
Jorge Lanata: "El Gobierno tiene doble discurso"
El periodista y realizador, que acaba de publicar ADN, un libro donde intenta trazar un mapa genético de la identidad de los argentinos, afirma que en el país siempre imperó la cultura del mínimo esfuerzo
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Después de treinta años de hacer periodismo en el país, Jorge Lanata parece ahora interesado en descifrar aquellas claves de la identidad nacional que podrían explicar el porqué de las sucesivas crisis políticas, económicas, sociales e institucionales de la Argentina. En esa direccion han ido sus últimos trabajos, un tanto apartados de lo estrictamente periodístico: el videoclip "La argentinidad al palo", para el grupo de rock Bersuit Vergarabat, el documental "Deuda" (sobre la deuda externa argentina) y los dos volúmenes del libro Argentinos, al que ahora se suma ADN (Planeta), cuyo subtítulo aclara que el autor se ha propuesto trazar un "mapa genético de los defectos argentinos".
Al cabo de una recorrida de más de trescientas páginas por la accidentada geografía espiritual de nuestra identidad colectiva como nación, Lanata llega, en líneas generales, a las mismas conclusiones a las que llegaron varios de los autores que cita profusamente en su libro: los argentinos desprecian la ley, desconfían de la autoridad, se encandilan fácilmente con el brillo del dinero y no sienten mayor inclinación hacia la cultura del trabajo y del esfuerzo.
Sin embargo, el periodista advierte la posibilidad de que se produzca un cambio positivo, principalmente si la Argentina se decidiera a vivir efectivamente en democracia ("nunca fuimos una sociedad democrática, sólo ahora estamos empezando a plantearnos serlo", dice) y a desarrollar un capitalismo maduro: "Acá somos precapitalistas, si este país fuera capitalista la gente ganaría mejor y podría ahorrar", opina.
-¿Cómo se realizan esos cambios?
-Las cosas se modifican, primero, con la voluntad de hacerlo, y luego, con trabajo. Los argentinos no asociamos la idea de cambio a la idea de trabajo. Tenemos una inclinación al pensamiento mágico que nos hace creer que todo va a cambiar de un día para el otro, particularmente si ese día hay elecciones. Y al otro día nos deprimimos. Es curioso, porque vivimos con la melancolía de algo que nunca va a pasar. Además, el cambio y el tiempo están relacionados entre sí, las cosas no cambian rápido. Los cambios rápidos son mentiras. A mí me parece que todo eso cambia si los argentinos nos decidimos a tener una vocación trascendente de la historia, a trabajar para algo que no vamos a ver. Nosotros vivimos -y más a partir de la época del menemismo, de éxito rápido, vida fácil- en una inmediatez que sólo nos permite hacer cosas cuyo resultado podamos ver, y eso es muy estúpido como idea de país o de comunidad.
-La cultura del mínimo esfuerzo es anterior al menemismo.
-Sí, también está en otras épocas de la Argentina. Fue la cultura de factoría de los comienzos de la inmigración en el siglo XX y de los comienzos del país, en el siglo XVII. Acá se venía a saquear, no a hacer un país, se venía a llenarse de plata e irse. Esa pavada que se dice ahora de que acá nadie quiere trabajar, en realidad era estrictamente así al comienzo de nuestra historia.
-Usted dice que la Argentina es precapitalista. ¿Por qué?
-El capitalismo es ganar poco durante mucho tiempo, y acá intentan ganar mucho durante poco tiempo. Creo que eso es anticapitalismo, capitalismo salvaje o precapitalismo, como el de la época de las camas calientes. Ojalá éste fuera un país capitalista: la gente ganaría mejor, podría ahorrar, trataría de tener un auto, una casa de fin de semana. Hoy se está trabajando por lo mínimo, sólo para vivir. Eso no es capitalismo. En un país capitalista se trata de que la gente gane más para que consuma más.
-En ADN usted explica el desapego de este pueblo a la ley sugiriendo que la ley es un contrato entre iguales y los argentinos tienden a sentirse superiores.
-Claro. Por eso mismo nunca fuimos una sociedad democrática, porque la democracia también es un contrato entre iguales. Creo que recién ahora estamos empezando a plantearnos ser una sociedad democrática.
-¿Después de 20 años de democracia ininterrumpida?
