
Jugando al gran bonete
Por Malena Gainza Para La Nación
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Las tragicómicas declaraciones de ciertos senadores y funcionarios públicos, con las cuales nos bombardean algunos medios de información (¿o de difamación?) ávidos de rating , recuerdan el viejo juego infantil del gran bonete, en que la responsabilidad por alguna travesura se trasladaba a un ser ficticio.
Sólo que ahora no se trata de una picardía infantil sino del grave delito de cohecho, y que en él estarían involucradas algunas de nuestras máximas autoridades democráticas, miembros del Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial, que dicen y se desdicen alegremente, enredándose con denuncias anónimas y bastardeando al cuarto poder republicano, el periodismo, cuya misión es transmitir a la ciudadanía sólo información veraz.
Nuestro crisol de razas creó una idiosincrasia nacional muy particular, en que se confunden la simpática gauchada con el siniestro intercambio de favores inherente a la cosa nostra . Y el código de silencio u omertà de la parentela siciliana encuentra amparo en la caridad cristiana para denunciar el pecado pero no el pecador, de tal manera que la moral local no registra estafa si el ladrón es un amigo, y considera peor persona a un "buchón" que un "chorro". Además, fieles al mensaje de Cristo pero olvidando el séptimo mandamiento bíblico, nadie quiere tirar la primera piedra (¿por miedo al retruco o porque el que robó también repartió?) y rara vez cabe en nuestra mentalidad exitista la condena social para el delito económico.
Políticos y ciudadanos
Hay borrachos que, aceptando que el alcohol es malo para el trabajo, optan por alejarse del trabajo. De modo similar estaríamos razonando si, ante fallas imputables a integrantes de los órganos de gobierno, se las endilgáramos al sistema democrático, como al gran bonete. Pues entre los culpables están los que pecan por la paga y los que pagan por pecar, al decir de Sor Juana, así como nuestra ciudadanía pasiva que, aceptando la obligatoriedad del voto y aprobando la confección de listas sábana, termina siendo partícipe necesaria de la estafa moral que otorga poder a quien no es idóneo para ejercerlo, desvirtuando la democracia.
Iniciada en la antigua Grecia en pequeñas ciudades, la democracia fue, literalmente, el gobierno de los ciudadanos. No cabía distinguir entre político y ciudadano, pues el voto en la asamblea era personal. Los votantes se conocían todos y se turnaban en el ejercicio del poder. Los corruptos eran condenados al destierro (que no significaba, desde luego, vacaciones en una isla caribeña). Fue la época de la democracia directa.
Al crecer las aglomeraciones humanas, surgió la democracia indirecta, que faculta a los ciudadanos a elegir entre ciudadanos políticos a sus representantes, para gobernar apuntando al bien de la comunidad. Pero esta discriminación entre políticos y ciudadanos favoreció el surgimiento de una clase política con características de casta privilegiada, distinta de la ciudadanía común, que, paradójicamente, si bien ejerce el poder a través del voto, lo pierde en el mismo acto.
Así es como en nuestro país (y en otros también), muchos políticos, una vez elegidos, se desinteresan de los demás ciudadanos, hasta las próximas elecciones. Olvidan su papel de servidores del pueblo y las promesas electorales hechas a sus votantes. Y secundados por candidatos ignotos e ineficaces que se cobijan en el anonimato de las listas sábana (que premian favores partidarios o personales), se apuran en repartirse jubilaciones de privilegio y gastos reservados a costa del erario, financiándose con impuestazos, ubicando en cargos redituables a personas cuya idoneidad radica en lazos familiares o venéreos, y aprovechando la inmunidad (¿o impunidad?) del cargo para pergeñar prebendas y negociados, sin control y sin sanción, que desquician la economía de sus representados.
La actividad política ofrece a oportunistas inescrupulosos un campo de enriquecimiento rápido. Salvo que la mueva una vocación de servicio avasalladora, la mayoría de la gente honesta rehúye involucrarse en lo que considera un ámbito de corrupción. Pero marginándose de la política sólo contribuyen a que el acto electoral sea degradado a un tatetí en que triunfa el charlatán más convincente, o se opte por el mal menor de un muestrario mediocre, con graves consecuencias para el país.
Urgencia de ideas nuevas
Todos debemos participar activamente en la democracia. Es importante reflotar el concepto de vecino que inspiró la Revolución de 1810. Exijamos elegir a nuestros representantes uno por uno. Que los concejales representen al barrio donde viven, a la gente que conoce su idoneidad, y cuyas necesidades comparten. Que los diputados y senadores provengan de la provincia que representan, del voto de la gente que conoce sus antecedentes personales y su situación socioeconómica, y que los juzgará luego en su vida diaria cuando recuperen el rango de ciudadanos comunes.
Obligarnos a votar por candidatos indignos o incapaces es condenarnos a una forma de esclavitud. El sufragio universal debe entenderse como un derecho de seres libres, no un deber de pusilánimes. Obligar al voto es tan absurdo como prohibirlo. Así lo entienden los países más avanzados del Primer Mundo, donde no existe el voto obligatorio y el sistema democrático funciona mejor.
La democracia significó la mejor forma de gobierno, directa para las antiguas ciudades griegas e indirecta para las cosmópolis del siglo XX. Ahora exige cambios, para adaptarse a las necesidades presentes y futuras de la aldea global del siglo XXI. Las elites pensantes deben generar conciencia respecto a la urgencia de ideas nuevas, de modificar mecanismos electorales ahora obsoletos, de motivar a los jóvenes para soñar y mejorar el mundo que heredan.
Ahora convivimos electrónicamente conectados. Hay nuevas herramientas tecnológicas para comunicar información y educar el pensamiento. Es importante descubrir cómo desarrollar en los futuros ciudadanos la voluntad y el criterio indispensables para cumplir con las responsabilidades de elegir y gobernar. Porque sin ciudadanos cabales para votar y representarnos en el gobierno, la democracia nos defrauda. ¿Es admisible que algunos capitanes que votamos para dirigir nuestro destino político ahora abandonen el timón para jugar al gran bonete, mientras el país navega a la deriva?





