José Castro Aragón, el magistrado que tiene contra las cuerdas a la familia real española

El juez titular de las Baleares lleva adelante, a pesar de las presiones, la causa contra el yerno del rey, Iñaki Urdangarin, y la infanta Cristina
Adrián Sack
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14 de abril de 2013  

José Castro Aragón logró revolucionar a España sin hacer otra cosa que cumplir con su desgastada rutina profesional y, por supuesto, con su deber. A los 67 años y ya en el ocaso de una carrera judicial que parecía hundirse para siempre en recuerdos de despachos silenciosos y montañas de expedientes, el magistrado titular de Islas Baleares le puso la firma a la decisión más osada que ningún otro juez -ni siquiera el mucho más mediático Baltasar Garzón- se hubiese atrevido a llevar adelante en su patria.

Sin ningún tipo de rodeos, ni salvaguardas, ni "peros", en aquel noviembre de 2011 imputó por un delito de malversación de fondos públicos nada menos que a Iñaki Urdangarin, duque de Palma y, por sobre todas las cosas, yerno del rey Juan Carlos I.

Gracias a esa citación sin precedente, el intocable resultó tocado, y la decadente fe en las instituciones españolas, por fin, revitalizada. Pero el terremoto que inició este inédito escenario en el Palacio de la Zarzuela, al que siguieron la frívola cacería de elefantes del monarca y la revelación de sus infidelidades, no quedaría en un gesto aislado. En este 2013, y a sólo tres años de jubilarse como juez, Castro subió el listón e imputó, por el mismo delito, a Cristina de Borbón, esposa de Urdangarin y segunda hija del rey.

Aunque este nuevo arresto de independencia y coraje dejó boquiabiertos a quienes desconfían del funcionamiento de la justicia en España, la citación le reportó menos méritos a su figura que vergüenza y condena de los sectores más progresistas hacia la imagen de la séptima en la línea de sucesión del trono. Y, por extensión, la de toda la monarquía ibérica.

Si bien su nombre ya le resulta familiar a cualquier español de a pie, la parquedad del juez, sumada a su desgarbada apariencia -y su excesiva economía de palabras fuera de los tribunales baleares-, conspiran contra el interés de las cámaras de televisión y de su improbable canonización en el olimpo mediático.

Sin embargo, su aura de austeridad y su rechazo a todo tipo de estridencias lograron edificar, en las últimas semanas, un respetuoso silencio que hizo las veces de telón de fondo para resaltar otras de sus virtudes: la tenacidad y la persistencia. Y esto pudo demostrarlo a pesar de los intentos de la maquinaria de la prensa conservadora por detenerlo. La escaramuza no pudo con él: Castro, en pocos días, demostró tener espaldas para soportar los reproches del Palacio de la Zarzuela, que exhibió en público una ácida sensación de "sorpresa" por la imputación de la "infanta del medio". Además, su fortaleza fue ratificada por su capacidad de cargar pesos insospechados, como la inédita burla real de forzar la suspensión de aquella histórica decisión de llevar a los tribunales a la hija del rey. O, más recientemente, también con la molesta noticia de que el otro imputado, Iñaki Urdangarin, echaría por tierra la "sensación de justicia" al emigrar a Qatar para continuar su vida como un muy bien pago entrenador de handball.

Nada más alejado de España, ni nada más cercano a la traición para quienes sueñan con que se haga realidad -algún día- la máxima más repetida por los políticos locales y, al mismo tiempo, menos cumplida: "El que las hace las paga".

Serpiente y paloma

La realidad española de los últimos años se encargó de vaciar de contenido esa frase, especialmente en las altas cumbres monárquicas. Pero Castro, fiel a la cita bíblica que recomienda ir por la vida siendo "astutos como serpientes y sencillos como palomas" logró internarse en esos lugares nunca antes alcanzados para romper costumbres y tabúes. A veces serpiente, a veces paloma, el magistrado hizo conocer a través de las lentas desgrabaciones de las audiencias lo poco que le puede temer a un miembro de la familia real.