-Sí, creo que esa fue una democracia de baja intensidad. ¿De qué democracia hablamos con dos tercios de la población afuera de la economía? Para los sectores de clase media sí, pero para los otros... Si vos no podés comer tampoco podés elegir. Si la democracia es el acto formal de votar cada cuatro años, hay democracia, pero no es sólo eso. Además, aquí la democracia nunca fue un valor, siempre fue un medio: la izquierda la veía como medio para llegar a la revolución y la derecha, para mantenerse en el poder. Acá, el valor del siglo XX, de Yrigoyen en adelante, fue el movimientismo, que es absolutamente autoritario. Si vos no sos parte del movimiento sos un traidor al país. La democracia no consiste en defender a la mayoría, las mayorías se defienden solas, la democracia consiste en defender a las minorías. Y acá nunca se defendió a las minorías, siempre se les pasó por arriba.
-¿Por qué cree que esa situación puede cambiar ahora?
-A partir de la caída de De la Rúa hubo una ruptura total del pacto de credibilidad entre la dirigencia y el público (dirigencia en el sentido extenso, más allá de los políticos). La gente no le cree más a nadie y se subió mucho el nivel de exigencia con respecto a los dirigentes. De hecho, nunca hubo tanta gente protestando en las calle por distintos motivos (piquetes, inseguridad) como hay ahora. Lo que pasa es que, como no hay oposición, nadie está dirigiendo esa protesta, que es espontánea y se va dando de una manera rara. Pero si surgiera quien capitalizara eso, esa masa de gente pediría más cosas que las que pide actualmente. Hubo un reclamo de nuevas formas de hacer política que los políticos no están satisfaciendo, y creo que eso es un suicidio de los políticos, porque ni siquiera sacaron la lista sábana. Pero eso se va a terminar.
-¿Por qué?
-Porque la gente está pidiendo otra cosa, porque entendió cómo es la historia. Hasta ahora la gente no había entendido cómo era. Creía que el peronismo y el radicalismo eran cosas distintas. Ahora empezó a entender que son distintas, pero no tanto. Lo que los gobiernos hicieron durante tres períodos fue administrar, no hacer política. En algún caso se administró contra la gente; en otros, tratando de balancear más las cosas. Hacer política no es discutir la tarifa del gas, es transformar la realidad.
-¿Es necesario que alguien lidere esa demanda popular?
-La política necesita líderes. Es un trabajo en equipo pero en última instancia es personalista siempre. Es Bush quien acaba de ganar las elecciones, no el gabinete de Bush. Con todo lo lamentable que me parece que Bush haya ganado las elecciones, es evidente que Bush tiene para los norteamericanos más carisma que Kerry. Hay un punto en que la política es la relación de una persona, que es el líder, con una masa, que es la gente. Es la locura lo que te acerca al poder, no la razón; si no, Sabato sería presidente.
-Si la administración fuera buena, si erradicara la pobreza y la injusticia, ¿cree que la gente exigiría actividad política?
-No, creo que no. El tema económico tiene un peso muy grande en cualquier elección. Y así como mucha gente se tapó la nariz para votar a Menem la segunda vez, pensando en la cuota de la licuadora, volvería a hacer una cosa así si la situación económica fuera buena, porque el voto de la gente siempre es muy cortoplacista. Pero como eso no pasó, hay otra demanda del pueblo, porque estamos bastante lejos de arreglar esto sólo con administración. Acá se necesitan medidas políticas, no alcanza sólo con administrar. Fijate en lo que le está pasando a Kirchner, ¿cuánto tiempo puede estar así? O, mejor dicho, ¿cuánto tiempo puede pasar sin que eso le cueste? Porque eso va tener un costo político para él, ya lo está teniendo. La gente, hoy, no le cree tanto como cuando asumió.
-¿Cuáles de los defectos argentinos que usted analiza en ADN ve reflejados en este gobierno?
-La mentalidad corporativa, que creo que termina derivando en el hecho de que este gobierno no soporte la crítica y tenga con la prensa la actitud más curiosa que vi en los últimos 20 años, y el doble discurso. Yo lo escucho a Kirchner y me encantaría votarlo, pero cuando veo lo que hace, empiezo a dudar sobre lo que quiere.





