienen del latín y que aluden a la voluntad de brindar anticipada protección a seres vivos y a cosas que puedan sufrir daño o corran riesgo de muerte o destrucción. Sin embargo, esa familia de palabras tiene su oveja negra: la mención de un sustantivo intrínsecamente masculino, "preservativo", basta para soliviantar a mucha gente que, ante todo, preserva bien arraigados principios morales, aun cuando así incentive una más estentórea explosión demográfica y una controversia que jamás llegará a buen puerto.
¿A buen puerto? La historia advierte que batallas de esta índole, casi siempre libradas en aguas territoriales de tal o cual religión, jamás llegan a puerto alguno, ni bueno ni malo y, apenas, conducen al armisticio por fatiga o aburrimiento. Al fin y al cabo, como dice el artículo 19 de la Constitución argentina, "las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios y exentas de la autoridad de los magistrados". De modo que, de acuerdo con la ley, únicamente Yahvé, Alá y algún otro dios de religión reconocida podrían dictaminar si el uso de una tenue funda profiláctica constituye blasfemia grave, pecado venial o ni siquiera eso.
En 1665 cundía la sífilis entre la soldadesca británica cuando la palabra condón apareció escrita por primera vez en un bando militar, y por primera vez un papa, León XII, anatemizó, en 1826, a esa infame tripa de cordero destinada a bloquear los designios de la Providencia. Hoy, ante una evidente malversación de las costumbres -y, ¡ojo!, que casi todas las costumbres empezaron siendo vicios, acertó Séneca-, se propaga a escala planetaria una peste tanto o más horripilante que aquella. Ergo, la débil circunstancia humana aconseja extremar cuanto recurso sanitario resulte apropiado.
Así como nadie quiere contraer el síndrome de la inmunodeficiencia adquirida, así también, paralelamente, se expande el síndrome de la sexualidad ocasional, furtiva y cada vez más temprana. Son factores en pugna, y la cruda realidad revela que los abnegados defensores del puritanismo y la abstinencia semejan -con todo respeto- quijotes en una inocua disputa contra molinos de látex, no ya de tripas de cordero. Parece innegable que el sustantivo que un sacerdote español echó sobre el tapete del dogma el 18 de enero ha merecido ecuménica resonancia. Como nunca antes, la voz "preservativo" se ubica en el meollo de un debate que no concede espacio a los indiferentes.