El "antes y después" de su carrera pública se produjo gracias a las "filtraciones" que agrietaron los secretos de los tribunales baleares. Allí se supo que, harto de las evasivas de Urdangarin -quien aseguraba no recordar ni saber nada sobre el caso de corrupción del que se lo acusa-, decidió plantarle cara y no tratarlo ya con el respeto reverencial y casi infantil con que buena parte de la sociedad española se refiere todavía hoy a la familia real.

"Para decir eso, mejor no hubiera venido a declarar", lo frenó Castro al duque de Palma, a quien, además, le hizo conocer el pronóstico que poco más de un año más tarde se cumpliría. "Sus continuas evasivas pueden causar la imputación de la infanta Cristina", le avisó. Nadie, en aquel febrero de 2012, estaba convencido de que esto podría suceder finalmente. Pero ese "nadie" excluía, claro está, al magistrado titular de la causa, que ya había pateado el tablero de la impunidad al atreverse a imputar e increpar a Urdangarin.

El gesto parece simbólico, pero no queda vacío en un país donde, hasta no hace mucho, prácticamente ningún humorista gráfico se atrevía a publicar una caricatura crítica de Juan Carlos I. Ni nadie, tampoco, se animaba a hablar en voz alta sobre las supuestas infidelidades conyugales del jefe de Estado español.

Hoy, con las librerías españolas atestadas de biografías y libros varios sobre la monarquía, y con la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein -presunta amante histórica del monarca- en boca de todos, el contexto de la sociedad española, más liberal y descontracturado, es otro. Lo que no quita valor al heroísmo de Castro.

Apagada ya la figura de Garzón -un juez menguado en su carisma por el manoseo judicial y mediático y su virtual exilio en la Argentina- el magistrado nacido en la Córdoba andaluza se acerca, poco a poco, a ocupar el casillero vacante del "hombre de la esperanza" en España.

Frente al despilfarro y los excesos del sector bancario, la ineficacia de los políticos para administrar la tambaleante economía del país y los abusos del sistema financiero, la irrupción de Castro, de su valor y de sus valores, ha contribuido a reconciliar a la sociedad española con el poder. No se trata ya de un poder identificado plenamente con un arquetipo carismático, altruista y ni siquiera popular, sino con un antihéroe necesario.

José Castro no se funda en la excepcionalidad: no lleva consigo el empeño del Cid Campeador, ni la locuacidad de García Lorca, ni el don de gentes de don Santiago Bernabéu. Su éxito es, más bien, el del un ciudadano hormiga, casi gris, que conoció de cerca las miserias de las prisiones -donde fue funcionario- y que desde 1976, cuando España recuperó la democracia, recorrió su país de punta a punta. Empezó como juez en Sevilla, luego recaló en Lanzarote y, más tarde, en Sabadell. Pero fue en la balear Mallorca, a la que llegó en 1985, donde logró asentarse para seguir con su labor e iniciar, seis años más tarde, su carrera como el juez titular de Islas Baleares que más tiempo hace que está al frente de un juzgado.

Esas dos décadas de trabajo constante y sin grandes sorpresas no fueron obstáculo para que Castro se encontrara, a las puertas de su retiro, con la causa más importante de su trayectoria. Y es un caso tan revolucionario que, pese a marcar el punto final de su carrera, señala el inicio de una nueva etapa, inédita por donde se la mire, en la historia de España.

Quién es

Nombre y apellido: José Castro Aragón

Edad: 67 años

  • El gen de la justicia

    Nacido en la ciudad andaluza de Córdoba, fanático de los deportes, las motos y el Real Madrid, tiene dos hijos abogados y uno procurador.
  • Trayectoria profesional

    Empezó su carrera profesional como funcionario de prisiones. En 1985 llegó al Juzgado de Palma y después de 5 años allí se convirtió en juez de instrucción.
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